Capítulo 59: Juliette in Madnessland (Caída)

Os aviso. Este es un relato mucho más macabro que cualquiera que haya escrito antes. Mucho. No es un cuento de hadas ni nada parecido. Hay sangre, vísceras, engendros deformados y mucho, mucho gore. Dicho esto, os dejo con una cita del joker y el trailer del relato (que me ha costado tanto o más que el cuento en si). Y como siempre, espero que lo disfruteis. 😀

La locura es como la gravedad, solo hace falta un pequeño empujoncito.

El Jocker

Juliette in Madnessland (Julia en el País de la Locura)

Parte 1 – Caída

Hacía un día precioso. El cielo azul sin nubes llenaba el horizonte de una punta a otra, el viento primaveral hacía mover los tallos de hierba como si fueran las olas de un mar verde y el sol de media tarde se filtraba entre las copas de los árboles, bajo los que Julia paseaba.

Su larga cabellera oscura ondeaba tras de ella como una capa, mientras sus ojos azules vagaban distraídos entre raíces y hojas. A sus 15 años, no podía llegar a ser más bella ni pura, sin una preocupación en la cabeza, sin una duda en su corazón. Caminaba distraídamente, con la mente en las nubes, cuando un conejo se cruzó en su camino.

Era un ejemplar enorme, al menos el doble de grande que la mayoria de conejos que había visto en su vida, y tenía el pelaje tan blanco como la nieve. Julia detuvo su camino un momento, observando aquel animal, preguntándose si podría acercarse lo suficiente para tocarlo, cuando el conejo notó su presencia y se volvió hacia ella.

Pero no se giró y huyó como la mayoría de conejos, sino que se quedó parado, observándola fijamente. Julia notó algo extraño en ese conejo. Aquella no era la mirada de un animal huidizo y asustado. Aquella era la mirada de un observador paciente y tenaz. Aquellos ojos negros la contemplaron sin pasión ni miedo, a la vez que con curiosidad y frialdad. No sabía decir porqué, pero eso la inquietaba.

Estuvieron así parados casi un minuto, hasta que de pronto, el conejo salió corriendo entre los árboles. Ella se quedó dudando un momento y se puso a perseguir al animal.

No sabía muy bien lo que estaba pasando, pero la curiosidad de comprender aquel extraño ser la empujaba más y más en lo profundo del bosque. Seguía su silueta blanca, que iba apareciendo y desapareciendo entre los árboles como si fuera un fantasma. A Julia no le importaba el camino que dejaba atrás, pues confiaba en su ingenio y memoria para orientarse en el camino de vuelta, y siguió adentrándose en el corazón del bosque.

Poco a poco, los árboles fueron volviéndose cada vez más retorcidos, dibujando grotescas formas con sus ramas y creando un ambiente tétrico y misterioso. El conejo seguía apareciendo y desapareciendo de su visión, casi como si la estuviera guiando a su destino. Cada vez estaba más cerca. Ya casi lo podía tocar. Solo faltaba girar aquella esquina y…

De pronto el conejo dejo de aparecer y Julia vio que se encontraba en un callejón sin salida. Los árboles de aquella zona crecían muy juntos los unos de los otros, formando un muro de raíces y ramas que impedían el paso a cualquier persona o animal. Y no había ni rastro del misterioso conejo.

Estaba a punto de recorrer el bochornoso y decepcionante camino de vuelta, cuando de pronto oyó un susurro tras de si. Se giró. No había nadie, solo el bosque y nada más. «Habrá sido el murmullo del viento» se dijo, cuando se fijó en un árbol que había cerca. Era muy grande y sólido, bastante más de lo habitual. Tenía la corteza de color gris, como a ceniza, y en el centro del tronco había una grieta muy ancha y profunda: un gran agujero tan amplio como una persona que se extendía por todo el árbol formando el dibujo de una telaraña.

Julia se acercó al tronco y se asomó por la grieta. No vio más que sombras y oscuridad, el hueco del árbol parecía no tener fondo. El negro infinito lo cubría todo, tapando cualquier tipo de luz. Parecía extraño pensar que unos segundos antes su cabeza estuviera en un bosque lleno de sol.

Volvió a oír un murmullo, otra vez detrás suyo. No le dio tiempo a girarse que notó como unas manos a su espalda la empujaban.

Julia perdió el equilibrio y resbaló hacia adelante. Agarró a una rama del árbol para evitar precipitarse, pero ésta era demasiado delgada y se partió bajo su peso, dejándola caer por la grieta. Con un grito mudo en su garganta, descendió por el abismo, mientras en la superficie oía una risa infantil, cruel y malvada al mismo tiempo. Y entonces la oscuridad la engulló por completo.

