Capítulo 71: Fría Mañana

Qué bien sienta volver. ^_^ Esta vez me voy a quedar más tiempo, de verdad. Tengo muchas historias que espero poder escribir y también espero que aún estéis ahí para leerlas. En cualquier caso, espero que la disfrutéis. ¡Feliz San Jordi!

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Capítulo 70: Límites

A la sombra del muro

Recuerdo muy bien el día en que cruzamos el muro. Éramos mi padre, mi madre, mis abuelos y yo en mitad de la cola más larga que jamás había visto. Salía desde la base de la muralla y continuaba en línea recta hasta llegar a casi un cuarto de kilómetro de distancia. Toda una fila llena de gente apretujada una contra la otra y cargando en maletas sus escasas posesiones.

En aquel momento sentía una emoción increíble danzando en mi pecho. En la escuela, siempre que las clases eran aburridas (lo cual pasaba la mayoría de las veces), miraba por la ventana del aula y contemplaba el muro. Fantaseaba con lo que podría haber tras esos 300 metros de dura piedra y soñaba con poder cruzarlo y descubrir por mi mismo esas maravillas que sólo existían en mi imaginación. Pero en el fondo sabía que eso no pasaría, que sólo eran sueños de niño. La única forma de traspasar el muro era con una migración y mi abuelo, que había visto pasar ya seis migraciones, decía que teníamos más probabilidades de ganar la lotería que de ser elegidos para una. Por ello, cuando nos enviaron una carta anunciando que nuestra familia había sido seleccionada para la próxima migración fuera de las murallas no podía ni creerlo. Tras doce años a la sombra del muro, por fin vería con mis propios ojos lo que había más allá.

Pero al mismo tiempo tenía miedo: ese absurdo terror infantil que surge cuando estamos a punto de conseguir lo que más deseamos. ¿Y si al final no había suficientes plazas para la migración? ¿Y si hubiera habido algún error de papeleo y nuestra familia no había sido seleccionada? ¿Nos tendríamos que quedar apartados, mirando impotentes como otros cruzaban al otro lado del muro?

Además, ese día había muchos centinelas vigilando a ambos lados de la fila. Destacaban entre la gente con sus armaduras negras que les cubrían todo el cuerpo, sus cascos oscuros que nos impedían verles la cara, sus pistolas gigantes que siempre llevaban listas para disparar y su postura firme que los hacía parecer estatuas. Todos los de la cola nos sentíamos incómodos al verlos. Los niños lloraban, los padres se revolvían inquietos, las madres dirigían su vista hacia otro lado. Dejadme aclarar, no es que no estuviéramos acostumbrados a ellos o que nos resultaran extraños: siempre que mirabas el muro allí estaban los centinelas, patrullando en la cima o subiendo y bajando por las plataformas gravitatorias. Pero los veías como pequeñas siluetas negras destacando entre la inmensidad gris, casi inofensivas incluso, aunque siempre presentes. En ese momento estaban ahí abajo y, a pesar tener la misma estatura que nosotros, a todos nos parecían que eran gigantes en comparación.

En el colegio habíamos oído historias sobre lo que te podían llegar a hacer si intentabas traspasar ilegalmente el muro, todas ellas exageradamente crueles y macabras. Yo las tomaba por cuentos para asustar a los críos, pero el ver a los centinelas de cerca me hizo pensar si no serían ciertas o si eran quizás algo más suaves que la realidad. Mi padre se ponía en tensión cada vez que uno de los guardas pasaba a nuestro lado y me agarraba por los hombros en un gesto protector.

Por suerte, la jornada transcurrió sin incidentes. La gente avanzaba lenta aunque ordenadamente, acercándose cada vez más a la base de la muralla. Ya habíamos llegado al atardecer cuando nuestra familia consiguió traspasar el último de los controles que había al pie de la construcción y entrábamos en los túneles de salida. Dentro hacía frío, la sensación de estar rodeados de tantas toneladas de piedra no era agradable y mi abuela se quejaba todo el rato de que le dolía la pierna con tanta humedad. Pero seguíamos avanzando, porque delante de nosotros estaba lo que siempre habíamos deseado: la libertad, brillando al final de la negrura eterna.

Cuando cruzamos el túnel lo primero que pasó por mi mente fue que al otro lado del muro había dos cielos: uno naranja como el ocaso y otro azul como el mediodía. Luego me di cuenta de que aquello no era el cielo, sino una inmensa masa de agua: el mar.

Había leído sobre el océano en los libros de texto, pero nunca habría imaginado que sería así: tan inmenso que hacía empequeñecer el muro que dejaba detrás, tan vasto que apenas podías percibirlo, tan gigantesco que nunca podías acabar de verlo.

Los centinelas nos hicieron subir deprisa a los autobuses que nos llevarían a nuestras nuevas residencias. Pasamos el viaje en silencio, contemplando las calles de la ciudad que a partir de ese momento llamaríamos hogar. Parecían mucho más limpias y civilizadas que las de antes. Incluso vi a un grupo de niños jugando a la pelota en una esquina. Intenté mirar hacia atrás para volver a ver la muralla, pero mi madre me hizo girar la cabeza, como si contemplar por dónde habíamos venido nos pudiera hacer retroceder hasta allí.

El autobús paró frente a una pareja de bloques de pisos de color gris y todos los pasajeros nos bajamos allí. Frente a los edificios había varios centinelas, junto a un hombre calvo de avanzada edad. Nada más llegamos a pisar el suelo, los centinelas separaron a los padres de sus familias, dirigiéndolos a otra zona de la urbanización. Hice un gesto para agarrar la mano del mío, pero éste me lo impidió diciendo: “Tranquilo Jake, estaréis a salvo. Me aseguraré que no os falte de nada y vendré a veros cuando pued…”, antes de que un centinela le empujara y se lo llevara bruscamente.

Entonces habló el hombre calvo que los acompañaba, que resultó ser el guía que nos mostraría las instalaciones. Yo y los otros niños no podíamos dejar de llorar mientras el hombre seguía parloteando. Pensábamos en nuestros padres y en que, a pesar de haber traspasado las murallas, seguíamos en cierto modo a su sombra, todavía encerrados y sin libertad.

FIN

Capítulo 68: La bruja, el sapo y la camarera (I)

Espero que valga la pena lo que me ha costado de escribir. He puesto todo mi esfuerzo en que fuera el mejor escrito de todos los posibles y me gustaría no haber fallado. Disfrutadlo, cómo siempre.

