Capítulo 59: Juliette in Madnessland (Caída)

Os aviso. Este es un relato mucho más macabro que cualquiera que haya escrito antes. Mucho. No es un cuento de hadas ni nada parecido. Hay sangre, vísceras, engendros deformados y mucho, mucho gore. Dicho esto, os dejo con una cita del joker y el trailer del relato (que me ha costado tanto o más que el cuento en si). Y como siempre, espero que lo disfruteis. 😀

La locura es como la gravedad, solo hace falta un pequeño empujoncito.

El Jocker

Juliette in Madnessland (Julia en el País de la Locura)

Parte 1 – Caída

Hacía un día precioso. El cielo azul sin nubes llenaba el horizonte de una punta a otra, el viento primaveral hacía mover los tallos de hierba como si fueran las olas de un mar verde y el sol de media tarde se filtraba entre las copas de los árboles, bajo los que Julia paseaba.

Su larga cabellera oscura ondeaba tras de ella como una capa, mientras sus ojos azules vagaban distraídos entre raíces y hojas. A sus 15 años, no podía llegar a ser más bella ni pura, sin una preocupación en la cabeza, sin una duda en su corazón. Caminaba distraídamente, con la mente en las nubes, cuando un conejo se cruzó en su camino.

Era un ejemplar enorme, al menos el doble de grande que la mayoria de conejos que había visto en su vida, y tenía el pelaje tan blanco como la nieve. Julia detuvo su camino un momento, observando aquel animal, preguntándose si podría acercarse lo suficiente para tocarlo, cuando el conejo notó su presencia y se volvió hacia ella.

Pero no se giró y huyó como la mayoría de conejos, sino que se quedó parado, observándola fijamente. Julia notó algo extraño en ese conejo. Aquella no era la mirada de un animal huidizo y asustado. Aquella era la mirada de un observador paciente y tenaz. Aquellos ojos negros la contemplaron sin pasión ni miedo, a la vez que con curiosidad y frialdad. No sabía decir porqué, pero eso la inquietaba.

Estuvieron así parados casi un minuto, hasta que de pronto, el conejo salió corriendo entre los árboles. Ella se quedó dudando un momento y se puso a perseguir al animal.

No sabía muy bien lo que estaba pasando, pero la curiosidad de comprender aquel extraño ser la empujaba más y más en lo profundo del bosque. Seguía su silueta blanca, que iba apareciendo y desapareciendo entre los árboles como si fuera un fantasma. A Julia no le importaba el camino que dejaba atrás, pues confiaba en su ingenio y memoria para orientarse en el camino de vuelta, y siguió adentrándose en el corazón del bosque.

Poco a poco, los árboles fueron volviéndose cada vez más retorcidos, dibujando grotescas formas con sus ramas y creando un ambiente tétrico y misterioso. El conejo seguía apareciendo y desapareciendo de su visión, casi como si la estuviera guiando a su destino. Cada vez estaba más cerca. Ya casi lo podía tocar. Solo faltaba girar aquella esquina y…

De pronto el conejo dejo de aparecer y Julia vio que se encontraba en un callejón sin salida. Los árboles de aquella zona crecían muy juntos los unos de los otros, formando un muro de raíces y ramas que impedían el paso a cualquier persona o animal. Y no había ni rastro del misterioso conejo.

Estaba a punto de recorrer el bochornoso y decepcionante camino de vuelta, cuando de pronto oyó un susurro tras de si. Se giró. No había nadie, solo el bosque y nada más. “Habrá sido el murmullo del viento” se dijo, cuando se fijó en un árbol que había cerca. Era muy grande y sólido, bastante más de lo habitual. Tenía la corteza de color gris, como a ceniza, y en el centro del tronco había una grieta muy ancha y profunda: un gran agujero tan amplio como una persona que se extendía por todo el árbol formando el dibujo de una telaraña.

Julia se acercó al tronco y se asomó por la grieta. No vio más que sombras y oscuridad, el hueco del árbol parecía no tener fondo. El negro infinito lo cubría todo, tapando cualquier tipo de luz. Parecía extraño pensar que unos segundos antes su cabeza estuviera en un bosque lleno de sol.

Volvió a oír un murmullo, otra vez detrás suyo. No le dio tiempo a girarse que notó como unas manos a su espalda la empujaban.

Julia perdió el equilibrio y resbaló hacia adelante. Agarró a una rama del árbol para evitar precipitarse, pero ésta era demasiado delgada y se partió bajo su peso, dejándola caer por la grieta. Con un grito mudo en su garganta, descendió por el abismo, mientras en la superficie oía una risa infantil, cruel y malvada al mismo tiempo. Y entonces la oscuridad la engulló por completo.

Cuando volvió a estar consciente, Julia se halló tendida sobre el suelo. No recordaba como había llegado allí, pero tenía todo el cuerpo dolorido y su cerebro parecía dar vueltas en su cráneo. Se levantó con lentitud, tratando de hacerse el menor daño posible. Miro alrededor para situarse y notó que algo extraño estaba pasando…

El bosque donde se encontraba hacía solo un momento había desaparecido por completo, dejando en su lugar un páramo estéril y sin vida. La tierra era áspera y arenosa, sin un hierbajo, matojo o vegetal en ella, solo rocas, piedra y arena. A lo lejos parecía distinguirse la negra silueta de unas montañas y nada más.

