Capítulo 60: Mariposa

No me disculparé. He vuelto y eso es lo que importa. Disfrutad como siempre 🙂

Te quedaste mirándome durante unos instantes, como si esperaras que dijera algo, como si con una palabra mía pudiera retenerte. Si era así no se me ocurrió ninguna. Yo ya sabía que eras libre y que estarías mejor sin mi. No quería ser la cárcel que te retuviera, no quería ser el fracaso grabado en tu memoria. Quería que volaras libre e inocente, dulce mariposa. Quería que sintieras la luz del sol, el susurro del aire, el canto del mar, la alegría de la juventud, todo lo que yo no podía darte. Por eso me quedé callado, sin decir palabra. Tu volviste la mirada a tus apuntes, quizás algo decepcionada. Y el silencio cayó sobre nosotros, tan frío y desolador como la lluvia.

Pasó el tiempo y mil lunas, todas me recordaban tu nombre, el color de tus alas. Hasta que un día la arena tapó tu rostro y ya no quedó nada, solo el vacío y la desesperanza. Tu recuerdo seguía clavado en mí como una espina, pero la piel había cicatrizado y ya solo era una lejana molestia. Cerré mi corazón a cualquiera que intentara entrar, sabiendo que hacía lo correcto, sabiendo que en el fondo ese fue siempre mi camino, la soledad.
Pasó más tiempo, mucho, mucho más tiempo. Perdí mi juventud, la poca que me quedaba en el alma, mis fantasías, que eran cada vez más confusas, y mis sueños, que ya casi había olvidado. La gris realidad se apoderó de mí. La rutina ejerció su martillo sin piedad ni compasión. El reloj se tragaba el tiempo, la vida pasaba veloz como un tren, mientras yo seguía perdido en la primera estación, sólo y cansado.

Y entonces, ocurrió un milagro que yo jamás creí posible. Llovía de nuevo, y yo, como de costumbre, no traía paraguas. Corriendo, me fui a refugiar bajo el primer tejado que encontré… Y allí estabas tú, dulce mariposa. Quizás el tiempo también se había llevado tu juventud y tu inocencia, pero reconocí tus alas al instante. Y todos los buenos recuerdos, los momentos de luz y sombra, volvieron a mí, restaurando lo que una vez había perdido. Tú en cambio me miraste y no dijiste nada, no me reconocías. Quizás no me recordabas o quizás ya no era el mismo, pero yo sonreí. Eso me daba igual, siempre habría tiempo para empezar de nuevo, de un modo u otro. Porque había comprendido que aunque mi camino desde siempre fue la soledad, mi destino durante toda mi vida era llegar a ti.

FIN

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Capítulo 58: Mi gran amigo Gor (III)

Aquí tenéis, como os prometí. No os entretendré mucho por ahora. Ya os lo contaré todo más abajo. Ahora, solo disfrutadlo!

Por si acaso, capítulos anteriores:

Primero: Mi gran amigo Gor (I)

Segundo: Mi gran amigo Gor (II)

Domingo 14 de Abril

Diario, como puede un día empezar tan bien y acabar de forma tan desastrosa? Esta mañana, todos en la casa nos levantamos muy muy temprano para poder ir de excursión al campo. Yo estaba teniendo un sueño muy bonito en el que toda la clase le tiraba huevos a Wendy, cuando mi madre me zarandeó. Me dijo que fuera a desayunar, que pronto nos iríamos al campo. Comimos rápido entre bostezos, cogimos nuestras mochilas y salimos todos juntos hacia la aventura.

Todo fue tan deprisa que no tuve tiempo a despedirme de Gor ni a decirle adonde iba, como tenía planeado ayer. En ese momento no me preocupaba, pues no le daba mucha importancia a lo que ese cura nos había contado. Quizás debería haberlo hecho.

El caso es que el paseo por el campo fue muy bien: hacía un sol radiante sin apenas una nube y a pesar de que la noche anterior había llovido un montón, por lo que la hierba estaba aún muy fresca. Nos encontramos unos cuantos caracoles rezagados con los que me puse a charlar un rato, hasta que me llamaron mis padres. Después estuvimos jugando con la pelota, saltando de un lado para el otro, corriendo… En cuestión de minutos mis padres quedaron agotados, así que hicimos una pausa y nos comimos nuestros bocadillos. Mientras ellos hacían la siesta bajo un árbol, yo me fui a perseguir las mariposas que había revoloteando entre las flores. Casi pillo a una que estaba desprevenida, pero se me escapó de entre la manos por muy poco…

En fin, al cabo de nada mis padres se desperezaron y dijeron que ya era hora de volver. Yo estaba de acuerdo: tenía los pies muy cansados, la gorra sudada y esa tarde hacían un especial de dibujos en la tele que no me quería perder, así que regresamos por el mismo camino hacia casa. Pero no podíamos intuir lo que nos esperaría allí.