Era de noche en el pantano. La oscuridad envolvía el mundo, convirtiéndolo todo en una sombra de la realidad. Los árboles alzaban sus ramas retorcidas hacia el cielo, tapando la luz de las estrellas con sus garras. En el agua, la luna brillaba como una solitaria esfera blanca perdida en una inmensidad negra y siniestra. Entre las hojas se oían los sonidos propios de un pantano: el zumbar, croar, ulular y reptar de miles de vidas desarrollándose al mismo tiempo.
Pero si se escuchaba con atención, se podían apreciar otros sonidos. Algo que podrían haber sido unas copas chocando, unos platos sirviéndose o unos cubiertos en pleno uso, si no fuera porque era totalmente ilógico que alguien cenara en mitad del pantano (a menos que fuera un caimán).
Y además estaba la música.
Deslizándose entre la bruma, llegaba el eco inconfundible de las notas de un piano. Era una melodía alegre y reconfortante, extraña en ese mundo tan oscuro. Era una música que invitaba a seguirla allá dónde fuera, como una rata o serpiente amaestrada.
Cerca de esos ruidos, brillaba una luz antinatural, que acuchillaba la oscuridad con sus tonos verde, azul y rosa, dejando el fantasma de una sombra multicolor. Los reflejos que quedaban en el agua eran como pequeños arco iris atrapados en el fondo de ésta. Ahí la música sonaba más fuerte y parecía que el líquido danzaba a su ritmo, lleno de vida y color.
No muy lejos de allí, estaba el origen de todo: una flor de nenúfar gigante, del tamaño de una casa de dos pisos, alzándose en mitad del pantano. Y era extraño, porque normalmente los nenúfares no crecían tan grandes, ni ya puestos, tenían ventanas y puertas, ni música ni ruido saliendo de ellas. Ni tampoco llevaban grandes carteles de neón clavados en el techo. Pero esta flor en particular tenía todo eso, y el cartel, con letras de trazos elegantes y limpios, refulgía en varios colores. Y anunciaba el nombre del sitio: el 
Nenúfar Café.

nenufar

El Nenúfar Café era el local más animado de toda la ciénaga, la joya oculta del pantano, dónde sus habitantes podían saciar su sed y apetitos de todo tipo. Tenía una barra de bar, un restaurante, un escenario dónde una banda de músicos hacía sus maravillas y hasta una pista de baile en el piso superior.
La clientela no podía ser de lo más variada: la evolución (o los residuos mágicos, dependiendo de con quién hablaras), habían dotado de inteligencia a los animales del pantano. Ranas y sapos, cocodrilos y caimanes, moscas y otros invertebrados habían crecido a tamaño humano, creando su propia civilización desapareada. Y todos los que tenían dinero (hay algunas cosas que no cambian en la civilización, sea cual sea la especie), acudían al Nenúfar Café para pasárselo bien.
Aunque muchos de ellos también venían por la bebida, cuya variedad parecía infinita. Fueran cuales fueran tus gustos en cuestión de líquidos, en la barra encontrarías lo que buscabas. Se servían desde grumos viscosos y llenos de babas, hasta selectos cócteles de receta, preparados con maestría y rapidez por el maravilloso barman.
En el restaurante, habían varios menús para los carnívoros, herbívoros o para los que comían cualquier desecho orgánico. “Estofado de moscas con musgo”, “Combinado de plantas de la casa” y “Sufflé de excrementos con guarnición de barro” eran de los platos más demandados.
Aquella noche en concreto era bastante ajetreada. Las moscas zumbaban impacientes en la barra, quejándose animadamente de las adversidades de la vida cotidiana. Bajo los focos del escenario, una serpiente de voz susurrante y seductora cantaba una suave melodía, acompañada por una banda musical de caimanes. En la pista de baile, una pareja de jóvenes caracoles practicaban un lento y harmonioso baile, lleno de ternura y romanticismo. Por allí dónde pasaba el dúo, la gente dejaba de bailar y se los quedaban mirando. Quizás fuera la pausada y enternecedora cadencia de sus movimientos lo que volvía a la gente anonadada… O más probablemente fuera el rastro de babas que segregaba la feliz pareja a medida que se deslizaba por toda la pista y que hacía que bailar por ella fuera como patinar sobre hielo. Si el hielo fuera alguna vez viscoso y de color ámbar.

Y en mitad de todo aquello, se encontraba Sally, la camarera humana, haciendo su trabajo. Era joven, con diecisiete años de edad, de cabellos negros y ojos color verde. Su belleza hubiera sido la envidia de cualquier chica de ciudad, brillando como un faro entre la gente, pero entre aquel tumulto de criaturas y bichos apenas destacaba y parecía perdida y fuera de sitio. Aunque nada más lejos de la realidad. Ella estaba dónde siempre había querido estar y haciendo lo que más deseaba desde que había cumplido los ocho años: tener una vida normal.
Hacía solo un mes que había empezado a trabajar, pero ya era toda una profesional. Tomaba los pedidos con una sonrisa en la cara, bromeaba con los parroquianos conocidos y se ponía a charlar con los nuevos cuándo estos habían acabado de comer. Los clientes siempre se alegraban de su compañía y carácter amable, algunos hasta tal punto de darle propinas cuando se iban (las gentes del pantano tienden a tener pocos recursos y por ello son poco propensas a desprenderse de las cosas, y aún más del dinero).
El personal del Café también se había encariñado de Sally. Beetto, el barman mosquito, siempre tenía algún piropo preparado cada vez que pasaba cerca de su barra. Loddy, la cocinera rana, normalmente muy gruñona y antipática con todo el mundo, trataba a Sally con gran amabilidad, dentro de su carácter (lo que significa que le gruñía y aborrecía de una forma más cándida). Zanx, el propietario del local, un cocodrilo ambicioso y con talento para oler el dinero, no dejaba de repetir cuánto se alegraba de tenerla en el negocio y pese a su filosofía en contra de las propinas destinadas únicamente a los camareros, con ella solía hacer una excepción, porque en el fondo sabía que se lo merecía. Pero era con Werb, el camarero rana, con quién Sally se llevaba mejor. Juntos formaban un buen equipo de trabajo, eficaz y dinámico, y lo más importante es que ambos disfrutaban con ello.

ranita

En aquel momento, pese a ser una noche bastante ajetreada, los dos pudieron encontrar unos segundos en los que descansar de sus labores y charlar un rato, sentados cerca de la puerta hacia la cocina.

-¿Cómo lo llevas? -le preguntó Werb a Sally-.
-Por el momento todo normal -contestó ella-. Una señora caimán ha roto la silla que tenía atrás al mover la cola, después he tenido que limpiar las babas de dos caracoles en la pista de baile y luego un bebé mosca casi me vomita encima. Ha ido de un pelo, pero pude esquivarlo en el último segundo. ¿Y tú?
Werb dio un resoplido y señaló hacia una mesa.
-¿Ves esa rana de ahí? -dijo-. Lleva toda la cena pidiéndome que le cambie el plato por cualquier absurda razón -se puso a imitar una voz de mujer anciana, muy ronca y enfadada-. “Aquí hay poca boñiga”. “Aquí hay demasiada”. “Estas moscan están muy poco frescas”. “Estas algas no están muy maduras”. “Este barro no sabe a barro”… -dió otro resoplido y murmuró para sí-. Malditos nobles…

Antes de avanzar, debemos aclarar una cosa sobre la sociedad en el pantano. Existen dos clases de anfibios evolucionados: los nobles y los vulgares.
Los anfibios nobles, según dicen ellos mismos, provienen de una versión mejorada de los humanos, pues son capaces de respirar bajo el agua y de pensar al mismo tiempo. Alegan que sus familias tienen parentescos muy lejanos con los Reyes del Este, los Señores de las Praderas que vinieron a conquistar el nuevo continente, pero que acabaron transformados por la contaminación mág… Quiero decir, la evolución natural, obviamente. Ese linaje real y sus acaudaladas fortunas les dan el derecho a gobernar por encima de los demás y a salirse casi siempre con la suya.
En cuanto a los anfibios vulgares… Son básicamente iguales a los otros, salvo por una importante diferencia: estos últimos no son nobles. Según el punto de vista de la realeza, son considerados simplemente como “ranas grandes”, sin otra función que ejercer el trabajo que ellos delegan por derecho. En general, se les puede considerar buena gente, siempre y cuando se queden en su sitio y hagan bien su trabajo, sin rechistar mucho ni alzar la cabeza del suelo. No tienen la culpa de haber nacido pobres y plebeyos, pero eso no quiere decir que haya que respetarlos igual que a la gente decente…
Inevitablemente, estas ideas hacen que los anfibios nobles traten con desprecio y arrogancia a los vulgares, amparados por su poder y dinero; mientras los plebeyos lo único que pretenden es llevar una vida sin prob
lemas ni rencillas, ejerciendo su trabajo lo mejor que pueden y bebiendo un trago de vez en cuando.
Como ya he dicho antes, hay algunas cosas de la civilización que no cambian nunca, sea cual sea la especie.