Cuando volvió a estar consciente, Julia se halló tendida sobre el suelo. No recordaba como había llegado allí, pero tenía todo el cuerpo dolorido y su cerebro parecía dar vueltas en su cráneo. Se levantó con lentitud, tratando de hacerse el menor daño posible. Miro alrededor para situarse y notó que algo extraño estaba pasando…

El bosque donde se encontraba hacía solo un momento había desaparecido por completo, dejando en su lugar un páramo estéril y sin vida. La tierra era áspera y arenosa, sin un hierbajo, matojo o vegetal en ella, solo rocas, piedra y arena. A lo lejos parecía distinguirse la negra silueta de unas montañas y nada más.

Pero había algo que la inquietaba enormemente: si bien la tierra y la arena tenían el color habitual, Julia notó que parecían teñidas de rojo, como por la luz de un foco. Se frotó los ojos, incrédula, pero nada cambió: todo a su vista era de un tono bermellón, incluso la oscura sombra de las montañas.

Entonces se fijó en el cielo y vio con horror que también era de color rojo. Pero no era el típico rojo del atardecer, que tanto inspira a poetas y amantes y que tan romántico parece. No, aquel cielo era del color de la sangre, de las vísceras, del fuego intenso. Y en ese techo de muerte, brillaba un sol púrpura y oscuro.

«Donde estoy?» se preguntó Julia. «Como he llegado hasta aquí?». No había ni rastro del árbol color ceniza por los alrededores. Ni tampoco del conejo que la había traído hasta aquí. Y ya puestos, no había ningún rastro de vida en aquel lugar. Estaba en mitad de ninguna parte, completamente confusa y perdida. Miro en todas direcciones, buscando alguna manera de orientarse, pero el paisaje se repetía una y otra vez en círculos: tierra, rocas, montañas. Tierra, rocas, montañas. Tierra, rocas, montañas. Tierra, rocas, montañas.

De pronto se fijó bien y vio que, lo que había tomado por una franja de montañas era en realidad un grupo de casas de piedra, cuyos tejados parecían tomar la forma de las montañas del fondo. Y estaba a no más de cien metros.

Julia se quedó un rato pensando. Civilización. En aquel peculiar sitio había gente. Quizás alguien que pudiera ayudarla. Y aunque a Julia no le gustaba tratar con extraños, siempre era mejor eso que quedarse quieta y no hacer nada, así que se fue hacia allí.

Llego al pueblo y se encaminó por una de las calles, observando los edificios. Eran sencillos, hechos enteramente de piedra, pero si bien estaban bien construidos y parecían estar bien conservados, las proporciones eran algo asimétricas. No había dos casas iguales: una tenía el tejado torcido, otra solo la puerta, otra la casa entera, una tenía la puerta de entrada tan grande que llegaba hasta el techo, en otra ésta era tan minúscula que apenas habría entrado un perro, a una le faltaba una pared, a otra parecía que le sobraban…

Y todas ellas estaban distribuidas sin un orden aparente, como alguien hubiera diseñado los planos de la ciudad a partir de una torre de naipes derruida. Las calles hacían recorridos extraños, zigzagueaban, daban círculos, se cortaban de repente…

Pero lo que más preocupaba a Julia era la gente: desde que había entrado, no había visto a nadie en todo el pueblo. En las ventanas no había tartas calentándose al sol, en las chimeneas no había humo esparciéndose, en las calles no había niños jugando. Todo estaba desierto. Y a pesar de todo, ella sentía que la vigilaban. Eso la inquietó aún más.

Fue andando por las calles sin rumbo fijo, esperando poder encontrar algún punto donde situarse, hasta que oyó un ruido. Era el sonido del metal repicando contra la piedra y provenía de un callejón cercano. Julia se acercó para comprobar y se encontró la figura de una persona, de espaldas a ella y mirando la pared de un muro. Parecía un hombre bastante corpulento, vestido con ropa sencilla y vieja. Blandía un pequeño pico con el que iba desmenuzando el muro.

Julia trató de saludarlo y pedirle ayuda, pero el hombre seguía absorto mirando la pared, como si no la hubiera oído, así que decidió acercarse más.

Cuando se puso a su lado junto al muro, comprobó que el hombre era más corpulento de lo que pensaba. Mucho más. Casi parecía un saco de grasa andante. Aunque solo podía verle la mitad de la cara, su expresión era vacía y ausente, sin pizca de alegría o pasión por algo. Y aún así, el hombre seguía dando golpes con el pico.

«Porqué hace eso?» le preguntó Julia con curiosidad. Pero el hombre no respondió. «Me puede ayudar a encontrar el camino? Creo que me he perdido» le suplicó. Pero el hombre ni se giró. «Porqué no quiere hablarme? Porqué ni siquiera se digna a mirarme?» le preguntó enojada. Pero el hombre siguió picando. Ella molesta, lo cogió de los hombros y lo giró para que le mirara a la cara. Y cuando éste lo hizo, Julia soltó un grito.