Nada más entrar, nos quedamos paralizados. Toda la casa estaba patas arriba: platos, jarrones, fotografías, cuadros, muebles, cazuelas, todo tirado por el suelo. Parecía como si hubiera habido una tormenta por toda la casa, apenas quedaba nada que no estuviera tumbado o roto. Fuimos rápidamente a preguntar a la señora Flitwick, por si sabía lo que había pasado. Nerviosa, nos contó que había notado un temblor muy fuerte, como si hubiera habido un terremoto. Además le pareció escuchar algo parecido a un grito proveniente de nuestra casa, aunque dijo: “No me hagan mucho caso, mis oídos ya no son lo que eran…”, tratando de aparentar tranquilidad.

Al volver a casa, aprovechando que mis padres estaban ocupados recogiéndolo todo, me escabullí hacia el sótano, preocupada por si le había pasado algo a Gor. Cuando llegué allí, no me costó nada encontrarlo, pues habían desaparecido prácticamente todas y las estanterías y objetos. Lo poco que quedaba, estaba esparcido por el suelo y casi roto. Gor se hallaba en una esquina, de cara a la pared, medio encogido a causa de su tamaño. Y fue cuando me acerqué preguntándole si estaba bien, cuando me fijé en las paredes. Había unas grietas y marcas en ellas, parecidas a las que alguien dejaría si las hubiera estado golpeando. Alguien con una gran fuerza y unas manos grandes como una rueda de camión.

“Gor, qué ha pasado aquí? Has sido tu quien ha causado todo esto?” le pregunté, con voz temblorosa. Pero el seguía sin responderme, mirando fijamente en la pared, como si no me hubiera oído. Me fui acercando lentamente y empece a oir un ruido familiar. Crec. Un chasquido parecido al que había escuchado la primera vez que fui al sótano. Crec. Aunque a la vez totalmente diferente. Crec. Pero a pesar de ello yo ya sabía qué lo provocaba. Crec. Gor estaba royendo algo.

Cuando fui a preguntarle qué era, me fijé en un objeto que había en el suelo, justo al lado de mis pies. Parecía una moneda dorada, enterrada bajo un trozo de estantería podrida, pero cuando me agaché para cogerla, vi que había algo más bajo la madera, así que tiré de ella. Al sacarla, comprobé moneda se encontraba atada a una cinta azul medio rota. Entonces comprendí que la moneda era en realidad un insignia, aquello era un collar como el que llevan los perros.

“Como ha llegado hasta aquí?” pensé “los antiguos dueños tenían un perro?”. Pero apenas tenía polvo y parecía más nueva que todos los otros trastos del sótano. Extrañada, la examiné más de cerca y entonces me fijé que en el reverso de la insignia había apuntada una dirección, por si se perdía el perro. Al leerla, se me cayó el alma a los pies: era la casa de al lado, la de la señorita Flitwick. Aquel era el collar de su perro perdido.

Me giré lentamente hacia Gor y, al mismo tiempo, Gor giró su cabeza hacia mi. Y puede comprobar lo que estaba royendo.  Grité, dejé caer el collar y salí corriendo del sótano sin vacilar. Mis padres vinieron preocupados y preguntando qué pasaba, pero yo les dije que había tropezado en la oscuridad y me había asustado. Eso les tranquilizó, pero no les convenció para no echarme la bronca por escaquearme de ordenar la casa.

Para cenar, había muslitos de pollo, aunque yo apenas pude probar tres bocados antes de salir corriendo al lavabo a vomitar. Mi madre, preocupada, dijo que posiblemente fuera algún tipo de gripe y lo mejor era llevarme a la cama. Yo ya sabía que no era nada de eso, pero accedí de todos modos para poder escribir tranquilamente en ti y no tener que cenar. Al rememorarlo ahora, casi vuelvo a vomitar… Aquellos huesos de pollo me recordaban demasiado lo que había visto aquella tarde: la mandíbula de Gor royendo un hueso casi tan grande como mi brazo. Un hueso de perro.