-No se lo tengas en cuenta -intentó tranquilizarlo Sally-. Es el dinero, que vuelve loca a esta gente.
-El problema no es lo que dice, sino la forma en que me mira -siguió diciendo Werb, bastante irritado-. Me dan ganas de arrancarle los ojos de cuajo y servírselos en la sopa, a ver si también se queja.
-Seguramente sí -respondió ella con tono desenfadado-. El sabor sería horrible.
Ambos rieron y a partir de ese punto empezaron a hablar de cosas más triviales y alegres.

Pasó más de una hora hasta que terminó el turno de Sally. Entonces ella salió por la puerta trasera de la gran flor, allí dónde las luces del cartel apenas llegaban de rebote. Flotando cerca de la puerta, unos bloques de madera atados entre si servían de improvisado muelle para atracar una pequeña barca, la suya.
Cómo la mayoría del personal del café llegaba nadando, volando, o arrastrándose viscosamente por las ramas de los árboles, nadie necesitaba usar una embarcación para llegar hasta allí. Hasta que llegó Sally. Por eso, al contratarla, el propietario Zanx había hecho construir a toda prisa aquella chapuza de muelle. Un descuido o una caída torpe por la húmeda madera enviarían a la joven camarera a probar la hermosura del río en primerísimo plano.
Pero nada de eso preocupaba a Sally, mientras metía un remo en el agua y sacaba su embarcación del pequeño muelle, siguiendo la corriente del río. A ella no le importaban los inconvenientes. Podrían haberle quitado el muelle y no se habría quejado. Podría haber tenido que venir saltando de liana en liana y no habría dicho palabra. Podría haberle tocado limpiar y fregar los lavabos del restaurante y no se habría lamentado. Estaba agradecida, pues tenía todo lo que necesitaba allí: un trabajo, amigos, una vida sencilla… Y lo mejor de todo era que…
Chop. Chop. Chop.
Sally oyó un ruido que interrumpió bruscamente sus pensamientos.
Chop. Chop. Chop.
Era un chapoteo ininterrumpido, como si alguien estuviera removiendo…
Chop. Chop. Chop.
…Frenéticamente el río con una pala de madera.
Miro alrededor, buscando la fuente del sonido, pero apenas veía nada a la luz de la luna. Sólo una roca, un nenúfar, una libélula, otra roca, un par de manos hundiéndose en el agua…

Tras sacarlo del río con la ayuda del remo, el casi-pero-no-ahogado resultó ser un muchacho joven, poco más de dieciséis años.
-¿Estás bien? -preguntó Sally al extraño.
Como respuesta, recibió una serie de toses aguados.
Sally se fijó mejor en su invitado inesperado. Iba muy bien vestido: gabardina, botas, camisa, todo muy muy elegante, muy muy llamativo, (y en ese instante también muy muy húmedo). Observando sus facciones podría hasta considerársele atractivo, si no fuera porque en ese momento estaba tosiendo y escupiendo más agua que una fuente.
Una vez dejó de expulsar agua y calmada la tos, el chico se quedó mirando a Sally, como si esperara que hiciera algo. La muchacha, que no estaba muy familiarizada con eso de rescatar a gente en mitad del río, no entendía muy bien qué estaba pasando y por eso permaneció callada hasta que el joven dijo con cierto tono de fastidio:
-¿Y bien?-.
-¿Y bien qué? -preguntó la camarera tras unos segundos de confusión.
-¿No es evidente? Estoy completamente empapado -respondió el muchacho con impaciencia-. Haz el favor de irme a buscar algo para secarme, bonita.
En ese momento Sally se quedó muda de asombro. Tras unos segundos en los que la ira disipaba la confusión consiguió decir:
-Perdona, pero…
-¿Es que no me has oído bien? -le interrumpió el chico-. ¡Vamos, tráeme una toalla, un albornoz, lo que sea!
-Escucha yo…
-¡Mira estúpida -exclamó, poniéndose de pie en el bote-, si no me traes ahora mismo lo que quiero te juro que…!
Pero no pudo jurar demasiado, porque un remo aterrizó directamente en su cara. El impacto le devolvió amablemente a su asiento y le ofreció la visión de numerosas estrellas danzando sobre su cabeza. Tras la confusión, empezó a gritar de nuevo:
-¿¡Cómo te…!?
Pero Sally le hizo callar, poniéndole el remo a escasos centímetros de la cara.
-Antes de que continúes… Perdona, ¿cómo te llamas?.
-Vincent -respondió de mala gana el chico-.
-Muy bien, Vincent, -continuó hablando Sally, con una voz calmada y fría como una tormenta- déjame recordarte un par de cosas. Uno: fui yo quién te sacó del río cuando te estabas ahogando, por lo que deberías mostrarte al menos un poco agradecido de que haya malgastado mi tiempo salvando tu condenada vida. Y dos: con la misma facilidad con que te subí a mi bote pudo echarte de él, así que si no quieres hacer compañía a las sanguijuelas y a los peces, más te vale que no oiga ningún comentario negativo. ¿Entendido?

El muchacho no dijo nada, sólo se quedó mirándola con el ceño fruncido. Finalmente asintió solemnemente, mientras se frotaba la mejilla, que aún estaba al rojo vivo.
-Yo me llamo Sally, por cierto -añadió en un tono que intentaba ser más amable.
-Encantado. -dijo Vincent con voz pastosa a causa del golpe. No se podía apreciar muy bien si lo decía con sarcasmo o no-. Gracias por salvarme.
-No hay de qué -repuso mientras se sentaba-. Bueno. ¿Y que hacías en mitad del río, aparte de tragar mucha agua y hundirte?.
El chico le lanzó una mirada asesina, pero respondió de todos modos:
-Intentaba llegar al otro lado.
-¿Cómo? ¿¿Nadando?? -exclamó Sally, muy desconcertada-. ¡Pero si estamos en el punto más ancho del río! Hay más de un kilometro de distancia entre las dos orillas.
Lo sé, lo sé. Si estuviera en mi forma original lo podría haber hecho. Podría haber nadado de una punta a otra hasta de espaldas… Pero estas manos y estas piernas no son nada eficientes para nadar.
-¿Qué quieres decir? -preguntó la camarera, cada vez más extrañada.
Vincent suspiró.
-Verás, resulta que soy un noble…
-Eso ya lo he deducido -le interrumpió Sally, entre orgullosa y bromista-. Más que nada por la forma en la que tratas a la gente y…
-No -continuó Vincent, algo alterado- lo que quería decir es que soy un noble sapo.
El silencio se expandió sobre el agua, como las ondas que deja una gota al caer sobre su superficie.
Sally fue la primera en romperlo:
-¿Cómo…?
-De camino hacia aquí me encontré una bruja -empezó a relatar el muchacho-. Tuvimos una… Pequeña discusión. El caso es que la cosa fue creciendo… Y al final ella me convirtió en humano.
-¿Una bruja? -la preocupación de la muchacha era transparente-. ¿Cómo era? ¿Era baja y delgada? ¿Llevaba un gran sombrero negro, un cuervo en el hombro y una verruga en la nariz?
Vincent frunció el ceño del esfuerzo por recordar:
-Pues… No. Era baja sí, pero nada de delgada, te lo aseguro. Llevaba el pelo recogido en un moño, un gato en brazos y no tenía verrugas, que yo recuerde.
Sally suspiró de alivio. Al menos no era “ella”. Eso simplificaba un poco las cosas.
-Creo que puedo ayudarte -anunció a Vincent, levantándose de su asiento y empujando la embarcación con su remo-. Conozco a esa bruja. Se llama Leylit. Se le da muy bien maldecir a la gente y eso, pero en el fondo es buena cuando la conoces.
-Estupendo -dijo el chico, con la esperanza brincando como loca en su garganta-. ¿Y hasta sabes dónde vive?
Ella torció la boca en un gesto indefinido.
-La verdad es que no. Eso es lo complicado. Resulta que Leylit cambia con frecuencia el sitio en el que vive. Ella no es esas que se quedan plantadas en un sitio durante mucho tiempo, ¿sabes?
-Genial -suspiró Vincent, nada aliviado -. ¿Y cómo la encontraremos?
-Primero iremos a ver a otra bruja, Gerdru. Ella sabrá por dónde anda Leylit.
-¿Y tu crees que nos ayudará así por las buenas, esa Gerdru?
-Más le vale hacerlo. Es mi madre y si se niega, no tendrá a nadie con quien compartir el ganso de los jueves.