Si bien la mitad perfil que había visto del hombre era normal, la otra mitad no lo era. Parecía como si alguien le hubiera arrancado la piel de la cara, dejando los músculos y la carne al descubierto. Era una simetría perfecta y aterradora. Su ojo, de un lado, caído y sin vida, del otro, al no tener párpados ni cejas, parecía bien abierto y sin sueño, como si lo observara todo. Y su boca, por un lado, sin expresión y recta, por el otro, llena de dientes sin sonrisa, profería un aire de miedo y amenaza.

Julia se volvió corriendo, huyendo del callejón, cuando tropezó con una mujer en mitad de la calle. Era alta y esbelta, con el cabello castaño largo que le llegaba hasta los hombros. Tenía un cuerpo precioso, digno de una revista o desfile de modelos, el cuerpo que todo hombre lascivo y borracho sueña. Pero si bien su figura era irreprochable, no se podía considerar que fuera especialmente guapa, pues no tenía ojos, ni cejas, ni pestañas, ni nariz, ni labios, ni dientes. En su cara solo había un agujero redondo y negro, que se abría y cerraba como la boca de un pez.

La mujer trató de agarrar a Julia, pero ésta se escabullo a manotazos y huyó. Corría por las aceras, casi al borde la histeria, cuando se encontró a otro habitante del pueblo que cruzaba la calle. Julia lo contempló con horror. No tenía nada de piel y llevaba todos los órganos y vísceras a la vista. Era la versión maquiavélica de un muñeco de trapo puesto del revés. Los intestinos le llegaban hasta el suelo e iban dejando un rastro de sangre tras de si.

Aquel engendro se fijo en ella y empezó a perseguirla a pasos descompasados. Julia quiso retroceder, pero caminando por el otro extremo de la calle, llegaban el hombre y la mujer de antes, que también la seguían fijamente.

Salió corriendo por un callejón mientras oía los pasos de sus perseguidores a su espalda. Pese a lo lentos que iban y lo rápido que corría ella, cada vez parecían estar más cerca. Mientras, la calle se iba haciendo cada vez más estrecha, hasta que llegó a un punto en el que apenas quedaba espacio entre los edificios.

Se encontraba atrapada y en mitad de la desesperación, cuando una puerta cercana, que hasta el momento no había visto, se abrió. De ella salió una mano huesuda y vieja que le hacía señas para que se acercara. No sabía si era lo más sensato, pero prefería probar suerte con una mano amistosa a tener que enfrentarse a los otros, así que hizo caso y cruzó la puerta.

Nada más llegar al umbral, notó unos brazos que se aferraban sobre ella. Cerró los ojos, esperando dolor o el crujir de huesos, pero solo sintió el tacto de la tela tocando su nariz y unos brazos que la abrazaban cariñosamente. Mientras, oía como una voz anciana susurraba: «Tranquila, estás a salvo… Tranquila, estás a salvo…» una y otra vez. Intento hablar un par de veces, pero al hacerlo, la señora la abrazaba más fuerte y seguía recitando su salmo. Estuvieron así un par de minutos, hasta que el corazón de Julia se tranquilizó por todas las emociones que había sufrido entre las calles.

Entonces, aquella anciana dejó de abrazarla y Julia pudo contemplarla bien. Era una mujer menuda, encorvada a causa de la edad. Llevaba un vestido negro con volantes, complementado con un sombrero de pluma. No podía distinguirle bien la cara, pues un velo negro de luto la cubría, pero pudo ver a través de él la sonrisa más amable que había visto desde que había llegado a la ciudad.

Julia le dio las gracias y quiso decir algo, pero la mujer la interrumpió con un ademán cariñoso. «Sé que tienes muchas preguntas, pero ahora no es el momento» dijo. «Acompáñame, ya casi está lista la comida» añadió, guiándola a través de la casa. Ella la siguió con ganas, pues a pesar de todo, tenía más hambre que curiosidad.

Apenas había muebles en la casa, salvo una serie de fotos colgada en las paredes de una mujer y un niño que Julia no pudo distinguir, pues la anciana la apremiaba para que siguiera andando. Llegaron a la cocina, igual de austera que el resto de la casa, donde una olla bien grande hervía sobre unos fogones. En medio de la sala, una gran mesa de madera ocupaba casi toda la estancia, y en ella, un niño, de no más de diez años, se inclinaba sobre su asiento. Tenía la cabeza tan cerca que parecía que se hubiera quedado dormido sobre la madera, pero se fijó en que en su mano tenía un lápiz de color, por lo que dedujo que estaba pintando un dibujo.

«Este es mi hijo, Anthony» dijo la anciana, acariciándole la cabeza. «A veces puede ser muy travieso, pero en el fondo es un chico muy tímido», dijo mientras removía el cazo. Como si quisiera darle la razón, el niño se hundió más en si mismo, tapando lo que fuera q estuviera coloreando. «Siéntate, querida, estás en tu casa», añadió la mujer con un gesto amable.