Lunes 15 de Abril

Diario, no se si podrás comprobarlo, porque no tienes ojos ni nada parecido, pero ahora mismo estás en mi colegio.

Esta mañana, por alguna extraña razón, te he sacado de tu escondite debajo del colchón y te he puesto en la mochila, junto a los deberes. No se a que ha venido este impulso, pero me alegra tener alguien que me haga compañía, porque ahora mismo me siento muy sola.

La noche anterior apenas pude dormir, preocupada como estaba por Gor. Y si el Padre Meadow decía la verdad? Y si pudiera resultar peligroso? Ya se había tragado a un perro, cuanto tardaría en empezar a comer personas? Todas esas preguntas danzaban en mi cabeza una y otra vez sin encontrar respuesta y apenas pude conciliar el sueño un par de horas. Por eso me quede dormida en clase varias veces y los profesores, normalmente amables y sonrientes, hoy me han regañado y fruncido el ceño en señal de desaprobación.

Rossy enseguida ha notado que me pasaba algo, y me ha preguntado qué es lo que era. Yo le dije que se lo contaría en el recreo, pues aún no le había contado nada sobre Gor y tampoco quería que se enterara toda la clase de mi problema. Allison estaba sentada a mi lado y ella tiene unos oídos muy sensibles cuando se trata de chismorreos…

Nada más sonar el timbre del recreo, lleve a Rossy a un rincón apartado y empecé a contarle todo sobre Gor. Como lo había conocido, lo que me contó el Padre Meadow, el incidente de ayer, todo. Al principio parecía muy animada por el secreto, pero a medida que iba avanzando la historia, su sonrisa se fue marchitando poco a poco, hasta que no quedó rastro de ella. Cuando acabé le dije que estaba muy confusa, que no sabía que hacer y que si podría ayudarme. Ella se rió y me dijo: “Es una broma, verdad? No esperaras que me crea todo eso?”. “No es una broma! Es de verdad, te lo juro! Tienes que ayudarme!”, le contesté en tono suplicante. “Qué te has creído, que soy un bebé!? No intentes tomarme el pelo!” me chilló. Y se fue corriendo. Y yo me quede sola.

Y aquí estoy, en mitad del recreo, escribiendo sola en un rincón. Como ha podido ocurrir todo esto, diario? La semana pasada tenía a Gor y a Rossy para apoyarme, pero ahora solo me quedas tú. No entiendo como ha pasado… El sábado Gor estaba perfectamente y ayer de repente se puso de ese modo… Como si fuera el Gorshlack del que hablaba el cura… Qué fue lo que cambió en él ese día? Quizás fue la excursión al campo… A Gor quizás le hubiera gustado venir con nosotros (aunque obviamente no puede, porque le da miedo la luz) y no quedarse en casa solo…

Eso es! El Padre Meadow dijo que Gorshlack era un demonio de soledad! Aquella mañana no pude ir a saludarlo como de costumbre y por eso estaba de tan mal humor! Gor se transformó en Gorshlack e hizo todas esas cosas malas sin querer, como los hombres lobo de las pelis. Solo necesita no estar solo y volverá a ser el Gor de siempre!

Aunque eso significa… Que ahora debe estar muy enfadado, porque esta mañana tampoco fui a hablar con él, ya que me daba demasiado miedo. Oh no! Tengo que llegar a casa temprano, antes de que ocurra algo malo… Deséame suerte, diario!

Martes 16 de Abril

Querido diario, todo ha acabado. Ayer, cuando volvía corriendo hacia casa y apenas quedaba cruzar una esquina, noté que algo malo estaba pasando: sentí un súbito temblor bajo mis pies. Aceleré el paso hasta llegar a mi calle, temiendo lo peor. Pero lo peor ya estaba pasando: Gor se encontraba en mitad de la calle, desierta y silenciosa. Permanecía de pie y era enorme, medía casi tanto como las casas del vecindario. Alzó sus brazos y lanzó un grito tan fuerte y grave que retumbó en mi pecho un buen rato.