CONTINUARÁ

Capítulo 66: La princesa sin sonrisa

Érase una vez, hace mucho, mucho tiempo, en un reino muy y muy lejano, una princesa que no sabía sonreír. Su nombre era Lilia y ya desde que no era más que un bebe, su rostro no había conocido la dicha. Siempre tenía en sus pequeños ojos la mirada distante y su cara redonda y sonrosada era inexpresiva, pero a pesar de eso casi nunca lloraba, ni tampoco reía como los demás niños. Se quedaba quieta, mirando fijamente a todo.

Sus padres, preocupados, llamaron a todos los médicos, brujas y hechiceros del reino, pensando que quizá una enfermedad, conjuro o maleficio era lo que la hacía tan desgraciada. Pero todos ellos tras examinarla minuciosamente, hacerle pruebas, análisis y exorcismos, no encontraron nada que explicara su falta de alegría.

Cuando creció, sus padres trataron de hablar con ella, para ver qué era lo que la afligía. Pero ella no sabía qué responder y les decía simplemente que no encontraba nada en el mundo que la hiciera sonreír.

Entonces, trataron de hacerle ver las cosas buenas que tenía en su pequeña vida.

Su padre, la llevó hasta un balcón que ofrecía una vista maravillosa de las tierras del reino.
-Observa Lilia -le dijo-. Todo este precioso y próspero reino pertenece a nuestra noble familia. Y algún día, cuando crezcas, lo reinarás cómo a ti te parezca justo y necesario. Tienes la suerte de estar entre la nobleza, de pertenecer al círculo de mayor poder e influencia entre los hombres, de poder regodearte con otros reyes, reinas, príncipes y princesas. La oportunidad de entrar en los libros de historia. Muy poca gente podía llegar a decir eso en su vida. ¿No te parecen suficientes motivos para sonreír? -le preguntó al final-.

Lilia se quedó un rato callada, pensando, pero se volvió a su padre y le dijo:

-Lo siento mucho, padre, pero ninguna de esas cosas me hace feliz – y volvió a entrar en casa.

Su madre, la llevó a pasear al jardín, dónde la abrazo por detrás y le susurró al oído:
-¿Qué te ocurre mi pequeña? ¿Porqué no puedes sonreír? Tienes una familia que te quiere, una casa donde dormir, una salud de hierro, fortuna para tu futuro… No todos tienen la misma suerte que tú, es cierto, hay mucha desgracia en el mundo. Pero aún así la gente sonríe y sigue adelante, día a día, para forjar el futuro con orgullo y valor. Si ellos pueden sonreír, ¿porqué no tú? -le preguntó al final-.

Lilia se quedó un rato callada, pensando y le dijo:

-Lo siento mucho, madre, pero ninguna de esas cosas me hace feliz -y se apartó del abrazo de su madre, volviendo a su casa.

Su abuela, le habló mientras le peinaba la cabeza, delante del espejo.
-Oh, Lilia… -le dijo-. Eres demasiado joven para no sonreír. Y demasiado guapa, también. Debes aprovechar los buenos momentos que te da la vida y sonreír. Porqué cuando seas tan vieja como yo, ya no te dará tantas oportunidades. Ahora posees el don más preciado: el tiempo. Tienes tiempo para elegir tu futuro, para decidir quién quieres ser, para seguir tu camino. Y no deberías pasarlo sin sonrisas, porque sino no valdría la pena recorrerlo. ¿Qué me dices, tesoro? -le preguntó al final-.

Lilia se quedó un rato callada, pensando, miró el reflejo de su abuela y le dijo:

-Lo siento mucho, abuela, pero ninguna de esas cosas me hace feliz -y bajó la cabeza, para que la siguiera peinando.

-Bueno, -le dijo su abuela-. Entonces solo tienes que encontrar esa cosa te haga feliz, no? -le dijo con alegría-.

Y sus padres pusieron todo su empeño en encontrar algo que la pudiera hacer sonreír. Contrataron a los mejores artistas: acróbatas, músicos, malabaristas, payasos, magos, hechiceros, pirotécnicos, trovadores, narradores, actores, domadores, bufones, titiriteros, bailarines. Cada día era un espectáculo, cada noche una verbena. Pero nada de eso la hacía sonreír.

Le daban regalos y besos, le contaban chistes e historias, le hacían cosquillas y masajes, le dedicaban poemas y canciones,  le hacían cantar y tocar, le organizaban fiestas y banquetes… Pero nada de eso la hacía sonreír.

Pasó el tiempo, y la niña Lilia creció, hasta convertirse en mujer. Una mujer bella, esbelta y elegante, pero que aún no había encontrado nada por lo que sonreír. Hasta que llegó su decimo-octavo día de aniversario.

Sus padres organizaron una gran fiesta, como cada año. Allí asistían nobles de todas partes del mundo, que hablaban, reían y bailaban mientras la orquestra tocaba de fondo una musica suave y dulce. Lilia estaba en el centro de todo aquello, pero a la vez apartada, pues aunque era flamante y bella, su inexpresividad hacía incomodar a la gente. Estaba paseando su mirada por la sala, cuando sus ojos se detuvieron en un joven príncipe.
Y por primera vez, sintió un atisbo de alegría, una pequeña chispa de nada, pero que, en su corazón tan vacío, prendió como si fuera un incendio. Se vio a si misma cruzar el salón, plantarse delante del príncipe y pedirle que la sacara a bailar, sin saber muy bien porqué, pero con ganas de averiguarlo.
El príncipe, con una reverencia cortés, le cogió de la mano y empezó a danzar con ella. Algo extraño pasaba. A pesar de saberse una negada en el baile, los cuerpos de Lilia y su acompañante se movían en perfecta sincronía, con elegancia y fluidez.