Julia se sentó y le resultó un poco raro sentirse tan cómoda en aquel ambiente tan estraño. Entonces, adivinó porqué: aquella escena le recordaba cuando iba a casa de su abuela. Ella preparaba un estofado delicioso, en una olla igual de grande que aquella. Sonrió un poco.

Por la ventana abierta, entró un pajarillo azul, que describió un gran círculo por la sala y sé poso en el hombro de Julia. Aquella escena no podía ser más idílica, notó que el nudo en su estómago que había notado desde que llegó a la ciudad se iba desatando, dejándola más y más relajada…

Huye.

Al oír aquella voz, la tensión volvió de repente. No supo identificar de dónde venía, ni quien había hablado. Miro al niño, pero este se revolvió, agachó la cabeza aún más hacia su dibujo y no dijo nada. Miro a la anciana, pero esta removía la cazuela con el cucharón mientras tarareaba. Miro al pájaro…

No te quedes mirándome y huye! Huye! le dijo el pájaro, mientras la observaba fijamente con sus ojos oscuros.

Ella apartó rápidamente la cabeza. Aquel pájaro le había hablado. Pero el sonido no entró por sus orejas, sino que directamente llegó a su cabeza, como un pensamiento. Se giró y quiso decir algo, pero el pájaro le dijo:

Shhhh. Si me hablas te descubrirán. Si tienes que decir algo, sólo piénsalo. Y deja de mirarme o llamarás su atención!

Julia lo hizo y pensó: «Porqué tengo que fiarme de ti? Esta persona ha sido buena conmigo. Porque iba a hacerme daño?».

Aquí todo el mundo quiere hacerte daño, pequeña. No te fies de ellos. Si no me crees, mira el dibujo que está haciendo el niño.

Giró la cabeza y comprobó que el niño se había incorporado en la silla, dejando al descubierto su dibujo. Era de trazos sencillos y llenos de colores, como los de un crío. En él se veía una gran olla, igual que la estaba usando su madre. Y dentro de la olla, diversas partes del cuerpo de una persona: una cabeza, una oreja, un brazo, una mano, un ojo… Aunque alguna de ellas no coincidía en el color de piel o en proporción con las otras, por lo que debían ser de varias personas. Un estofado de cadáveres.

Julia se horrorizó al verlo y miró al niño. Este exhibía una sonrisa de oreja a oreja, llena de crudeza y maldad y se veía acentuada por su dentadura, hecha toda ella de astillas, en lugar de dientes. Y cuando la miró, el niño rió. Era una risa infantil, pero a la vez cruel y malvada como su sonrisa.

Ya había oído esa risa antes. La recordaba bien, pues la había oído hace poco, mientras caía por el hueco de aquel árbol.

CONTINUARÁ…

PD/ No olvidéis comentar vuestras opiniones y críticas! Hasta pronto!

Capítulo 48: Solos tú y yo

Era un día como este, blanco, azul y gris, cuando nos vimos por primera vez.

Ese iba a ser el día, todo iba a ser perfecto, todo iba a salir bien.

Iba a ser nuestro principio, una cita espectacular,

quien iba a decirnos, jóvenes, que sería nuestro final.

Al llegar a la plaza, nuestras miradas se cruzaron:

no hubo cupidos, no hubo flechas, las palomas no volaron.

Y nada más verte, ya vi que estabas nerviosa:

no hubo besos, no hubo abrazos, solo una risa tonta.

No hubo chispa, no hubo amor:

solo estábamos tu y yo.

Mientras andábamos y hablábamos, no había banda sonora,

solo el ruido de los coches inundando Barcelona,

y cuando empezó a llover, ninguno traía paraguas,

solo quejas, mil disculpas, un suspiro de desesperanza.

‘Esta nerviosa’, me decía, ‘esto se arreglará mañana’,

me repetía a mi mismo, embriagado de esperanza.

Viajando en el metro, posé mi cabeza en tu hombro:

no era cálido ni reconfortante, solo me hacía sentir tonto.

No hubo chispa, no hubo amor:

solo estábamos tu y yo.

Para ser del todo sincero, no sabía nada del amor

y no fue hasta tarde, cuando me di cuenta de mi error:

bajo las hojas del árbol, fue cuando yo te di un beso,

no hubo luces, no hubo estrellas alumbrando el firmamento.

Y cuando llegó la despedida, los dos caímos en un abrazo:

un consuelo muy pequeño ante la culpa y el rechazo.

No hubo un discurso increíble, no hubo un suspiro ni nada,

solo tu silueta perdiéndose mientras te alejabas.

No hubo chispa, no hubo amor:

solo estábamos tu y yo.

