Voz (3)

Laura despertó de su sueño para encontrarse en una habitación desconocida. No parecía un hospital, ni tampoco una comisaría, lo único seguro es que estaba cerrada y no podía salir libremente: una celda. Y de nuevo, aquella voz la acompañaba, un viejo amigo que no deseaba ni quería, pero que no sabía cómo rechazar.

Aunque ahora estaba aprendido a ignorarla. Podía dejar que siguiera hablando y concentrarse en sus propios pensamientos sin ese parloteo constante. Había perdido el control demasiadas veces por culpa de la voz y no podía dejar que sucediera de nuevo. Tenía que comprender lo que estaba pasando.

No estaba loca, porque sabía que la voz que oía era real. La voz conocía demasiadas cosas para no ser real. Decía todo lo que pasaba justo en el instante en que sucedía. Mostraba sus pensamientos sin ningún tipo de pudor ni restricción, destapando el lodo negro de la verdad que se escondía debajo de la capa de las mentiras.

Eso fue lo que más la asustó cuando la oyó por primera vez, verse a misma de esa forma. En ese instante entendió que la vida idílica que se había construido paso a paso no era más que un sueño irreal que nunca había exis…

Laura se levantó y empezó a recorrer la habitación frenéticamente. No, no podía dejarse llevar por lo que le decía. Se refugió en el fondo de su mente, muy al fondo, donde la voz no pudiera escuchar sus pensamientos, donde el eco solo fuera un murmullo lejano. Tenía que entender de dónde surgía y porqué era la única que parecía percatarse. Qué sentido tenía que alguien dijera…

Sus pies dejaron de moverse cuando una idea surgió en su mente. Una idea disparatada, imposible, pero que aún así cuadraba. Una idea que de ser verdad lo cambiaba todo: su vida, su mundo, su realidad.

Al principio no quería creerla. Era totalmente absurda y sin sentido, pero aún así no abandonaba su mente. Aunque sabía que era demasiado simple, demasiado fantasiosa, a pesar de todo, encajaba demasiado bien para no ser cierta. No podía negarla ni evadirla, lo único que podía hacer era aceptar la verdad que la voz no dejaba de confirmar.

Una risa empezó a borbotar desde su garganta, un sonido sin alegría ni luz. Cada carcajada era un tañido de sufrimiento, que la hundía aún más en la oscuridad. Sus piernas se rindieron y se quedó arrodillada en el suelo, sin intención de levantarse. Ya nada le importaba, ni la voz, ni la celda, ni ella misma. Se sentía pequeña e indefensa ante la inmensidad de su descubrimiento: no había nada que hacer, ningún lugar al que huir, nadie que pudiera salvarla. Estaba atrapada por su destino y por esa voz que…

Otra idea cruzó su mente, un punto de esperanza nacido del abismo de la desesperación. Una sonrisa apareció en su cara, una mueca vacía sin alegría. Se levantó, con las rodillas aún temblando y con pasos vacilantes se sentó en la cama. Desde allí miró la puerta de su celda y dijo:

-“La puerta se abre”.

La puerta quedó igual de cerrada que antes. No, tenía que decirlo de otra manera.

-“La puerta se abrió”- dijo. Esa era la forma en la que hablaba la voz.

La puerta permaneció firmemente bloqueada, sin ninguna intención de abrirse.

-“La puerta se abrió”- dijo de nuevo. Estaba segura de que iba a funcionar.

Pero la puerta se negó a moverse, inmune a sus palabras.

-“La puerta se abrió”- repitió. Iba a necesitar mucha práctica para controlarlo.

No se abrió la puerta. Todo lo que intentaba era inútil.

-“La puerta se abrió”- repitió con más ganas. ¿Estaba intentando disuadirla?

Nada. Por mucho esfuerzo que pusiera, nada parecía hacer mover la puerta.

-“La puerta se abrió”-volvió a decir. No iba a conseguirlo. Era demasiado tenaz y persistente.

Negativo. La puerta seguía igual que antes.

-“La puerta se abrió”-dijo con una sonrisa. Sabía que estaba funcionando. Podía notarlo por la forma en la que la voz hablaba cada vez más rápido, intentando acabar cuanto antes.

No. La puerta siguió cerrada.

-“La puerta se abrió”- Si la voz podía controlarla, ¿Por qué no podía hacer ella lo mismo?

Pero la puerta SE ABRIÓ.