Estuvieron danzando durante muchas horas, o quizás unos pocos segundos, y cuando estuvieron cansados, salieron al jardín a dar un paseo. Y sentados en la hierba, en un lugar apartado, empezaron a hablar: de sus vidas, de sus historias, de sus recuerdos, de sus sueños. Lilia nunca había hablado tanto con nadie. Era raro y agradable. Era un sentimiento nuevo y confuso.

De pronto, sintió ganas de besarlo. Ella, que nunca había deseado o anhelado nada, se dejó llevar. Cuando sus labios se tocaron, su corazón prendió como una mecha, su mente se elevó como un cohete, llevándola a lugares que nunca había imaginado. Así era el amor que sentía. Y dejo que la pasión de sus jóvenes cuerpos se desatará, desbordando la realidad, haciéndolos eternos y vivos.

Y fue allí, sobre la hierba del jardín, con él dormido entre sus brazos, dónde Lilia sonrió por primera vez. Era una sonrisa tan brillante como una supernova, tan cálida como un día de verano, tan fresca como una rosa… Pero por desgracia, no había nadie cerca para verla, sólo la luna, que ya conoce el final de todas las historias.

A la mañana siguiente, el príncipe partió a su reino de origen, despidiéndose acaloradamente de Lilia y prometiéndole que se volverían a encontrar. Ella a su vez, le prometió que le escribiría un montón de cartas y que esperaría sus respuestas con impaciencia.

Lilia cumplió su palabra y le envió una carta siempre que podía, siempre que tenía algo que contar, siempre que le echaba de menos. Estuvo casi un mes escribiendo cartas, esperando ansiosamente una respuesta, saboreando el momento de su reencuentro.

Cuando finalmente llegó la tan esperada carta, no fue como ella esperaba. A cada palabra que leía se sentía peor. Cuando acabo de leerla, se hizo un ovillo y hecho a llorar. Su príncipe había dejado de ser suyo, para pasar a ser el de otra. Se sentía traicionada y sola, estúpida y engañada. Habían roto su amor en mil pedazos, al igual que sus sueños.

Estuvo en cama dos meses, sin ánimos de salir de la habitación, a veces llorando por su pena, otras mirando a la nada durante horas. Todos los que la conocían se sentían angustiados: antes su expresión solo era vacía y hueca, pero ahora era una máscara de dolor y sufrimiento. Las sirvientas salían y entraban rápido de su habitación para no tener que verla y sentir ellas su misma pena.

Después de dos meses, llegó una nueva empleada al castillo, una mujer de mediana edad, algo baja y regordeta, que vino a sustituir las sirvientas de la princesa. Entro en la habitación, con unas sábanas limpias en las manos y una sonrisa en la cara, cuando vio a la princesa y le dijo:

-Vaya, qué cara tienes, corazón. ¿Te ocurre algo?- preguntó, sin pensar con quién estaba hablando.

Lilia contestó, con una voz áspera de llanto y falta de uso:

-Él me engañó. Se fue con otra. He perdido lo único en el mundo que me hacía feliz…- dijo ella.

Tras escucharla con atención, la sirvienta empezó de pronto a reírse. Pero no era una risa cruel y fría, sino cálida y contagiosa. Y sin saber cómo ni porqué, la princesa empezó a reírse también. En ese instante desaparecieron los dos últimos meses de su mente, todos los malos momentos, toda la amargura y el rencor, dejando solo la risa.

-¿Lo ves pequeña? -dijo la sirvienta, sentándose en la cama, al lado de Lilia-. Nadie puede arrebatarte la felicidad, porque es siempre la llevas contigo, aunque no puedas verla. No es algo que debas buscar fuera, sino dentro de ti misma.

Así fue como la princesa se olvidó de su estúpido y egoista príncipe y enterró la pena que llevaba dentro. Y desde ese día, a Lilia nunca más se la volvió a ver triste. Siempre exhibía una sonrisa cálida como el fuego, radiante como el sol, hermosa cómo ella misma.

FIN

Capítulo 63: Invisible

1-Pido disculpas de antemano por todas las palabrotas que los protagonistas van a decir durante este relato. Avisado he.
2-Este es un capítulo muy especial. Tanto por su forma, como por su género. Es un experimento de ambas partes y me gustaría ver si hay buenos resultados.
3-Espero que os lo paseis de miedo leyendo esto. Feliz Halloween 😀

Invisible

-¡Venga Cristian, entra tu también! ¡No seas un cagueta!
-Déjalo Paula. No va venir. Si hasta tiene miedo de que su ma-ma-ma-mamita se entere que se ha escapado por la no-no-noche…
-¡Jajaja! ¡Muy buena Luis!
-¡Cállate Juan o te parto la crisma! Venga, Cristian, será divertido, ya lo verás.
-N-n-no voy a entrar ahí. He-e llegado hasta aquí por v-vo-vosotros, pero n-no voy a dar un paso más.
-No estás muy animado hoy. A alguien se le ha olvidado la me-me-medicina…
-¡Jajaja!
-¡Joder tíos, callaos de una puta vez los dos o empiezo a repartir hostias! ¿Seguro que te quieres quedar aquí solo, esperándonos?
-T-tr-tranquila, estaré bien… M-m-me he traído un libro para leer mientras es-p-p-pero…
-Pffff…
-Juju.
-Shhh, idiotas. Vale tío, volveremos enseguida. Solo vamos a echar un vistazo.
-Si no volvemos… ¡Veenga mi mueeerteeee!
-¡Jajaja! ¡Qué colgado tío!
-Ay… Con qué panda de imbéciles me tengo yo que juntar…
-Anímate Paula, ahora que el rarito deprimente se ha ido, podemos pasárnoslo en grande.
-Sí, nos lo vamos a pasar en grande en esta casa sucia y abandonada…
-Recuerda, además de sucia y abandonada es la casa de los fantaaasmas…
-¡Es la casa de la suciedad, joder! ¡Aquí no viene a limpiar nadie desde hace medio siglo!
-Sí, alguien tendría que “echar el polvo” de aquí. ¿No crees?
-Uuuuuuuu…
-Luis, si fueras la mitad de gracioso de lo que eres de cerdo, tendrías a todo el mundo riendo a tus pies. Y no solo al pelota de Juan.
-¿¡Qué me has llamado, tonta!?
-Ejem. Caballeros, por favor. Estamos ante una investigación muy importante. Dejemos nuestras diferencias a un lado. Anda, vayamos a echar una ojeada al piso de arriba.
-Esto no tiene buena pinta.
-No seas gallina y avanza.
-La escalera cruje, ¿Creéis que podría llegar a romperse?
-No digas bobadas, Juan, y sigue para arriba sino quieres que te arree.
-Ya está. ¡Ay va, mirad que pasillo tan largo!
-¡Puaj! Este piso huele que apesta…
-¡Eug! ¡Es verdad! ¡Es peor que los pedos de Juan!
-¡Eh tío!
-Pues anda que los tuyos, Luis…
-¡Lol! ¡Jajaja!
-Venga Paula, no seas así…
-¡Ay! ¡Luis, déjame! No me agobies…
-No te hagas la estrecha. Si ya…
-¡Eh, tíos, creo que he oído algo!
-No has oído nada, Juan, te lo habrás imaginado, idiota.
-Que te digo que he… ¿¡Joder que ha sido eso!?
-¡¡Hostia puta, yo también lo he oído!! ¡Venía de esa habitación de ahí!
-¿¿Sonaba como a algo rompiéndose, no??
-Eh, eh, tíos, calmaos los dos. Seguro que ha sido el Cristian, que ha venido a gastarnos una broma.
-¿Tu crees, Luis? No me parece muy propio de él… Además estaba detrás de nosotros…
-Piensa, Paula. Seguro que lo tenía planeado desde el principio. Dice que tiene miedo, se queda el último y luego entra por la puerta de atrás e intenta asustarnos a traición. Es el plan perfecto para un cerebrito como él.
-¡Jajaja! El friki de repente se ha convertido en un autentico super-trol.
-Jeje. Vamos a darle caza a él, pues. Abre, Paula, tu que estás más cerca.
-Vale… ¡Coño!
-¿Qué?
-¿¡Qué!?
-¡Que no gira el puto pomo! Ya está, el muy cabrón… ¿Cristian…?
-No lo veo… ¡Mirad! ¡Ahí está el jarrón que ha roto!
-Hola, holitaa… Sal de dónde quiera que estees… No te escondaas…
-Cristian, vamos a ser suaves por el susto que nos has dado con ese puto jarrón. No vamos a matarte, sólo te vamos a clavar una paliza.
-No digas eso Luis, que lo espantas. ¿Cristian, me oyes? Ya nos has asustado, ya no tienes porqué esconderte.
-Aquí tampoco… ¡Venga vamos, sal, no tenemos toda la noche para juegos!