FIN

Feliz día de San Valentín 🙂

PD/ Bueno i per als romàntics o enamorats:

PPD/ Per si us heu fixat: he possat una nova pestanya ‘OTRO’, on poso l’enllaç amb el meu segon blog:

http://abismosliterarios.megustaescribir.com/

De moment només és una copia, ja veurem com es desenvoluparà.

Capítulo 22: Máscara

Contemplo tu rostro, máscara de lo que eres, de lo que has sido. Miro tu cara perfecta, sin arrugas, sin manchas, sin un bello de más ni de menos, con tu sonrisa blanca, los dientes puros, la piel lisa y suave. Miro tu cara perfecta y me pregunto, porque te escondes tras ella?

Porque te escondes tras la sombra de la vanidad? Porque pasas tanto tiempo en el espejo, creando la màscara que llevas cada día? Porque te empeñas en parecer fuerte, cuando sabes que por dentro tu mundo se derrumba?

Quizás creas que esa cara es la que te define, la que todo el mundo puede ver y juzgar, la que todos pueden comprender, incluso tú. Cómo podrían reflejar tus gestos tu gracia, tu elegancia natural? Cómo podrían desvelar tus ojos la luz que ocultan dentro, toda la pena que escondes? Cómo podrían decir tus labios todas las historias que guardas, el mundo prohibido que llevas encima?

Tambien podías creer que esa cara és la mejor que tienes, que tiene que ser perfecta para que todos la puedan admirar, para poder ser tu misma, para poder danzar en los carnavales de máscaras y bailes de pasarela. Que ciega estas. No hay verdades en esos carnavales, en esos trajes imposibles, en esa fachada triste, en esos cuerpos fragiles. Ahí solo se esconde el hambre, la dieta, el control, el tener que ser perfecto día sí y día tambien, la banalidad.

Pero sobretodo, no te pongas la máscara para engañarte, para ocultar tu verdadera cara. Porque sé que detrás de esa máscara que es tu rostro, se esconde algo mucho más profundo e intangible, algo que te atemoriza descubrir y mostrar. No creas que estas sola. Todos llevamos esa máscara, todos ocultamos algo aunque lo admitamos o no. Pero por favor, no dejes que te confunda, no permitas que sea tu refugio y tu jaula, no esperes que se convierta en tu verdadera cara. Porque en fondo, todos podemos ver a través de ella.

Así que quítate la máscara, esa careta que afea tu semblante, y sé libre por un día. Deja que el mundo piense lo que quiera, que mientras nosotros inauguramos nuestro carnaval con un baile. Olvida tus dudas y preocupaciones mientras bailamos, mientras cae confeti del cielo, mientras todo el mundo sigue llevando máscara y nosotros sólo nuestros rostros desnudos.

FI

PD/ Feliz Carnaval!!! 😀 De que os disfrazareis? Yo aún no lo se, se aceptan sugerencias.

PPD/ Próximo Capítulo: 3 de marzo

Capítol 20: Retalls de somni (II)

Estem a 23-F, un dia que casi va passar a la historia. I ara aquí estem, 30 anys després, recordant el que va significar aquell petit moment. I escribint-ne de nous.

Continuem amb la història que vam deixar fa dos dies. Disfruteu-la i ens veiem a les post-dates i als comentaris!

Retalls de somni Cap 2.

Un dia, mentres estava col·locant paquets de cereals en un prestatge, vaig relliscar i vaig caure a sobre d’un client. Mentre li demanava disculpes i li preguntava si es trobava bé, les nostres mirades es van creuar -un moment, dos segons potser, però eterns-. Ell va dir que es trobava bé, però que si em podia apartar de sobre seu. I entre disculpes i perdons, em va voler ajudar a recollir l’escampall, però jo li vaig dir que no, que ja ho feia jo.

Quan se’n va anar, seguint la seva compra, vaig voler cridar-li alguna cosa, però la veu de la meva mare va resonar al meu cap. I em vaig convèncer que no, que era una estupidesa.
Però aquell client va tornar l’endemà i el dia següent fins que es va convertir en un client habitual i un dia, quan em tocava a la caixa registradora, me’l vaig tornar a trobar. Aquell dia em vaig atrevir a preguntar-li com es deia: em va contestar que Hugo.
A partir d’aquell moment, ens vam anar coneixent. Em va dir que era de Barcelona i que havia vingut a la ciutat per quedar-se una temporada. Ens vam anar explicant coses l’un de l’altre, i cada cosa que m’explicava, feia que recordés aquella il·lusió que creia perduda.
Un dia, quan feia una setmana que ja no venia, vaig pensar que potser se n’havia anat o que potser havia canviat de súper, que no l’importava. però aquell mateix dia va venir ell cap a mi amb un ram de flors a la mà. Tot va ser molt confús a partir d’aquell moment, gairebé de somni: un crit, una abraçada, un paseig amb carro de supermercat, una escapada, un sopar, un petó; no recordo què va ser real i que no, aquell dia. El que si sé, és que va ser el millor dia que vaig tenir.
Hugo em va deixar viure amb ell al seu apartament llogat i, durant un breu temps, vam ser feliços. Però la meva mare tenia raó: la vida t’acaba donant decepcions, sobretot de les persones que menys t’esperes.