Pero había algo que la inquietaba enormemente: si bien la tierra y la arena tenían el color habitual, Julia notó que parecían teñidas de rojo, como por la luz de un foco. Se frotó los ojos, incrédula, pero nada cambió: todo a su vista era de un tono bermellón, incluso la oscura sombra de las montañas.

Entonces se fijó en el cielo y vio con horror que también era de color rojo. Pero no era el típico rojo del atardecer, que tanto inspira a poetas y amantes y que tan romántico parece. No, aquel cielo era del color de la sangre, de las vísceras, del fuego intenso. Y en ese techo de muerte, brillaba un sol púrpura y oscuro.

“Donde estoy?” se preguntó Julia. “Como he llegado hasta aquí?”. No había ni rastro del árbol color ceniza por los alrededores. Ni tampoco del conejo que la había traído hasta aquí. Y ya puestos, no había ningún rastro de vida en aquel lugar. Estaba en mitad de ninguna parte, completamente confusa y perdida. Miro en todas direcciones, buscando alguna manera de orientarse, pero el paisaje se repetía una y otra vez en círculos: tierra, rocas, montañas. Tierra, rocas, montañas. Tierra, rocas, montañas. Tierra, rocas, montañas.

De pronto se fijó bien y vio que, lo que había tomado por una franja de montañas era en realidad un grupo de casas de piedra, cuyos tejados parecían tomar la forma de las montañas del fondo. Y estaba a no más de cien metros.

Julia se quedó un rato pensando. Civilización. En aquel peculiar sitio había gente. Quizás alguien que pudiera ayudarla. Y aunque a Julia no le gustaba tratar con extraños, siempre era mejor eso que quedarse quieta y no hacer nada, así que se fue hacia allí.

Llego al pueblo y se encaminó por una de las calles, observando los edificios. Eran sencillos, hechos enteramente de piedra, pero si bien estaban bien construidos y parecían estar bien conservados, las proporciones eran algo asimétricas. No había dos casas iguales: una tenía el tejado torcido, otra solo la puerta, otra la casa entera, una tenía la puerta de entrada tan grande que llegaba hasta el techo, en otra ésta era tan minúscula que apenas habría entrado un perro, a una le faltaba una pared, a otra parecía que le sobraban…

Y todas ellas estaban distribuidas sin un orden aparente, como alguien hubiera diseñado los planos de la ciudad a partir de una torre de naipes derruida. Las calles hacían recorridos extraños, zigzagueaban, daban círculos, se cortaban de repente…

Pero lo que más preocupaba a Julia era la gente: desde que había entrado, no había visto a nadie en todo el pueblo. En las ventanas no había tartas calentándose al sol, en las chimeneas no había humo esparciéndose, en las calles no había niños jugando. Todo estaba desierto. Y a pesar de todo, ella sentía que la vigilaban. Eso la inquietó aún más.

Fue andando por las calles sin rumbo fijo, esperando poder encontrar algún punto donde situarse, hasta que oyó un ruido. Era el sonido del metal repicando contra la piedra y provenía de un callejón cercano. Julia se acercó para comprobar y se encontró la figura de una persona, de espaldas a ella y mirando la pared de un muro. Parecía un hombre bastante corpulento, vestido con ropa sencilla y vieja. Blandía un pequeño pico con el que iba desmenuzando el muro.

Julia trató de saludarlo y pedirle ayuda, pero el hombre seguía absorto mirando la pared, como si no la hubiera oído, así que decidió acercarse más.

Cuando se puso a su lado junto al muro, comprobó que el hombre era más corpulento de lo que pensaba. Mucho más. Casi parecía un saco de grasa andante. Aunque solo podía verle la mitad de la cara, su expresión era vacía y ausente, sin pizca de alegría o pasión por algo. Y aún así, el hombre seguía dando golpes con el pico.

“Porqué hace eso?” le preguntó Julia con curiosidad. Pero el hombre no respondió. “Me puede ayudar a encontrar el camino? Creo que me he perdido” le suplicó. Pero el hombre ni se giró. “Porqué no quiere hablarme? Porqué ni siquiera se digna a mirarme?” le preguntó enojada. Pero el hombre siguió picando. Ella molesta, lo cogió de los hombros y lo giró para que le mirara a la cara. Y cuando éste lo hizo, Julia soltó un grito.

Si bien la mitad perfil que había visto del hombre era normal, la otra mitad no lo era. Parecía como si alguien le hubiera arrancado la piel de la cara, dejando los músculos y la carne al descubierto. Era una simetría perfecta y aterradora. Su ojo, de un lado, caído y sin vida, del otro, al no tener párpados ni cejas, parecía bien abierto y sin sueño, como si lo observara todo. Y su boca, por un lado, sin expresión y recta, por el otro, llena de dientes sin sonrisa, profería un aire de miedo y amenaza.