A mí me gustan los juegos.
-…
-…
-…
-¿¡Quién ha dicho eso!?
-¡Hostia santa, Cristian esto no tiene ni puta gracia! Como te encuentre…
-Grabadoras… Está usando grabadoras… Sí, seguro… Es un hijo de puta astuto…
-Luis, no susurres de ese modo que me pongo nerviosa y… ¡Ay, joder!
-¡Aaaaaah!
-¡Aaaaaaaah!
-¡Iiiiiiiiiiiiih!
-¿¡Lo visteis!? ¿¡Lo visteis, o no lo visteis!? ¡Ese plato ha flotado durante unos segundos y luego ha caído al suelo, joder!
-¡¡Coño, Juan, ya sé lo que he visto, joder!! ¡¡No hace puñetera falta que me lo repitas!!
-Cables… Cuerdas… Imanes magnéticos… Sí… Estamos ante un gran mago… Un genio del ilusionismo… Sí… Es eso… El muy cabrón…Yo nunca me fié de él…
-¡Y tu Luis como no cierres la puta boca te juro por Dios que te parto la ca…! ¡¡Aaaaaaaaah!!
-¿¡Qué!?
-¡Paula! ¿¡Qué pasa!?
-Me ha tocado… Algo me ha tocado…
-¿¡Cómo!? ¡Si aquí no hay nadie!
-El cabello… Me ha tocado el cabello… Y he sentido una respiración… Como si me estuviera oliendo… Como si…
Como si os fuera a devorar… ¿No?
-…
-…
-…
-¡¡Joder, joder, joder!! ¡Tíos, yo me largo de aquí!
-¡Eh, eh, eh! ¡No te vayas! ¡Debemos permanecer juntos! ¿¡No ves cómo está Paula!?
-¡Y una mierda, Luis! ¡Paso de este rollo ya mismo! ¡Si queréis me acompañáis y sino, aquí os quedáis!
-¡Me cago en…! ¡Vete a la jodida mierda, mamón! Vamos, Paula, tenemos que marcharnos.
-Noté sus garras… No las vi, pero las noté… Las noté…
-¡Maldita sea, Paula, levántate! No te hundas, no te me hundas por favor…
-Tengo miedo, Luis… No pued…
-¡Hostia santa, Paula! ¡¡Reacciona!! ¡Vuelve en tí!
-Yo… yo…
-¡Deja de llorar, coño! ¡Tienes que volver a ser fuerte, Paula! ¡Vamos, reacciona!
-Yo… Lo siento, Luis, me he dejado llevar por el pánico…
-Ahora no hay tiempo para eso, tenemos que seguir a Juan, él ahora estará…
-…
-…
-¿Bajando las escaleras…?
-No se oye nada… ¿Crees qué…?
-Shhh. Ni lo menciones. Ni se te ocurra mencionarlo. Venga, salgamos de aquí.
-¡Paula, joder! ¡Juan no está! ¡Ha desaparecido!
-Shhh. ¡Cállate y contrólate, por dios! Seguro que estará bien…
¿Se puede estar bien, después de muerto?
-…
-…
-¡Joder, está detrás de nosotros!
-¡Corre, corre, corre, corre!
-Ya lo intento, Paula, pero si tu… ¡Ahhhhhh!
-¿¡Qué es!? ¿¡Qué ha pasado!?
-Tropecé… Mi linterna se ha…
-No pasa nada, tengo la mía. Ven, tenemos que bajar por… ¡Oh dios!
-¿¿Qué pasa?? ¿¿Porqué te paras??
-Está delante nuestro… Le… Le oigo respirar… Lo noto…
-Mierda…
-Retrocede muy despacio…
-Mierda, mierda…
-Retrocede… Retrocede…
-Mierda, mierda, mierda…
-Despacio… Despacio…
Gaaaaaaaaaaah!
-¡Hostia puta! ¡Corre, corre, corre!
-¡Ahh, mierda! ¡Coño, coño, coño!
-¡Métete ahí, rápido! ¡Vamos, vamos, vamos, Luis!
-¡No puedo girar el pomo, maldita sea!
-¡Date prisa! ¡Lo tenemos casi encima!
-¡Hago lo que puedo, estúpida!
-¡Iiiiiiihhhhhh!
-¡Aaaaaaahhhhhh!
-…
-…
-Hu… Hu…
-Af… Af… Lo conseguimos, Paula…
-De momento…
-…
-…
-Abrázate a mi.
-Por favor no te separes, Paula… Por favor, no me dejes a oscuras…
-Tranquilo, estoy contigo Luis… Estoy contigo…
-Te quiero Paula… Sé que soy un imbécil, pero te quiero…
-Lo sé… Eres mi imbécil… Lo sé…
-Te juro que no seré el mismo, después de esto…
-Luis…
-Seré alguien mejor, te lo prometo…
-Luis.
-Dejaré de hablar con Sara, te lo juro, no volveré a acercarme a ella…
-¡Luis!
-¿¡Qué!?
-La pila de la linterna se ha… Agotado…
-Es verdad. Joder, no se ve nada…
-Separémonos y busquemos alguna luz.
-¡No, Paula! No quiero dejarte a solas. No quiero separarme de ti.
-Solo será un segundo. Esa cosa podría entrar en cualquier momento, debemos ser rápidos, o nos pillará. Si nos vamos juntos tardaremos más en encontrar la luz.
-Mierda, tienes razón.
-Tu a la izquierda y yo a la derecha.
-Hecho.
-Y una cosa… Llevamos hablando todo el rato desde que llegamos aquí… Quizás si nos quedasemos callados…
-No nos detectará, de acuerdo. Qué lista eres.
-Shhh. Venga, a la de tres.
-1…
-2…
-3…
-¡Ya!
-…
-¡Auch! ¡Joder, maldita mesa!
-¡Shhh!
-Perdón…
-…
-…
-…
-Pts.
-Shh.
-¡Pts!
-¡Shh!
-¡Paula!
-…
-He llegado al interruptor, pero no funciona. Quizás la casa es tan vieja que no haya electricidad…
-…
-Está bien, está bien… Ya me callo… Anda, ven y cógeme la mano.
-…
-Dios, qué manos tan frías tienes, Paula…
Es que yo no soy Paula.
-…

