Capítulo 70: Límites

A la sombra del muro

Recuerdo muy bien el día en que cruzamos el muro. Éramos mi padre, mi madre, mis abuelos y yo en mitad de la cola más larga que jamás había visto. Salía desde la base de la muralla y continuaba en línea recta hasta llegar a casi un cuarto de kilómetro de distancia. Toda una fila llena de gente apretujada una contra la otra y cargando en maletas sus escasas posesiones.

En aquel momento sentía una emoción increíble danzando en mi pecho. En la escuela, siempre que las clases eran aburridas (lo cual pasaba la mayoría de las veces), miraba por la ventana del aula y contemplaba el muro. Fantaseaba con lo que podría haber tras esos 300 metros de dura piedra y soñaba con poder cruzarlo y descubrir por mi mismo esas maravillas que sólo existían en mi imaginación. Pero en el fondo sabía que eso no pasaría, que sólo eran sueños de niño. La única forma de traspasar el muro era con una migración y mi abuelo, que había visto pasar ya seis migraciones, decía que teníamos más probabilidades de ganar la lotería que de ser elegidos para una. Por ello, cuando nos enviaron una carta anunciando que nuestra familia había sido seleccionada para la próxima migración fuera de las murallas no podía ni creerlo. Tras doce años a la sombra del muro, por fin vería con mis propios ojos lo que había más allá.

Pero al mismo tiempo tenía miedo: ese absurdo terror infantil que surge cuando estamos a punto de conseguir lo que más deseamos. ¿Y si al final no había suficientes plazas para la migración? ¿Y si hubiera habido algún error de papeleo y nuestra familia no había sido seleccionada? ¿Nos tendríamos que quedar apartados, mirando impotentes como otros cruzaban al otro lado del muro?

Además, ese día había muchos centinelas vigilando a ambos lados de la fila. Destacaban entre la gente con sus armaduras negras que les cubrían todo el cuerpo, sus cascos oscuros que nos impedían verles la cara, sus pistolas gigantes que siempre llevaban listas para disparar y su postura firme que los hacía parecer estatuas. Todos los de la cola nos sentíamos incómodos al verlos. Los niños lloraban, los padres se revolvían inquietos, las madres dirigían su vista hacia otro lado. Dejadme aclarar, no es que no estuviéramos acostumbrados a ellos o que nos resultaran extraños: siempre que mirabas el muro allí estaban los centinelas, patrullando en la cima o subiendo y bajando por las plataformas gravitatorias. Pero los veías como pequeñas siluetas negras destacando entre la inmensidad gris, casi inofensivas incluso, aunque siempre presentes. En ese momento estaban ahí abajo y, a pesar tener la misma estatura que nosotros, a todos nos parecían que eran gigantes en comparación.

En el colegio habíamos oído historias sobre lo que te podían llegar a hacer si intentabas traspasar ilegalmente el muro, todas ellas exageradamente crueles y macabras. Yo las tomaba por cuentos para asustar a los críos, pero el ver a los centinelas de cerca me hizo pensar si no serían ciertas o si eran quizás algo más suaves que la realidad. Mi padre se ponía en tensión cada vez que uno de los guardas pasaba a nuestro lado y me agarraba por los hombros en un gesto protector.

Por suerte, la jornada transcurrió sin incidentes. La gente avanzaba lenta aunque ordenadamente, acercándose cada vez más a la base de la muralla. Ya habíamos llegado al atardecer cuando nuestra familia consiguió traspasar el último de los controles que había al pie de la construcción y entrábamos en los túneles de salida. Dentro hacía frío, la sensación de estar rodeados de tantas toneladas de piedra no era agradable y mi abuela se quejaba todo el rato de que le dolía la pierna con tanta humedad. Pero seguíamos avanzando, porque delante de nosotros estaba lo que siempre habíamos deseado: la libertad, brillando al final de la negrura eterna.

Cuando cruzamos el túnel lo primero que pasó por mi mente fue que al otro lado del muro había dos cielos: uno naranja como el ocaso y otro azul como el mediodía. Luego me di cuenta de que aquello no era el cielo, sino una inmensa masa de agua: el mar.

Había leído sobre el océano en los libros de texto, pero nunca habría imaginado que sería así: tan inmenso que hacía empequeñecer el muro que dejaba detrás, tan vasto que apenas podías percibirlo, tan gigantesco que nunca podías acabar de verlo.

Los centinelas nos hicieron subir deprisa a los autobuses que nos llevarían a nuestras nuevas residencias. Pasamos el viaje en silencio, contemplando las calles de la ciudad que a partir de ese momento llamaríamos hogar. Parecían mucho más limpias y civilizadas que las de antes. Incluso vi a un grupo de niños jugando a la pelota en una esquina. Intenté mirar hacia atrás para volver a ver la muralla, pero mi madre me hizo girar la cabeza, como si contemplar por dónde habíamos venido nos pudiera hacer retroceder hasta allí.

El autobús paró frente a una pareja de bloques de pisos de color gris y todos los pasajeros nos bajamos allí. Frente a los edificios había varios centinelas, junto a un hombre calvo de avanzada edad. Nada más llegamos a pisar el suelo, los centinelas separaron a los padres de sus familias, dirigiéndolos a otra zona de la urbanización. Hice un gesto para agarrar la mano del mío, pero éste me lo impidió diciendo: “Tranquilo Jake, estaréis a salvo. Me aseguraré que no os falte de nada y vendré a veros cuando pued…”, antes de que un centinela le empujara y se lo llevara bruscamente.

Entonces habló el hombre calvo que los acompañaba, que resultó ser el guía que nos mostraría las instalaciones. Yo y los otros niños no podíamos dejar de llorar mientras el hombre seguía parloteando. Pensábamos en nuestros padres y en que, a pesar de haber traspasado las murallas, seguíamos en cierto modo a su sombra, todavía encerrados y sin libertad.

FIN

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