Julia se volvió corriendo, huyendo del callejón, cuando tropezó con una mujer en mitad de la calle. Era alta y esbelta, con el cabello castaño largo que le llegaba hasta los hombros. Tenía un cuerpo precioso, digno de una revista o desfile de modelos, el cuerpo que todo hombre lascivo y borracho sueña. Pero si bien su figura era irreprochable, no se podía considerar que fuera especialmente guapa, pues no tenía ojos, ni cejas, ni pestañas, ni nariz, ni labios, ni dientes. En su cara solo había un agujero redondo y negro, que se abría y cerraba como la boca de un pez.

La mujer trató de agarrar a Julia, pero ésta se escabullo a manotazos y huyó. Corría por las aceras, casi al borde la histeria, cuando se encontró a otro habitante del pueblo que cruzaba la calle. Julia lo contempló con horror. No tenía nada de piel y llevaba todos los órganos y vísceras a la vista. Era la versión maquiavélica de un muñeco de trapo puesto del revés. Los intestinos le llegaban hasta el suelo e iban dejando un rastro de sangre tras de si.

Aquel engendro se fijo en ella y empezó a perseguirla a pasos descompasados. Julia quiso retroceder, pero caminando por el otro extremo de la calle, llegaban el hombre y la mujer de antes, que también la seguían fijamente.

Salió corriendo por un callejón mientras oía los pasos de sus perseguidores a su espalda. Pese a lo lentos que iban y lo rápido que corría ella, cada vez parecían estar más cerca. Mientras, la calle se iba haciendo cada vez más estrecha, hasta que llegó a un punto en el que apenas quedaba espacio entre los edificios.

Se encontraba atrapada y en mitad de la desesperación, cuando una puerta cercana, que hasta el momento no había visto, se abrió. De ella salió una mano huesuda y vieja que le hacía señas para que se acercara. No sabía si era lo más sensato, pero prefería probar suerte con una mano amistosa a tener que enfrentarse a los otros, así que hizo caso y cruzó la puerta.

Nada más llegar al umbral, notó unos brazos que se aferraban sobre ella. Cerró los ojos, esperando dolor o el crujir de huesos, pero solo sintió el tacto de la tela tocando su nariz y unos brazos que la abrazaban cariñosamente. Mientras, oía como una voz anciana susurraba: “Tranquila, estás a salvo… Tranquila, estás a salvo…” una y otra vez. Intento hablar un par de veces, pero al hacerlo, la señora la abrazaba más fuerte y seguía recitando su salmo. Estuvieron así un par de minutos, hasta que el corazón de Julia se tranquilizó por todas las emociones que había sufrido entre las calles.

Entonces, aquella anciana dejó de abrazarla y Julia pudo contemplarla bien. Era una mujer menuda, encorvada a causa de la edad. Llevaba un vestido negro con volantes, complementado con un sombrero de pluma. No podía distinguirle bien la cara, pues un velo negro de luto la cubría, pero pudo ver a través de él la sonrisa más amable que había visto desde que había llegado a la ciudad.

Julia le dio las gracias y quiso decir algo, pero la mujer la interrumpió con un ademán cariñoso. “Sé que tienes muchas preguntas, pero ahora no es el momento” dijo. “Acompáñame, ya casi está lista la comida” añadió, guiándola a través de la casa. Ella la siguió con ganas, pues a pesar de todo, tenía más hambre que curiosidad.

Apenas había muebles en la casa, salvo una serie de fotos colgada en las paredes de una mujer y un niño que Julia no pudo distinguir, pues la anciana la apremiaba para que siguiera andando. Llegaron a la cocina, igual de austera que el resto de la casa, donde una olla bien grande hervía sobre unos fogones. En medio de la sala, una gran mesa de madera ocupaba casi toda la estancia, y en ella, un niño, de no más de diez años, se inclinaba sobre su asiento. Tenía la cabeza tan cerca que parecía que se hubiera quedado dormido sobre la madera, pero se fijó en que en su mano tenía un lápiz de color, por lo que dedujo que estaba pintando un dibujo.

“Este es mi hijo, Anthony” dijo la anciana, acariciándole la cabeza. “A veces puede ser muy travieso, pero en el fondo es un chico muy tímido”, dijo mientras removía el cazo. Como si quisiera darle la razón, el niño se hundió más en si mismo, tapando lo que fuera q estuviera coloreando. “Siéntate, querida, estás en tu casa”, añadió la mujer con un gesto amable.

Julia se sentó y le resultó un poco raro sentirse tan cómoda en aquel ambiente tan estraño. Entonces, adivinó porqué: aquella escena le recordaba cuando iba a casa de su abuela. Ella preparaba un estofado delicioso, en una olla igual de grande que aquella. Sonrió un poco.

Por la ventana abierta, entró un pajarillo azul, que describió un gran círculo por la sala y sé poso en el hombro de Julia. Aquella escena no podía ser más idílica, notó que el nudo en su estómago que había notado desde que llegó a la ciudad se iba desatando, dejándola más y más relajada…

Huye.