¡¡¡AAAAAAAAAAAAAAAAHHHHHHHH!!!
FIN 1

-¡Paula! ¡Juan! ¡Luis!
-Ffffffffff…
-¡Maldito viento! ¡Paula! ¡Juan! ¡Luis!
-Fffffffff…
-¡PAULA!  ¡JUAN! ¡LUIS!
-Fffffffffff…
-Af… Af… V-venga Super Cristy, puedes entrar…
-Fffffffffffff…
-Vamos, pu-puedes hacerlo, solo es una ca-casa vacía…
Ffffffffffffffff…
-Solo es una casa vacía…
Ffffffffffffffff…
-Será mejor corras, Super Cristy.
Ffffffffffffffffffffff…
-¡Mamá! ¡Papá! ¡Alguien!
-¡Eh! ¡Alto! ¿¡Quién está ahí!?
-¡Soy yo, agente, soy yo!
-¿Qué haces aquí a estas horas, chaval? Deberías estar en tu cama.
-Ya lo se, pero mis…
-¿…?
-…
-¿Ocurre algo, muchacho?
-No, nada. Será mejor que me lleve a casa.
-Estoy de acuerdo jovencito, si vas por estas calles te puedes meter en problemas.
-Eso es justo lo que intento evitar, agente.
-Sube al coche, vamos.
-Gracias, señor.
Ffff…
-Clap, clap
Fff…
-Broooooom.
Ff
-Brrrr

-…
Para otro día…

FIN 2

PD/ Vuelve a hacer click sobre el grito (por si acaso) 🙂

Capítulo 61: ¿Dónde está Joe?

Siento haberme excedido otra vez con un relato tan largo. Pero creo que merece la pena, con tal de que os llevéis una sorpresa.

-¿Dónde está Joe?-, preguntó Mike a la distraída multitud.

No era una pregunta muy acertada, primero de todo, porque nadie le estaba escuchando. Todo el mundo disfrutaba alegremente de la fiesta, lo que viene a significar que todo el mundo se emborrachaba, reía y se despreocupaba del mundo más allá de la bebida.
Segundo, porque aunque alguien hubiera estado lo suficientemente atento o sobrio para escucharle y  a pesar del volumen que el alcohol le proporcionaba a Mike, no hubiera oído más que la música reggae que retumbaba por toda la casa y hacía mover los cuadros de sitio.
Y tercero, porque posiblemente nadie aparte de él conocía a Joe por su verdadero nombre. Joe tenía tantos apodos que era fácil olvidarse de quién era: “El Bola”, “El Grasas”, “La Masa”, “La Apisonadora”, “El Traga-platos”, “El Engulle-bollos”, “El Zampa-Grasas”, “La Máquina de Comer” y su favorito: “Gran Tarta de Carne”. Todos esos apodos tenían una história detrás, siempre divertida y la mayoría de veces humillante para Joe. Por supuesto, la mayoría eran mentidas exageradas y chismorreadas al extremo, aunque eso a él no parecía importarle.

-La fama es la fama, aunque sea una tan penosa y tan sucia -decía Joe.

En cambio a Mike, bajo, flaco y con gafas, nadie le recordaba por ningún apodo ni nombre. Solo era el amigo de Joe. Como en el colegio, pasaba entre la gente como si fuera una sombra, sin llamar la atención ni ser visto, escuchando fragmentos de las conversaciones.
-… Entonces él dice: “¿Que ha pasado aquí?”. Y va el poli…

-¡Será imbecil! No me coge el telefono por mucho que…!

-… De verdad?

-Sí sí. Está en Youtube. Como un loco, gritando y…
-… Yo de ti esperaría un poco y hablaría con él…
Sigo avanzando, aferrándose a lo poco que quedaba de su cerveza como si de un talismán se tratara, hasta llegar a Carl, el organizador de la fiesta y propietario -al menos por herencia genética- de la vivienda. Estaba sentado en la cocina, tomándose su bebida en un vaso largo y charlando con un par de chicas, una morena, otra castaña, altamente atractivas y, a juzgar por sus caras y su sonrisa tonta, altamente alcoholizadas.
-Hola Carl- gritó Mike en un tono que esperaba que fuera el adecuado-. ¿Has visto…?

-¡Hombre! ¿¡A quién tenemos aquí!? – dijo éste abriendo los brazos, como si se hubiera reencontrado con su hermano perdido. Le dio un puñetazo juguetón en el codo y continuó dirigiéndose a las chicas-. Damas, este es mi buen amigo…
-Mike -dijo éste dándose por aludido.
-Hola Mike -dijeron las chicas al unisono, con sus dulces voces mezclándose como la nata y la miel. Mike agachó la cabeza. No estaba acostumbrado a tener contacto con la gente, y mucho menos con gente del sexo femenino. Tanta atención dirigida sobre él le desconcertaba y turbaba.
-Bien, Mike- continuó Carl-.  ¿Qué buscas? ¿Más cerveza? -se respondió a si mismo-. Ese imbécil de Max ha ido a buscarlas… ¡Pero de eso hace ya una hora! No dónde se habrá metido… -dijo, exasperado-.
-Estaba buscando a Joe -dijo Mike- Lo perdí de vista cuándo fui al lavabo y ahora no lo encuentro.

-¿A quién?

-A Joe -repitió.
Carl parpadeó un par de veces.

-El Bola -añadió, al ver que no caía.
-¡Aaaah! Pues no, no lo he visto, tío.

-Bien, gracias -dijo Mike, resignado.
-Si te refieres a tu amigo rellenito, lo vi salir a tomar el aire afuera -dijo la chica morena, señalando con la mano.
-Oh. Muchas gracias -dijo Mike atropelladamente, volviéndose a internar entre la multitud.

Se sentía desorientado y confuso. No solo porque no encontraba una salida entre la marea de gente, sino también por hallarse en medio de esta. Casi nunca lo invitaban a las fiestas, y aún no llegaba a explicarse como Joe lo había convencido para que viniera. Supongo que porque aquello era mejor que estar en casa solo. Al menos allí había gente… Con la que también estar solo. Y conversaciones, tambien había muchas, confusas e incompletas:

– … Me ha mordido, no sé qué…

-… Dímelo otra vez. Dime que me quieres…

-…¿No se oyen muchas sirenas esta noche?
-Mientras no vengan aquí…
-… Tiene manía, te lo juro.
Al final, casi sin darse cuenta, Mike ya se encontraba en la calle, abrigado por la luz nocturna y el aire templado. Había bastante gente allí fuera, pues la ausencia de música favorecía las conversaciones sin que estas tuvieran que ser necesariamente a gritos. Pero no encontró a Joe por ninguna parte, solo unas cuantas parejas, algún que otro tipo orinando al lado de un árbol y a una persona que avanzaba tambaleándose por la calzada de un lado para otro. Quedaba muy claro que estaba borracho, pues al poco rato se dobló por la mitad y vomitó sobre las flores de la casa de al lado. Aunque el tipo después de eso se levantó y…

Se abalanzó gritando contra uno de los asistentes de la fiesta. Éste empezó a gritar también, exclamando insultos y blasfemias mientras intentaba quitárselo de encima. Pero su atacante le lanzó un mordisco al cuello, cortándole la carne y el músculo y dejándolo inconsciente en el suelo, envuelto en un charco de sangre.