TO BE CONCLUDED (a veure si en anglès queda millor xD)

PD/ He vist que hi ha hagut un descens en l’activitat del blog. Teniu massa feina? Publico massa ràpid? M’estic menjant massa el cap? Hauria de fer un marqueting menys directe? Les respostes als comentaris d’abaix, siusplau.

PPD/ No us podia deixar en aquest dia sense aquesta mítica cançó de la Trinca.

PPPD/ Pròxim capítol: 26 de Febrer

Capítol 13: L’habitació nº13

Segurament haureu sentit algun cop una història d’aquesta mena a les noticies. Gent que un bon dia, sense saber com ni perqué desapareixen i no se’n torna a saber d’elles. Són casos tràgics que fan retronar el món durant un instant, i al seguent tot queda igual. Si hi ha sort, apareixen al cap de poc, commocionades, violades o mortes. O totes tres a l’hora. Si no, la espera es pot arribar a fer eterna, com si aquelles persones haguesin estat engolides per un forat negre.

Y en l’habitació nº13 d’un edifici qualsevol en un lloc qualsevol, un d’aquests casos, anomenat Ellie, comença a despertar. Ho fa lentament, amb una serie de llums i colors ballant per la seva visió que poc a poc van disminuint, fins a enfocar-ho tot.

Al intentar incorporar-se, nota que no pot, que té els braços lligats a la taula on es troba estessa i la boca amordaçada. També nota que la seva única peça de vestir que duu és un camisó blanc que li tapa tot el cos. Abans de poder començar a pensar o tenir por, la porta de l’habitació s’obre i un home entra per ella. No diu res, talment com si no s’hagues adonat que hi ha una noia lligada a la taula, es dirigeix al centre de l’habitació, on podem trobar un artefacte força curiós.

A primera vista sembla ser una cadira normal, amb una lampara afegida que surgeix del raspatller. Pero si es té un ull prou observador, es pot apreciar que tant als braços com a les potes delanteres de la cadira hi han unes cites que podrien subjectar les extremitats i que a la part superior del respatller, a l’altura del coll, hi ha una altra cinta que podria mantenir-lo recte. Totes elles, amb un candau que impedeix deslligarles sense permís. L’home s’acosta i comença a fer comprovacions a l’artefacte.

L’Ellie es fixa amb aquest home. Alt i prim, tot i així, musculat i fort. Porta un jersei i pantalons negres, donant-li certa indefinició a la seva figura, com si fos eterea. La seva cara sembla una careta de fira, amb la pallidesa d’algú a qui no toca mai el sol enmarcada per dues bandes de cabell negre, llarg fins a les espatlles. Els seus ulls son d’un blau tan fosc que semblava negre, com els ulls d’una calavera.

De cop, deixa de prestar atenció a l’objecte i s’acosta a ella, amb la mirada lasciva. No diu res amb la boca, pero els seus ulls seminegres ho diuen tot: «Patiràs i jo ho disfrutaré».  L’Ellie es remou violentament, intentant alliberar-se, pero l’home l’atura i l’agafa pel coll. Altre cop els seus ulls tornen a parlar: «Si intentes aturar-ho et mataré». Llavors l’Ellie es calma, o vol donar la impresio de calmada, i l’home li treu les cintes que la subjecten a la taula. Ella s’incorpora, pero no intenta fugir per la porta, no espera ser més ràpida ni més forta que ell. Sap que la única manera que té de sobreviure per ara és posar-se a les seves ordres.

Ell l’agafa pel braç i la seu a l’artefacte i la lliga. L’Ellie es deixa fer, dòcil mentres li passa la cinta pel col. Llavors l’home coloca la làmpara davant la seva cara i l’encen, cegantla. Ella tanca els ulls, pero ràpidament l’home li aixeca una parpella i amb cinta adhesiva l’enganxa de manera que quedi oberta, entrant-hi tota la llum. El mateix fa amb l’altre ull. L’Ellie no pot mirar cap a un altre cató que no sigui la llum, que li crema la retina i li fa plorar els ulls. Llavors l’home somriu per primer cop i se’n va.

L’Ellie crida i crida, pero no serveix de res ni res del que faci serveix. Es quedarà cega tan si vol com si no, i després… No sap que farà aquell home després, pero no creu que sigui res bo.

Quan ja ha perdut l’esperança, una ombra apareix fora de la llum. No pot distingirla bé, pero pot apreciar que es va acostant, es posa nerviosa, crida incoherencies, pero l’ombra no s’atura, fins arribar al seu cantó. Llavors apaga el llum, li treu la cinta que li subjectava les parpelles i amb una clau, comença a obrir els candaus de les extremitats. Ho fa lentament, com si no fos res de l’altre món.