Al oír aquella voz, la tensión volvió de repente. No supo identificar de dónde venía, ni quien había hablado. Miro al niño, pero este se revolvió, agachó la cabeza aún más hacia su dibujo y no dijo nada. Miro a la anciana, pero esta removía la cazuela con el cucharón mientras tarareaba. Miro al pájaro…

No te quedes mirándome y huye! Huye! le dijo el pájaro, mientras la observaba fijamente con sus ojos oscuros.

Ella apartó rápidamente la cabeza. Aquel pájaro le había hablado. Pero el sonido no entró por sus orejas, sino que directamente llegó a su cabeza, como un pensamiento. Se giró y quiso decir algo, pero el pájaro le dijo:

Shhhh. Si me hablas te descubrirán. Si tienes que decir algo, sólo piénsalo. Y deja de mirarme o llamarás su atención!

Julia lo hizo y pensó: “Porqué tengo que fiarme de ti? Esta persona ha sido buena conmigo. Porque iba a hacerme daño?”.

Aquí todo el mundo quiere hacerte daño, pequeña. No te fies de ellos. Si no me crees, mira el dibujo que está haciendo el niño.

Giró la cabeza y comprobó que el niño se había incorporado en la silla, dejando al descubierto su dibujo. Era de trazos sencillos y llenos de colores, como los de un crío. En él se veía una gran olla, igual que la estaba usando su madre. Y dentro de la olla, diversas partes del cuerpo de una persona: una cabeza, una oreja, un brazo, una mano, un ojo… Aunque alguna de ellas no coincidía en el color de piel o en proporción con las otras, por lo que debían ser de varias personas. Un estofado de cadáveres.

Julia se horrorizó al verlo y miró al niño. Este exhibía una sonrisa de oreja a oreja, llena de crudeza y maldad y se veía acentuada por su dentadura, hecha toda ella de astillas, en lugar de dientes. Y cuando la miró, el niño rió. Era una risa infantil, pero a la vez cruel y malvada como su sonrisa.

Ya había oído esa risa antes. La recordaba bien, pues la había oído hace poco, mientras caía por el hueco de aquel árbol.

CONTINUARÁ…

PD/ No olvidéis comentar vuestras opiniones y críticas! Hasta pronto!

Anuncios

Capítulo 58: Mi gran amigo Gor (III)

Aquí tenéis, como os prometí. No os entretendré mucho por ahora. Ya os lo contaré todo más abajo. Ahora, solo disfrutadlo!

Por si acaso, capítulos anteriores:

Primero: Mi gran amigo Gor (I)

Segundo: Mi gran amigo Gor (II)

Domingo 14 de Abril

Diario, como puede un día empezar tan bien y acabar de forma tan desastrosa? Esta mañana, todos en la casa nos levantamos muy muy temprano para poder ir de excursión al campo. Yo estaba teniendo un sueño muy bonito en el que toda la clase le tiraba huevos a Wendy, cuando mi madre me zarandeó. Me dijo que fuera a desayunar, que pronto nos iríamos al campo. Comimos rápido entre bostezos, cogimos nuestras mochilas y salimos todos juntos hacia la aventura.

Todo fue tan deprisa que no tuve tiempo a despedirme de Gor ni a decirle adonde iba, como tenía planeado ayer. En ese momento no me preocupaba, pues no le daba mucha importancia a lo que ese cura nos había contado. Quizás debería haberlo hecho.

El caso es que el paseo por el campo fue muy bien: hacía un sol radiante sin apenas una nube y a pesar de que la noche anterior había llovido un montón, por lo que la hierba estaba aún muy fresca. Nos encontramos unos cuantos caracoles rezagados con los que me puse a charlar un rato, hasta que me llamaron mis padres. Después estuvimos jugando con la pelota, saltando de un lado para el otro, corriendo… En cuestión de minutos mis padres quedaron agotados, así que hicimos una pausa y nos comimos nuestros bocadillos. Mientras ellos hacían la siesta bajo un árbol, yo me fui a perseguir las mariposas que había revoloteando entre las flores. Casi pillo a una que estaba desprevenida, pero se me escapó de entre la manos por muy poco…

En fin, al cabo de nada mis padres se desperezaron y dijeron que ya era hora de volver. Yo estaba de acuerdo: tenía los pies muy cansados, la gorra sudada y esa tarde hacían un especial de dibujos en la tele que no me quería perder, así que regresamos por el mismo camino hacia casa. Pero no podíamos intuir lo que nos esperaría allí.

Nada más entrar, nos quedamos paralizados. Toda la casa estaba patas arriba: platos, jarrones, fotografías, cuadros, muebles, cazuelas, todo tirado por el suelo. Parecía como si hubiera habido una tormenta por toda la casa, apenas quedaba nada que no estuviera tumbado o roto. Fuimos rápidamente a preguntar a la señora Flitwick, por si sabía lo que había pasado. Nerviosa, nos contó que había notado un temblor muy fuerte, como si hubiera habido un terremoto. Además le pareció escuchar algo parecido a un grito proveniente de nuestra casa, aunque dijo: “No me hagan mucho caso, mis oídos ya no son lo que eran…”, tratando de aparentar tranquilidad.