Entonces oí una voz detrás mío que decía: “Apártate demonio impío! Regresa a la oscuridad de la que provienes!”. Me giré al reconocer esa voz: era la del Padre Meadow, que empuñaba una de esas cruces religiosas como arma. En respuesta, Gor volvió a rugir y se dirigió hacia él, mientras el cura iba recitando con los ojos cerrados cosas que no llegaba a comprender de tan rápido que iba. Yo estaba paralizada por el miedo, no sabía que hacer. Entonces Gor alargó la mano para cogerlo, pero cuando estuvo lo suficientemente cerca, el padre abrió los ojos y todo él despidió un aura de luz tan intensa que tuve que cerrar los ojos  para no dañármelos .

Lo siguiente que oí fue el grito de Meadow y cuando volví a abrir los ojos, éste estaba volando por los aires. Por suerte, aterrizó sobre unas bolsas de basura, que amortiguaron su caída. Pero a pesar de ello, le sangraba la cabeza y resoplaba con fuerza. Yo estaba en estado de shock, no podía creer lo que estaba pasando, todo lo que pasaba delante de mi era como si perteneciera a otro mundo. Mientras, Gor se acercó a él con paso lento, pasando a mi lado sin mirarme, y estaba a punto de agarrar al padre cuando algo se encendió dentro de mi. Una llama de valor, furia y justicia al mismo tiempo.

Fui corriendo hacía él, mis pies apenas tocando el suelo, y me abrace a su pierna. El extraño tacto seguía siendo el mismo de siempre, aunque sin la sensación reconfortante que recordaba. Y entonces le dije a Gor: “Por favor, no lo hagas… Tu no eres malo, Gor… No tienes porqué hacer estas cosas… Por favor, Gor…” le supliqué sollozando, “No lo hagas, así solo empeoraras las cosas… Se que es horrible estar solo, pero no le hagas daño a la gente por eso, Gor… Así solo conseguirás que huyan de ti… No seas malo, Gor…”.

Entonces me di cuenta de que Gor estaba quieto, muy muy quieto. Se había quedado parado, como si fuera una estatua. Lentamente, giró su cabeza hacia mi y me miró con sus ojos blancos y sin pupila. Me pareció a notar un poco de culpa en ellos. Mientras, el Padre Meadow, que seguía malherido, se levantó y acabó de recitar un canto. Entonces la luz volvió a llenarlo todo y yo me sumergí en ella y sentí una cálida placidez. Cerré los ojos, dejándome llevar por esa sensación y perdí el conocimiento.

Cuando me desperté, ya era de día, estaba en la cama de un hospital y tenía a mi madre y a mi padre a mi lado, aliviados de que me despertara. Y me contaron lo que les había dicho el Padre Meadow: que hubo una explosión de gas en el sótano, que yo me caí a causa de los temblores y que él, pasando de casualidad por el barrio, me encontró en el suelo y me llevó al hospital. Por suerte yo estaba bien, solo tenia una ligera contusión en la cabeza y nada más.

Como mis padres estaban trabajando esa tarde y no vieron nada de lo ocurrido, se creyeron de pies juntillas las mentiras del sacerdote. No dejaban de alabarlo e incluso mi padre, que odia a los curas, aseguró que estaría eternamente en deuda con él.

También me comentaron que fuera a verlo lo antes posible a su parroquia, pues tenía algo importante que decirme. Yo ya sospechaba que sobre qué seria. Así que esta misma tarde ya salí del hospital y fui directamente a verle.

Mis padres se quedaron en el coche, esperando, mientras yo entraba en aquel edificio tan grande y cavernoso. Adentro cada pequeño sonido rebotaba por las paredes, amplificándose y dándole un aire místico. El Padre Meadow me estaba esperando en uno de esos bancos tan largos.

Como siempre, se mostró muy amable y sonriente, preguntándome si me encontraba mejor, si mis padres estaban tranquilos… Yo intenté compensarle con la misma amabilidad, aunque había un asunto del que quería hablar urgentemente. Así que después charlar un rato de cosas sin importancia mientras recorríamos la iglesia, le pregunté: “Y donde está Gor?”.

El padre detuvo sus pasos y me miró durante un buen rato, muy callado, hasta que me dijo: “Ha regresado a su mundo”.   “Qué mundo?” le pregunté. “El reino de los demonios. Cuando un demonio es exorcizado, éste desaparece de nuestro mundo y regresa a su lugar de origen.” me contestó. “Es un lugar cruel y oscuro, nada agradable de visitar” dijo con la mirada perdida, “Aunque de todos modos, nadie sabe cómo llegar hasta allí” concluyó.