L’Ellie es deslliga i mira a la seva salvadora. Una noia que va vestida amb el mateix camisó que duu ella posada. No diu res i quan l’Ellie intenta dona-li les gracies, ella li tapa la boca amb un dit i nega amb el cap. I assenyala la porta per on a sortit l’home i se’n va cap a una altre, situada a l’altre extrem de l’habitació. L’Ellie es queda aturada un moment i després surt cap a la porta corrents. Acaba en un passadís llarg i ple de portes. Tretze en total.

Es dirigeix a la del seu costat, si hi hagués més gent potser podria salvarla, com havien fet amb ella. Es troba una noia subjectada a una taula i a la qual li havien clavat un munt d’agulles, tantes com per emplenar tota la superfície del seu cos. Intenta deslligarli les cintes, pero també porten candau i ella no poseix la clau, com l’altre noia. Tampoc no pot trureli les agulles, n’hi ha masses i no sap quan aquell home pot tornar. A mala gana, la deixa allà abandonada.

El mateix fa amb la segona i tercera porta que visita. A la segona troba una altra noia, ficada de cap per avall sobre un tancant d’aigua i subjectada pels peus amb una corda. La corda estava sotmesa a un mecanisme que pujava i baixava i que pertant, feia que el cap de la noia entrés i sortís de l’aigua. A la tercera, veu un tanc ple de formigues vermelles, les quals la seva picadura provoca un dolor extrem. I dins aquest tanc, una altra noia que no parava de moure’s, atacada pels milers de picadures. Intenta fer alguna cosa per ajudarles, pero altre cop els candaus li impedeixen fer res.

I de sobte, se li cau el món al damunt: hi ha càmeres gravant en totes les habitacions. Fins quant fa que l’està observant? Estarà jugant amb ella? No s’ho pensa dos cops i surt corrents cap al passadís. Creua les tretze portes d’una correguda i arriba al final del passadis, que gira cap a l’esquerra. Allà davant es troba un gran contenidor. Nota que fa pudor i no vol imaginar-se el perqué. Al costat troba una porta i l’obre.

L’aire pur i la naturalesa se li mostren davant d’ella com una ilusió irreal. Es troba enmig d’una selva de no sap on, envoltada d’arbres i vida. L’únic edifici que veu és el magatzem abandonat on es troba. Més enllà veu el mar, potser estan en una illa, molt diferent de la ciutat on va desapareixer. Ella es queda allà aturada al llindar de la porta, contemplant aquell paisatge íncreiblement millor que el que havia vist fins ara.

Si això fos una película i s’estigués projectant en un cinema silenciós, segurament sentirieu algú que li xiuxiueja a l’Ellie que s’allunyi de la porta, que comenci a correr, que fugi, que l’home calavera sortirà d’aquí poc i l’atraparà si no ho fa. Però com a les pel·lícules, ella no els sent. Unes mans fortes l’agafen i se l’emporten altre cop cap a dins. Ella intenta resistir-s’hi, pero al final acaba sent empassada cap a la foscor. Foscor d’ull de calavera.

Mentres es atrastada per tot el passadís, Ellie pataleja inutilment, desesperada. Es gira i es troba davant d’una porta a la seva salvadora, ara ja no va vestida amb el camisó, sino amb un jersei i uns pantalons negres com l’home, i somrient. L’home la mira amb desaprovació i els seus ulls diuen: «no ho tornis a fer altre cop això». Ellie s’enfonsa, tot ha estat un joc de gat i ratolí, tot ha estat inútil des d’un principi. La noia la mira i riu, com si li fes gracia la cara que posa Ellie.

Arriben al final del passadís, on hi ha una habitació amb un altre contenidor. Pero aquest fa més pudor que l’altre. Podriem dir que la pudor està més viva i ens acostariem a l’humor negre. Era el destí final, al cap i a la fi. L’home tanca l’habitació i l’Ellie no torna a sortir sencera. Ni viva.

Capítulo 12,5: Especial Entre-Exámenes (Fragmentos de Soledad)

Hola lectores (y lectoras). Vuelvo a estar con vosotros de nuevo (y antes de lo previsto) con este capítulo Especial Entre-Exámenes. Que porqué es especial? Principalmente, porque lo digo yo. Segundo, porque el capítulo 13 lo queria reservar para otro relato. Y tercero, porque una buena amiga me pidió que se lo dedicara. Aquí lo tienes Angie, como siempre, conmigo consigues casi todo lo que te propones.

Hoy tenemos un escrito que escribí hace tiempo, «Fragmentos de Soledad» con el que gané el 1r premio literario de mi instituto (ver la pestaña Yo). De hecho es la cuarta razón por la que este capítulo es especial, la obra se lo merece.