Al volver a casa, aprovechando que mis padres estaban ocupados recogiéndolo todo, me escabullí hacia el sótano, preocupada por si le había pasado algo a Gor. Cuando llegué allí, no me costó nada encontrarlo, pues habían desaparecido prácticamente todas y las estanterías y objetos. Lo poco que quedaba, estaba esparcido por el suelo y casi roto. Gor se hallaba en una esquina, de cara a la pared, medio encogido a causa de su tamaño. Y fue cuando me acerqué preguntándole si estaba bien, cuando me fijé en las paredes. Había unas grietas y marcas en ellas, parecidas a las que alguien dejaría si las hubiera estado golpeando. Alguien con una gran fuerza y unas manos grandes como una rueda de camión.

“Gor, qué ha pasado aquí? Has sido tu quien ha causado todo esto?” le pregunté, con voz temblorosa. Pero el seguía sin responderme, mirando fijamente en la pared, como si no me hubiera oído. Me fui acercando lentamente y empece a oir un ruido familiar. Crec. Un chasquido parecido al que había escuchado la primera vez que fui al sótano. Crec. Aunque a la vez totalmente diferente. Crec. Pero a pesar de ello yo ya sabía qué lo provocaba. Crec. Gor estaba royendo algo.

Cuando fui a preguntarle qué era, me fijé en un objeto que había en el suelo, justo al lado de mis pies. Parecía una moneda dorada, enterrada bajo un trozo de estantería podrida, pero cuando me agaché para cogerla, vi que había algo más bajo la madera, así que tiré de ella. Al sacarla, comprobé moneda se encontraba atada a una cinta azul medio rota. Entonces comprendí que la moneda era en realidad un insignia, aquello era un collar como el que llevan los perros.

“Como ha llegado hasta aquí?” pensé “los antiguos dueños tenían un perro?”. Pero apenas tenía polvo y parecía más nueva que todos los otros trastos del sótano. Extrañada, la examiné más de cerca y entonces me fijé que en el reverso de la insignia había apuntada una dirección, por si se perdía el perro. Al leerla, se me cayó el alma a los pies: era la casa de al lado, la de la señorita Flitwick. Aquel era el collar de su perro perdido.

Me giré lentamente hacia Gor y, al mismo tiempo, Gor giró su cabeza hacia mi. Y puede comprobar lo que estaba royendo.  Grité, dejé caer el collar y salí corriendo del sótano sin vacilar. Mis padres vinieron preocupados y preguntando qué pasaba, pero yo les dije que había tropezado en la oscuridad y me había asustado. Eso les tranquilizó, pero no les convenció para no echarme la bronca por escaquearme de ordenar la casa.

Para cenar, había muslitos de pollo, aunque yo apenas pude probar tres bocados antes de salir corriendo al lavabo a vomitar. Mi madre, preocupada, dijo que posiblemente fuera algún tipo de gripe y lo mejor era llevarme a la cama. Yo ya sabía que no era nada de eso, pero accedí de todos modos para poder escribir tranquilamente en ti y no tener que cenar. Al rememorarlo ahora, casi vuelvo a vomitar… Aquellos huesos de pollo me recordaban demasiado lo que había visto aquella tarde: la mandíbula de Gor royendo un hueso casi tan grande como mi brazo. Un hueso de perro.

Lunes 15 de Abril

Diario, no se si podrás comprobarlo, porque no tienes ojos ni nada parecido, pero ahora mismo estás en mi colegio.

Esta mañana, por alguna extraña razón, te he sacado de tu escondite debajo del colchón y te he puesto en la mochila, junto a los deberes. No se a que ha venido este impulso, pero me alegra tener alguien que me haga compañía, porque ahora mismo me siento muy sola.

La noche anterior apenas pude dormir, preocupada como estaba por Gor. Y si el Padre Meadow decía la verdad? Y si pudiera resultar peligroso? Ya se había tragado a un perro, cuanto tardaría en empezar a comer personas? Todas esas preguntas danzaban en mi cabeza una y otra vez sin encontrar respuesta y apenas pude conciliar el sueño un par de horas. Por eso me quede dormida en clase varias veces y los profesores, normalmente amables y sonrientes, hoy me han regañado y fruncido el ceño en señal de desaprobación.

Rossy enseguida ha notado que me pasaba algo, y me ha preguntado qué es lo que era. Yo le dije que se lo contaría en el recreo, pues aún no le había contado nada sobre Gor y tampoco quería que se enterara toda la clase de mi problema. Allison estaba sentada a mi lado y ella tiene unos oídos muy sensibles cuando se trata de chismorreos…

Nada más sonar el timbre del recreo, lleve a Rossy a un rincón apartado y empecé a contarle todo sobre Gor. Como lo había conocido, lo que me contó el Padre Meadow, el incidente de ayer, todo. Al principio parecía muy animada por el secreto, pero a medida que iba avanzando la historia, su sonrisa se fue marchitando poco a poco, hasta que no quedó rastro de ella. Cuando acabé le dije que estaba muy confusa, que no sabía que hacer y que si podría ayudarme. Ella se rió y me dijo: “Es una broma, verdad? No esperaras que me crea todo eso?”. “No es una broma! Es de verdad, te lo juro! Tienes que ayudarme!”, le contesté en tono suplicante. “Qué te has creído, que soy un bebé!? No intentes tomarme el pelo!” me chilló. Y se fue corriendo. Y yo me quede sola.