Entonces fui yo la que me quedé parada. El padre se dio cuenta y me miró preocupado. Con un hilo de voz le pregunté: “No va a voler, verdad?”. Casi estuve a punto de llorar cuando vi que negaba con la cabeza. Me dijo: “No lo se, pequeña. Los demonios aparecen allá donde la oscuridad los lleva. Nadie puede saber cómo o cuándo ocurre”. Me puse a llorar sin remedio, mientras Meadow me sentaba en un banco. Gor se había ido. Se había ido y no iba a volver. Había perdido al único amigo que tenía, el único que me cuidaba y comprendía. Estaba sola de nuevo.

El cura volvió con un vaso de agua y me hizo beber un buen trago. Cuando estuve un poco más calmada, me dijo: “Aunque quizás este caso sea distinto”. Yo le miré sin comprender y continuó: “La verdad, en todos mis años nunca había oído nada parecido. Cuando os vi juntos, enseguida lo noté: ese monstruo y tu tenéis una conexión muy fuerte. Jamás había pasado algo así. Los demonios están hechos para odiar a los humanos, no para amarlos”. “Entonces…” empecé a decir yo, el padre me miró y dijo con una sonrisa: “Algo ha cambiado en ese ser y ha sido gracias a ti. Estoy seguro de que lo recordará siempre, esté donde esté”.

Al cabo de nada, salí de la iglesia y volvimos todos juntos a casa. En el contestador teníamos varias llamadas, todas de gente preocupada por mi: una de la señora Flitwick, otra de la directora del colegio y otra de la madre de Rossy. Al parecer, Rossy se había puesto muy triste desde que se enteró de mi accidente y quería decirme algo por teléfono. La llamamos a su casa y cuando ella se puso, me contó llorosa que lo sentía mucho y quería volver a hacer las paces conmigo. No pude hacer más que sonreírle y decirle que sí y que nos veríamos mañana.

Al final he perdido un amigo, pero he podido recuperar otro. Creo que con eso tengo suficiente por hoy, diario.

FIN

Y así concluye Mi gran amigo Gor! Ha sido un duro camino, pero ha merecido la pena. Me ha encantado trabajar en esta obra y poder desarrollar de la nada unos personajes tan característicos. He puesto mucho esfuerzo en cada palabra para que este sea uno de los mejores relatos de este blog, y espero haberlo conseguido. Estoy muy orgulloso de mi trabajo y espero que os haya gustado tanto como a mi vivir las aventuras de Vecky y Gor.

Pero no os penseis que la historia de Gor ha acabado. Le he cogido demasiado cariño a estos personajes como para dejarlo solo en esto. Aunque por ahora me gustaría dedicar mi tiempo en otras cosas, quizás algún día Gor vuelva a visitaros de nuevo. 😉

No olvideis comentar vuestras opiniones, reflexiones y sentimientos aquí debajo! Y como diría un gran amigo mío: Gooooooooooooooooooor!

Capítulo 35: Rompecabezas

Llevo varias noches sin dormir bien, mirando a la luna, preguntándole sus secretos. Llevo varios días en los que ando perdido, en los que me dejo arrastrar por el viento, como las hojas muertas de otoño. Llevo varias semanas incapaz de avanzar de la hoja en blanco, estancado en la primera casilla. Llevo más de un mes dejando que las pequeñas piezas en las que se ha despezado mi vida acumulen polvo.

Solo, malherido, cansado y sin esperanza, veo correr el tiempo a mi lado, veloz e imparable. Veo cómo va arrastrando todo a su paso, dejando muerte allá donde va. Sin poder detenerlo, sin intentarlo siquiera.

Entonces, un pequeño gorrión, un simple y diminuto pájaro, entra por la ventana. Entonces recuerdo lo que era ser feliz, lo que era no estar maldiciendo todo el rato, ni pedir perdón por existir, ni preguntar-se dónde está la vida, porque la estoy viviendo. Entonces recuerdo lo que era tener esperanza.

Pero al cabo de poco, el gorrión se va otra vez por la ventana. Y yo, cansado, sólo y malherido, vuelvo a perder la esperanza. Y me quedo allí, esperando a que un día vuelva. Esperando volver a ser libre. Esperando que alguna vez no tenga que arrepentirme tanto. Esperando que algún día encuentre la pieza del rompecabezas y todo vuelva a encajar. Todas las pequeñas piezas en su sitio, todos los enigmas resueltos, todas las piezas encajadas, toda una vida recuperada. Y luego, seguir avanzando.