Nadie dijo una palabra, nadie se movió. Todo el mundo se encontraba paralizado y mudo por el miedo. Aquel hombre llevaba toda la cara manchada de sangre, al igual que la ropa que llevaba. Pero lo peor eran sus ojos, blancos y sin pupilas que brillaban tenuamente a la luz de la luna. Alguien dio un grito. Y entonces todo cobró movimiento.

El primer hombre se abalanzó corriendo hacia otra presa, mientras su primera víctima se revolvía y convulsionaba en el suelo. La gente empezó a chillar y salir corriendo. Por la calle llegaron más gente que gritaba y corría, algunos tambaleándose, algunos no. El atacante ya estaba desgarrando con los dientes su segunda víctima. Mike no se lo pensó dos veces y se dirigió calle abajo, hacia su casa.

Las palizas en el colegio y una dieta equilibrada habían desarrollado enormemente la velocidad innata de Mike, por lo que  logró distanciarse rápidamente de aquella carnicería en que se había convertido la fiesta. Por la calle se encontró a gente, algunos simples curiosos que se quejaban del ruido, algunos con los ojos blancos brillando en la oscuridad. Pero él los esquivaba a todos y seguía corriendo.
Hasta que uno lo alcanzó. Era un hombre de mediana edad, con los ya típicos ojos sin pupila y la cara manchada de sangre. Llegó desde el lateral y se abalanzó sobre Mike, arrinconándolo contra la pared. Éste forcejeó un rato, tratando de apartarlo, hasta que se dio cuenta de que era inútil. Él que apenas tenía fuerzas para luchar contra nadie, nunca podría derrotar a ese monstruo sólo. Necesitaba un arma. Y la encontró justo en su otra mano.

Golpeó la botella contra la pared, rompiéndola por la mitad, y la clavó por el borde afilado sobre la cara de su oponente. Éste gritó y retrocedió unos pasos, llevándose las manos a la cara, aunque al cabo de nada volvió a por él. Pero esos segundos de ventaja habían permitido dejar escapar a Mike, ileso a pesar de todo.

Llegó hasta su casa, jadeando. El barrio dormía tranquilo, ajeno al caos del mundo, arrullado por la placidez del sueño. Al menos por el momento. Las flores de su jardín delantero, pálidas bajo la luz de la luna, parecían espíritus del bosque. Quizas guardianes benévolos, quizas almas en pena, pero ni una cosa ni otra presagiaba nada bueno.

Cruzó el porche, deteniéndose ante la puerta. Se giró para mirar atras: aún le perseguía aquel hombre, con la botella clavada en la cara, desde cierta distancia. Frenético, Mike buscó las llaves de casa, pero cuando las encontró, éstas se le cayeron al suelo. Intentó tranquilizarse, no pensar en el tipo con los ojos blancos que avanzaba tambaleándose por el jardín para matarlo y recoger plácidamente las llaves del suelo, tratando de que los temblores miedosos de sus manos no tiraran otra vez las llaves al suelo. Lo consiguió al segundo intento.

Ya estaba a solo dos pasos del porche cuando pudo meter la llave en la cerradura. Ya lo tenía casi encima cuando consiguió hacer girar la atascada cerradura. Y lo tuvo a diez centímetros de su brazo cuando rápidamente abrió la puerta, entró en la oscuridad del pasillo y cerró detrás de si, apoyándose en la sólida madera.

Hubo un golpe contra la puerta. Luego otro, más fuerte. Luego otro aún más fuerte. Mike creía oir la madera de la puerta partiéndose con cada envestida, pero siguió apoyandose en ella. Hubo otro golpe. Y luego otro. Y luego nada.

Mike se quedó aún recostado contra la puerta, tembloroso y confuso, hasta que tubo el valor de espiar por la mirilla. El hombre con la botella clavada cruzaba el jardín, mientras un grupo de jóvenes chicas iban por la acera corriendo y gritando como locas. Llevaban ropa ligera, maquillaje extremo y una cara de horror y miedo que no combinaba muy bien con su indumentaria. Supongo que esa noche se habían acabado las fiestas para todos.

Mike respiró aliviado, sabiéndose a salvo y milagrosamente ileso. Aunque no por mucho rato. Había que moverse, o el desastre se les echaría encima. Tenía que avisar a sus padres y esperar que de algun modo le creyeran, tratar de convencerlos para que se largaran todos juntos de la ciudad. Pues si se quedaban mucho tiempo allí, sería su final.

Subió deprisa por las escaleras, tratando de no caerse ni herirse en el intento. Se dirigió corriendo a la habitación de sus padres que a esa hora ya estarían más que dormidos. Se detuvo ante la puerta cerrada y cuando fue a tocar el pomo oyó un ruido detras de esta. No era el sonido que harían unos padres durmiendo. Ni tan siquiera si estaban despiertos. No era un sonido humano. Y solo podía significar una cosa.

-No, por favor, no -susurró.
Trató de negarlo, de creerse que solo se lo había imaginado, pero sabía muy bien que no lograría convencerse verdad. Que después de todo lo que había visto esa noche, todo sería mucho más real y terrorífico que nunca. Pero aún tenía trabajo que hacer.

Sabía muy bien donde guardaba papá su arma: detrás del armario del salón, en una cajita metálica. Tambien sabía utilizarla. Había practicado el tiro con su padre y unas latas en el jardín trasero, preparándose para las atracciones de la feria. Pero lo que estaba a punto de hacer no tenía ni punto de comparación.
Volvió a detenerse ante la habitación de sus padres, esta vez con el pistola cargada. Aunque él no se encontraba preparado para usarla. Ni de lejos. Pero era algo que tenía que hacer, por sus padres. Llevo la mano hasta el pomo y cruzó la puerta.

Allí dentro encontró a sus padres. O al menos, lo que hasta hacía unas horas eran sus padres. Pues los rostros deformes y llenos de sangre, con los ojos blancos sin pupila, que veía no tenían nada que ver con ellos. Se encontraban ambos atados a la cama mediante una cuerda hecha con sabanas, quizás el último acto cuerdo que pudieron realizar antes de convertirse en eso. Pensó que eso facilitaria las cosas, pero no fue así.

Tardó más de media hora en volver a salir de esa habitación, y otra hora y media más para abandonar la casa, cargando la mochila con todo lo necesario. En todo ese tiempo no vomitó, más que nada, porque estaba demasiado asustado para hacerlo. Se quedó parado unos instantes, frente a la puerta. Había gente gritando por la calle, pero se encontraban tan lejos de Mike como si fueran estrellas, sin llegar a entender su significado, sin llegar a tener sentido.
De pronto, una figura cruzó la acera y le devolvió a la realidad. Era corpulenta y avanzaba con paso errático, tambaleándose de un lado para otro. Tenía con los ojos blancos y la camiseta naranja manchada de sangre y se dirigía directamente hacia él.
Mike no lo dudó: en cuanto este cruzaba la puerta del jardín y lo tubo a tiro, disparó el arma de su padre, directo a la cabeza. No falló: la cara de aquel tipo estalló como una sandía con un mazo. El color de la sangre le trajo recuerdos de lo que había pasado en la habitación, llenándole la garganta de bilis, pero intentó sobreponerse. Si tenía intención de sobrevivir, debería hacer esto más de una vez, y no podía permitir derrumbarse a la primera.

Se acercó al cadaver de su jardín y se fijó en la camiseta naranja que llevaba. No lo había visto hasta entonces porque le tapaba la sangre, pero el dibujo era inconfundible. Se agachó al lado del cuerpo sin cabeza y le dijo:
-Siento haber tardado tanto en encontrarte, Joe.

FIN (Sí, FIN)