Y aquí estoy, en mitad del recreo, escribiendo sola en un rincón. Como ha podido ocurrir todo esto, diario? La semana pasada tenía a Gor y a Rossy para apoyarme, pero ahora solo me quedas tú. No entiendo como ha pasado… El sábado Gor estaba perfectamente y ayer de repente se puso de ese modo… Como si fuera el Gorshlack del que hablaba el cura… Qué fue lo que cambió en él ese día? Quizás fue la excursión al campo… A Gor quizás le hubiera gustado venir con nosotros (aunque obviamente no puede, porque le da miedo la luz) y no quedarse en casa solo…

Eso es! El Padre Meadow dijo que Gorshlack era un demonio de soledad! Aquella mañana no pude ir a saludarlo como de costumbre y por eso estaba de tan mal humor! Gor se transformó en Gorshlack e hizo todas esas cosas malas sin querer, como los hombres lobo de las pelis. Solo necesita no estar solo y volverá a ser el Gor de siempre!

Aunque eso significa… Que ahora debe estar muy enfadado, porque esta mañana tampoco fui a hablar con él, ya que me daba demasiado miedo. Oh no! Tengo que llegar a casa temprano, antes de que ocurra algo malo… Deséame suerte, diario!

Martes 16 de Abril

Querido diario, todo ha acabado. Ayer, cuando volvía corriendo hacia casa y apenas quedaba cruzar una esquina, noté que algo malo estaba pasando: sentí un súbito temblor bajo mis pies. Aceleré el paso hasta llegar a mi calle, temiendo lo peor. Pero lo peor ya estaba pasando: Gor se encontraba en mitad de la calle, desierta y silenciosa. Permanecía de pie y era enorme, medía casi tanto como las casas del vecindario. Alzó sus brazos y lanzó un grito tan fuerte y grave que retumbó en mi pecho un buen rato.

Entonces oí una voz detrás mío que decía: “Apártate demonio impío! Regresa a la oscuridad de la que provienes!”. Me giré al reconocer esa voz: era la del Padre Meadow, que empuñaba una de esas cruces religiosas como arma. En respuesta, Gor volvió a rugir y se dirigió hacia él, mientras el cura iba recitando con los ojos cerrados cosas que no llegaba a comprender de tan rápido que iba. Yo estaba paralizada por el miedo, no sabía que hacer. Entonces Gor alargó la mano para cogerlo, pero cuando estuvo lo suficientemente cerca, el padre abrió los ojos y todo él despidió un aura de luz tan intensa que tuve que cerrar los ojos  para no dañármelos .

Lo siguiente que oí fue el grito de Meadow y cuando volví a abrir los ojos, éste estaba volando por los aires. Por suerte, aterrizó sobre unas bolsas de basura, que amortiguaron su caída. Pero a pesar de ello, le sangraba la cabeza y resoplaba con fuerza. Yo estaba en estado de shock, no podía creer lo que estaba pasando, todo lo que pasaba delante de mi era como si perteneciera a otro mundo. Mientras, Gor se acercó a él con paso lento, pasando a mi lado sin mirarme, y estaba a punto de agarrar al padre cuando algo se encendió dentro de mi. Una llama de valor, furia y justicia al mismo tiempo.

Fui corriendo hacía él, mis pies apenas tocando el suelo, y me abrace a su pierna. El extraño tacto seguía siendo el mismo de siempre, aunque sin la sensación reconfortante que recordaba. Y entonces le dije a Gor: “Por favor, no lo hagas… Tu no eres malo, Gor… No tienes porqué hacer estas cosas… Por favor, Gor…” le supliqué sollozando, “No lo hagas, así solo empeoraras las cosas… Se que es horrible estar solo, pero no le hagas daño a la gente por eso, Gor… Así solo conseguirás que huyan de ti… No seas malo, Gor…”.

Entonces me di cuenta de que Gor estaba quieto, muy muy quieto. Se había quedado parado, como si fuera una estatua. Lentamente, giró su cabeza hacia mi y me miró con sus ojos blancos y sin pupila. Me pareció a notar un poco de culpa en ellos. Mientras, el Padre Meadow, que seguía malherido, se levantó y acabó de recitar un canto. Entonces la luz volvió a llenarlo todo y yo me sumergí en ella y sentí una cálida placidez. Cerré los ojos, dejándome llevar por esa sensación y perdí el conocimiento.

Cuando me desperté, ya era de día, estaba en la cama de un hospital y tenía a mi madre y a mi padre a mi lado, aliviados de que me despertara. Y me contaron lo que les había dicho el Padre Meadow: que hubo una explosión de gas en el sótano, que yo me caí a causa de los temblores y que él, pasando de casualidad por el barrio, me encontró en el suelo y me llevó al hospital. Por suerte yo estaba bien, solo tenia una ligera contusión en la cabeza y nada más.