FIN

Capítulo 30: Pequeña estrella

Érase una vez una pequeña estrella, que brillaba tímida y humilde en el cielo nocturno. Se llamaba Dera y tenía tres hermanas: Lina, Nola y Ruma.

Ruma, la mayor, era una de las estrellas de la constelación del cisne. Todos la respetaban por tener la suerte de estar en una constelación ya que todos los humanos de Allí Allí Abajo se fijaban con frecuencia en ella, y así, ella podía lucir su luz.

Nola, la segunda hermana, era muy amiga y vecina de una de las estrellas de la Osa Menor. Todos la admiraban por eso, porque así, cada vez que los humanos se fijaban en la Osa Menor, ella también estaba allí y por lo tanto, también se fijaban en ella y podía dejar lucir su luz.

Lina, la tercera hermana, era la estrella más brillante de toda su zona. Y todos la envidiaban por eso, ya que la gente de Allí Allí Abajo quedaban prendados por su luz, que ella relucía con orgullo.

En cambio Dera, la menor de todas, no destacaba más que cualquier otra estrella. Nadie la admiraba por nada, ni pretendía ser como ella. Era simplemente uno de tantos puntitos en el cielo, que se encendían y se apagaban en un suspiro. Uno de esos puntos del que nadie se acordaba nunca.

Ella era feliz, vivía pasando desapercibida entre la oscuridad con su ínfima luz, sobreviviendo a duras penas. No tenía ambiciones ni sueños. No pretendía ser más que un mero punto en el cielo.

Aunque a veces, cuando se reunía con Lina, Nola y Ruma dejaban relucir sus luces, Dera sentía que se hacía más pequeña. Se sentía enana, chiquita, enclenque, diminuta, insignificante, hasta ser menos que un minúsculo punto en el cielo, hasta volverse del tamaño de una bacteria, hasta convertirse en nada y fundirse en el vacío.

Su único consuelo en esos días era contemplar las pequeñas vidas de la gente de Allí Allí Abajo, sin esperar que ninguna se fijara en ella, sin buscar siquiera una oportunidad.

Hasta que un día, sin saber cómo ni cuándo, Dera se sintió observada. Y al mirar Allí Allí Abajo, vío que un niño, un simple e inocente niño, la estaba mirando. Aquella era la ocasión, aquel era el momento que nunca había esperado encontrarse y que ahora, de repente, lo tenía delante de ella. Y por nada del mundo pretendía dejarlo escapar.

Así que cogió aire, se armó de valor y puso a relucir su luz. Y creedme, a partir de ese instante todo cambió.

El cielo se iluminó como jamás lo había hecho antes: la luz de Dera eclipsaba la de todas las otras estrellas, habidas y por haber; su fulgor estalló la negra oscuridad del infinito, llenándolo de luz; su brillo iluminó el firmamento, como si hubiera nacido otro sol. Y todos y cada uno de los humanos de Allí Allí Abajo la vieron. Y lloraron felices ante la grandeza de su luz. Dera dejó de ser una estrella diminuta para ser una estrella grandiosa, gigante, inmensa, colosal, extraordinaria. Pero sobretodo muy muy feliz.

Pero poco le duró a la estrella su dicha, puesto que un instante después, su luz se apagó como una bombilla. Como suele ocurrir, los mayores momentos de felicidad pueden llegar a ser muy intensos, pero a la vez muy breves. A veces sin saber cómo ni porqué. Y al perder su luz, Dera, avergonzada, se dejó caer del firmamento. Como una lágrima, cayó y cayó del cielo hasta llegar Allí Allí Abajo.

Y el niño, aquel dulce e inocente niño que la había estado observando desde el principio, se puso a buscar su estrella caída por todos partes, por todos los rincones, por todos los escondites posibles.

Pero por más que buscaba, el muchacho no la encontró. Aún así se dijo a si mismo que seguiría cercándola, que no dejaría de hacerlo hasta que encontrara a la increíble estrella que había conocido en un breve instante. Se dijo a si mismo que conseguiría verla brillar otra vez de nuevo y que, esa vez, no permitiría que su luz se fuera de nuevo.