Fragmentos de Soledad

Llueve,

Los cristales de la ciudad son golpeados por un millar de gotas y las trotinadas gentes huyen de las calles hacia sus refugios. El aire se vuelve frío y una suave neblina envuelve cada barrio, limpiando la ciudad y los pulmones de la gente. Mientras, una mujer mira el cielo gris a través de su ventana; joven y bella, de cabello rubio y vestido color de luto, dos ríos de lágrimas fluyen por su rostro. Su corazón es golpeado por la culpa igual que el cristal por la lluvia y se repite a sí misma sus pecados, sus desvaríos, su estupidez.
Ella dejó escapar su corazón por él: otro joven, moreno, alegre, listo. Sus ojos eran la ventana abierta a un mundo nuevo y sus labios el ancla que la volvía a tierra, al paraíso. Él reía a su lado, mientras ella lloraba en su hombro; él le daba la paz, mientras ella le entregaba su mundo.
Pero esa historia murió tras una tarde azul, cuando llovieron las verdades sin contar, que destrozaron el tapiz de sus sueños. Ahora ella llora en un rincón de su alma, por su estupidez, por creer que podía volar, por equivocarse; mientras, él se marcha para no volver, coje un tren y se sienta, mientras abraza su nuevo amor, al que enseña a volar y a soñar de nuevo.


En la misma calle que la chica, un hombre fuma bajo un paraguas rojo; mayor, desaliñado, con el cabello oscuro y sucio, observa a cada persona, buscando una estrella, una quimera, un sueño.
Pero en lugar de eso se encuentra con la cruda realidad y entonces la ira lo enciende, se cierra en su celda, que él mismo construyó, y olvida el mundo, atrapado.
Y allí, en su oscuro agujero, se clava la aguja de la desesperación y ríe, mientras los demonios de su soledad bailan en su cabeza, cantando una canción infantil. Bufones y duendes lo acompañan mientras sueña, huyendo de la realidad que lo atormenta. Y allí se quedará, en su agujero, riendo, arrastrado por las mareas de la soledad, esperando que algún día llegue el barco que lo lleve a la isla de sus sueños y lo salve del naufragio perpetuo.


Tres pisos más arriba, otro hombre; rubio, delgado, con gafas, traza con sus manos la alegre melodía que nace en su cabeza. Y en sus pinturas, desborda el mundo prohibido: su refugio, su jaula.
Él nunca fue feliz en su realidad, siempre apartado, siempre discreto, siempre solo, acompañado únicamente por sus dibujos.
¿Un genio o un loco? Nadie sabría decir dónde empieza su arte y acaba su cordura. Sigue pintando, día y noche, las maravillas de su mundo, intentando captar los finos trazos de la perfección; y suspira, al ver la mediocridad en la que vive, a la que se ha habituado. Pero sigue pintando, como si aún tuviera doce años, con la misma sonrisa vacía, apartada.


Sigue lloviendo, y en una puerta contigua, una mujer entra chorreando en su casa. Con el cabello castaño, los ojos cansados y la espalda dolorida, lleva a cuestas la rutina del trabajo y el dolor de su alma. Y mientras, él, calla y se sienta, abre su botella, y empieza a olvidarla; a ella, a sus gritos, a su dolor cansado.
Ella se encierra en el baño y llora, mientras toda su alma cae en los oscuros abismos de la soledad. No hay peor dolor que aquél que se sufre por resignación. Ella se siente atrapada, vacía entre tanto grito y llora, mientras confiesa sus miedos al espejo.
Pasarán los días, envueltos en el dulce manto de la rutina, sin más compañía que el espejo y su soledad. Pero de entre las sombras ocurrirá un milagro: milagro de vida. Una vida pura y frágil, algo por lo que merece la pena luchar cada día.
Y entonces escapará, hacia una vida nueva, incierta, pero decidida. Huirá de él, de su soledad, de los gritos, y en brazos llevará el milagro, su luz que lo guia, en los caminos de oscuridad.
Pero ahora llora en el baño, mientras él duerme en el sillón, sin pena ni culpa, y la lluvia golpea los cristales a ritmo de corazón dolido.


La lluvia amaina, las solitarias gentes sacan tímidamente la cabeza por la ventana, felices a la luz del sol, y los rayos de luz iluminan las calles, llenando la ciudad de vida y ocultando los fantasmas que moran en cada esquina. La vida continúa, ajena al dolor de tantos otros, a los que la lluvia no llega, ajena a la suerte de aún estar con vida, y ajena a la luz, que ilumina día a día.

FIN

PD/ Id haciendo las Encuentas en la pestaña de arriba, que .

PPD/ Hay una persona que está entrando a menudo por mi fotolog cerrado. Me pregunto quien será.

PPPD/ Proximo capítulo: 4 de Febrero