Como mis padres estaban trabajando esa tarde y no vieron nada de lo ocurrido, se creyeron de pies juntillas las mentiras del sacerdote. No dejaban de alabarlo e incluso mi padre, que odia a los curas, aseguró que estaría eternamente en deuda con él.

También me comentaron que fuera a verlo lo antes posible a su parroquia, pues tenía algo importante que decirme. Yo ya sospechaba que sobre qué seria. Así que esta misma tarde ya salí del hospital y fui directamente a verle.

Mis padres se quedaron en el coche, esperando, mientras yo entraba en aquel edificio tan grande y cavernoso. Adentro cada pequeño sonido rebotaba por las paredes, amplificándose y dándole un aire místico. El Padre Meadow me estaba esperando en uno de esos bancos tan largos.

Como siempre, se mostró muy amable y sonriente, preguntándome si me encontraba mejor, si mis padres estaban tranquilos… Yo intenté compensarle con la misma amabilidad, aunque había un asunto del que quería hablar urgentemente. Así que después charlar un rato de cosas sin importancia mientras recorríamos la iglesia, le pregunté: “Y donde está Gor?”.

El padre detuvo sus pasos y me miró durante un buen rato, muy callado, hasta que me dijo: “Ha regresado a su mundo”.   “Qué mundo?” le pregunté. “El reino de los demonios. Cuando un demonio es exorcizado, éste desaparece de nuestro mundo y regresa a su lugar de origen.” me contestó. “Es un lugar cruel y oscuro, nada agradable de visitar” dijo con la mirada perdida, “Aunque de todos modos, nadie sabe cómo llegar hasta allí” concluyó.

Entonces fui yo la que me quedé parada. El padre se dio cuenta y me miró preocupado. Con un hilo de voz le pregunté: “No va a voler, verdad?”. Casi estuve a punto de llorar cuando vi que negaba con la cabeza. Me dijo: “No lo se, pequeña. Los demonios aparecen allá donde la oscuridad los lleva. Nadie puede saber cómo o cuándo ocurre”. Me puse a llorar sin remedio, mientras Meadow me sentaba en un banco. Gor se había ido. Se había ido y no iba a volver. Había perdido al único amigo que tenía, el único que me cuidaba y comprendía. Estaba sola de nuevo.

El cura volvió con un vaso de agua y me hizo beber un buen trago. Cuando estuve un poco más calmada, me dijo: “Aunque quizás este caso sea distinto”. Yo le miré sin comprender y continuó: “La verdad, en todos mis años nunca había oído nada parecido. Cuando os vi juntos, enseguida lo noté: ese monstruo y tu tenéis una conexión muy fuerte. Jamás había pasado algo así. Los demonios están hechos para odiar a los humanos, no para amarlos”. “Entonces…” empecé a decir yo, el padre me miró y dijo con una sonrisa: “Algo ha cambiado en ese ser y ha sido gracias a ti. Estoy seguro de que lo recordará siempre, esté donde esté”.

Al cabo de nada, salí de la iglesia y volvimos todos juntos a casa. En el contestador teníamos varias llamadas, todas de gente preocupada por mi: una de la señora Flitwick, otra de la directora del colegio y otra de la madre de Rossy. Al parecer, Rossy se había puesto muy triste desde que se enteró de mi accidente y quería decirme algo por teléfono. La llamamos a su casa y cuando ella se puso, me contó llorosa que lo sentía mucho y quería volver a hacer las paces conmigo. No pude hacer más que sonreírle y decirle que sí y que nos veríamos mañana.

Al final he perdido un amigo, pero he podido recuperar otro. Creo que con eso tengo suficiente por hoy, diario.

FIN

Y así concluye Mi gran amigo Gor! Ha sido un duro camino, pero ha merecido la pena. Me ha encantado trabajar en esta obra y poder desarrollar de la nada unos personajes tan característicos. He puesto mucho esfuerzo en cada palabra para que este sea uno de los mejores relatos de este blog, y espero haberlo conseguido. Estoy muy orgulloso de mi trabajo y espero que os haya gustado tanto como a mi vivir las aventuras de Vecky y Gor.

Pero no os penseis que la historia de Gor ha acabado. Le he cogido demasiado cariño a estos personajes como para dejarlo solo en esto. Aunque por ahora me gustaría dedicar mi tiempo en otras cosas, quizás algún día Gor vuelva a visitaros de nuevo. 😉

No olvideis comentar vuestras opiniones, reflexiones y sentimientos aquí debajo! Y como diría un gran amigo mío: Gooooooooooooooooooor!

Capítulo 23: Jaula

Despierto, después de un largo sueño. Estoy tumbado en el suelo. No recuerdo cuanto he estado durmiendo, pero se que ha sido mucho tiempo, años quizá. Me encuentro en una habitación pequeña, sin muebles, sólo una puerta de madera, una ventana que da al vacío, una cama y un espejo. Las paredes son blancas, al igual que el suelo y la ropa que llevo puesta.