Y aún sigue ahí, ya de adulto, buscando y buscando en todas partes. Nadie supo nunca que fue de Dera. Algunos dicen que volvió al cielo, para brillar de nuevo con prudencia, sin destacar nada. Otros dicen que cayó al mar y que ahora solo es una roca perdida, un trozo de arena encallado en alguna playa. Yo personalmente, prefiero creer que sigue aquí en la tierra, que tomó forma humana y que ahora camina entre nosotros, escondida entre la gente. Que se encuentra en cada ciudad, cada pueblo, cada barrio, esperando su momento para que alguien se fije en ella y pueda brillar otra vez de nuevo y así poder brillar otra vez en el cielo y romper otra vez la oscuridad.

FIN

PD/ Podeis seguir votando vuestro escrito/relato (viejos o nuevos) favoritos en la pestaña “Encuentras” de más arriba.

PPD/ También podeis enviar vuestras historias que queráis publicar a esta dirección:

abismosliterarios@gmail.com

Es una oferta limitada hasta que me cansé, así que hacedlo pronto o en un par de capítulos se habrá acabado!

Capítulo 23: Jaula

Despierto, después de un largo sueño. Estoy tumbado en el suelo. No recuerdo cuanto he estado durmiendo, pero se que ha sido mucho tiempo, años quizá. Me encuentro en una habitación pequeña, sin muebles, sólo una puerta de madera, una ventana que da al vacío, una cama y un espejo. Las paredes son blancas, al igual que el suelo y la ropa que llevo puesta.

Recuerdo quien soy y por qué me encuentro aquí, aunque no quiera pensar mucho en ello. Recuerdo que éste es mi sitio, aunque lo noto diferente, no sabría decir porqué. Me miro en el espejo y me veo diferente: más mayor, más real, más triste… Y tengo una cicatriz que no recuerdo. Está en el pecho, cerca del corazón.

Un ruido detrás de mi me asusta. Al girarme, sólo veo la cama. Miro debajo de ella y encuentro una pequeña caja metálica. Se muy bien lo que hay en esa caja. Por eso evito abrirla, por eso evito siquiera tocarla. Pero la caja sigue ahí. Da igual las veces que la tiré por la ventana, siempre vuelve. Da igual que evite mirarla, aunque sea de reojo, siempre me atrapa. La caja siempre está ahí y estará ahí hasta el fin de mis días, incluso más.

Por eso no puedo evitar la tentación de abrirla. De dentro salen miles de fotos, miles de cartas, miles de recuerdos. Ahora veo lo que ha pasado. Dios, qué he hecho? Qué hice? Ese era yo? Sí lo era. siempre ha sido así. Yo lo hice y no puedo cambiarlo.

De pronto, la herida del pecho se abre y empieza a salir sangre a chorros. Intento taparla con las manos, que se me tiñen de rojo. Un gran dolor invade mi cuerpo, pesado como una roca, negro como el ocaso. Grito desesperado, mientras aporreo la puerta. No se abre. Las paredes empiezan a mancharse de rojo. La habitación se tiñe de rojo. Todo se convierte en un torbellino rojo, en una tormenta carmesí, un tornado de rabia. Y de pronto se apaga.

Vuelvo a despertar. La habitación sigue igual de blanca que antes, la herida limpia, como si no hubiera pasado nada. Como si no quisiera recordar qué ha pasado algo. Intento salir, pero la puerta sigue cerrada. Más allá de la ventana solo hay la oscuridad, un pozo infinito sin luz. Me siento atrapado, como un gorrión en una jaula. Habrá alguien observando, riéndose de mi ahí fuera?

Tras un largo tiempo, ya veo que es diferente en la habitación. No es lo que tiene. Es lo que le falta. Está tan vacía. Solo hay el espejo, que desprecio, la cama, que me atonta, la ventana, que no da a ninguna parte, y la puerta, que no se abre. Y la caja, que siempre está y estará ahí. Ningún vínculo, ninguna conexión con el exterior. Esto es todo lo que tengo?

La frustración me enciende, empiezo a destrozarlo todo. Vuelco la cama, destrozo las sabanas, despedazo los cojines, esparzo la caja por el suelo, la piso, la quemo, la muerdo, rompo el espejo con la mano, otra vez vuelve a abrirse la herida, otra vez vuelve a teñirse de rojo, otra vez se apaga.

Despierto y el desencanto me aturde. La desesperanza se convierte en realidad, el mal trago, en la verdad infinita. Los días pasan en la jaula sin salida, cada uno más gris que el anterior.

De pronto, un rayo de luz atraviesa la ventana, hacia la puerta. Cansado y aturdido me arrastro hasta él. Con gran esfuerzo me levanto y cojo el pomo de la puerta. Y la abro. Así de sencillo. Así de difícil.

FIN

PD/ Ismael Serrano – La Locura

PPD/ Próximo capítulo: 6 de marzo

Capítol 21: Retalls de somni (III)

Retalls de somni cap.3

Un dia, quan anava a casa, tornant del súper, vaig trobar una nota a la porta de l’apartament. Hugo deia que se n’anava i que no tornaria; que m’acabaria fent mal i que era el millor per als dos.

Vaig estar tota la tarda plorant, al llindar de la porta on penjava la nota. A vegades passava algú i em mirava amb curiositat, però això no importava, ja res no importava. L’únic important era que m’havia equivocat, que al final havia estat una bestiesa.
Hores després, quan ja era de nit, el porter es va oferir amablement a acompanyar-me a fora. Com que m’era igual, vaig dir que sí. Em va intentar consolar, dient-me que de desgràcies en la vida sempre en passen, que aquella mateixa tarda, un home i una dona havien discutit a la mateixa habitació on estava jo ajaguda.
Al sentir aquestes paraules el meu cervell es va disparar: li vaig preguntar a aquell home si ho havia vist, i ell em contestà que sí. Havien discutit un jove alt i ros i una senyora baixeta i castanya, no sabia el motiu, però ella li havia dit que se n’anés.
Em vaig apartar d’aquell home, vaig sortir al carrer i vaig començar a córrer. Esquivava a la gent i els cotxes com podia, No podia fer més que córrer, fins que vaig arribar-hi. Vaig trucar dos cops a la porta. Al cap d’un minut, la meva mare em va deixar entrar, criticant-me per haver-la despertat a aquelles hores. No me’n vaig poder estar: li vaig preguntar per què li havia dit a Hugo que marxés i -per sorpresa meva- ella m’ho va confesar tot. M’ho va dir orgullosa, com si hagués fet el més normal del món. Em va explicar que ens havia vist junts i que no li havia semblat bé, que sabia la classe d’home que era i no em convenia, que al final m’acabaria trencant el cor. L’havia obligat a escriure la nota sota amenaces de que si no feia, contractaria algú perquè li obligués.
Jo estava molt sorpresa i enfadada: li vaig dir que era la meva vida i que ella no n’havia de fer res. Si m’equivocava seria culpa meva, eren els meu errors, i potser alguns n’estaria orgullosa de cometre’ls.
Vam estar discutint una bona estona, fins que al final cadascuna es va quedar a la seva habitació, segurament plorant, i vaig prendre una decisió. Aquella matinada, és a dir, aquesta, vaig fer la maleta i no pensava tornar. Tot i que no sabia què m’esperava al final de l’estació, ho volia intentar, no podia renunciar-hi. Quan anava a marxar aquest matí, vaig trobar un sobre amb el meu nom al damunt de la taula. A dins hi havia uns quants diners. No sabia si la meva mare coneixia les meves intencions o volia disculpar-se amb diners, el cas és que els vaig agafar i me’n vaig anar sense dir res.
I aquí estic, rememorant vells temps, arribant a l’estació per fi. La familia que tinc al davant comença a movilitzar-se i jo faig el mateix. Abans de sortir, li dedico una picada d’ullet a la nena, que me’l retorna amb un somriure. Surto del tren i, plantat davant l’entrada, hi és ell. Les abraçades i els petons no són res davant l’emoció de tornar-lo a veure.
Sortint de l’andana, em diu que aquí a Barcelona, coneix un noi que treballa en el món del teatre i que, si vull, em pot fer classes. Surto de l’estació amb un somriure als llavis, cap a un nou futur, cap a un antic somni.

FI

I arribem al final de la nostra història. Espero que us hagi agradat, ens veiem la setmana que ve amb més renovacions, més lletres i més escrits que us emocionen!

Bon cap de setmana!

PD/ Luar Na Lubre – El derecho de vivir en paz – Ao Vivo con Ismael Serrano

PPD/ Próxim capítol: 28 de Febrer