Recuerdo quien soy y por qué me encuentro aquí, aunque no quiera pensar mucho en ello. Recuerdo que éste es mi sitio, aunque lo noto diferente, no sabría decir porqué. Me miro en el espejo y me veo diferente: más mayor, más real, más triste… Y tengo una cicatriz que no recuerdo. Está en el pecho, cerca del corazón.

Un ruido detrás de mi me asusta. Al girarme, sólo veo la cama. Miro debajo de ella y encuentro una pequeña caja metálica. Se muy bien lo que hay en esa caja. Por eso evito abrirla, por eso evito siquiera tocarla. Pero la caja sigue ahí. Da igual las veces que la tiré por la ventana, siempre vuelve. Da igual que evite mirarla, aunque sea de reojo, siempre me atrapa. La caja siempre está ahí y estará ahí hasta el fin de mis días, incluso más.

Por eso no puedo evitar la tentación de abrirla. De dentro salen miles de fotos, miles de cartas, miles de recuerdos. Ahora veo lo que ha pasado. Dios, qué he hecho? Qué hice? Ese era yo? Sí lo era. siempre ha sido así. Yo lo hice y no puedo cambiarlo.

De pronto, la herida del pecho se abre y empieza a salir sangre a chorros. Intento taparla con las manos, que se me tiñen de rojo. Un gran dolor invade mi cuerpo, pesado como una roca, negro como el ocaso. Grito desesperado, mientras aporreo la puerta. No se abre. Las paredes empiezan a mancharse de rojo. La habitación se tiñe de rojo. Todo se convierte en un torbellino rojo, en una tormenta carmesí, un tornado de rabia. Y de pronto se apaga.

Vuelvo a despertar. La habitación sigue igual de blanca que antes, la herida limpia, como si no hubiera pasado nada. Como si no quisiera recordar qué ha pasado algo. Intento salir, pero la puerta sigue cerrada. Más allá de la ventana solo hay la oscuridad, un pozo infinito sin luz. Me siento atrapado, como un gorrión en una jaula. Habrá alguien observando, riéndose de mi ahí fuera?

Tras un largo tiempo, ya veo que es diferente en la habitación. No es lo que tiene. Es lo que le falta. Está tan vacía. Solo hay el espejo, que desprecio, la cama, que me atonta, la ventana, que no da a ninguna parte, y la puerta, que no se abre. Y la caja, que siempre está y estará ahí. Ningún vínculo, ninguna conexión con el exterior. Esto es todo lo que tengo?

La frustración me enciende, empiezo a destrozarlo todo. Vuelco la cama, destrozo las sabanas, despedazo los cojines, esparzo la caja por el suelo, la piso, la quemo, la muerdo, rompo el espejo con la mano, otra vez vuelve a abrirse la herida, otra vez vuelve a teñirse de rojo, otra vez se apaga.

Despierto y el desencanto me aturde. La desesperanza se convierte en realidad, el mal trago, en la verdad infinita. Los días pasan en la jaula sin salida, cada uno más gris que el anterior.

De pronto, un rayo de luz atraviesa la ventana, hacia la puerta. Cansado y aturdido me arrastro hasta él. Con gran esfuerzo me levanto y cojo el pomo de la puerta. Y la abro. Así de sencillo. Así de difícil.

FIN

PD/ Ismael Serrano – La Locura

PPD/ Próximo capítulo: 6 de marzo

Capítol 13: L’habitació nº13

Segurament haureu sentit algun cop una història d’aquesta mena a les noticies. Gent que un bon dia, sense saber com ni perqué desapareixen i no se’n torna a saber d’elles. Són casos tràgics que fan retronar el món durant un instant, i al seguent tot queda igual. Si hi ha sort, apareixen al cap de poc, commocionades, violades o mortes. O totes tres a l’hora. Si no, la espera es pot arribar a fer eterna, com si aquelles persones haguesin estat engolides per un forat negre.

Y en l’habitació nº13 d’un edifici qualsevol en un lloc qualsevol, un d’aquests casos, anomenat Ellie, comença a despertar. Ho fa lentament, amb una serie de llums i colors ballant per la seva visió que poc a poc van disminuint, fins a enfocar-ho tot.

Al intentar incorporar-se, nota que no pot, que té els braços lligats a la taula on es troba estessa i la boca amordaçada. També nota que la seva única peça de vestir que duu és un camisó blanc que li tapa tot el cos. Abans de poder començar a pensar o tenir por, la porta de l’habitació s’obre i un home entra per ella. No diu res, talment com si no s’hagues adonat que hi ha una noia lligada a la taula, es dirigeix al centre de l’habitació, on podem trobar un artefacte força curiós.

A primera vista sembla ser una cadira normal, amb una lampara afegida que surgeix del raspatller. Pero si es té un ull prou observador, es pot apreciar que tant als braços com a les potes delanteres de la cadira hi han unes cites que podrien subjectar les extremitats i que a la part superior del respatller, a l’altura del coll, hi ha una altra cinta que podria mantenir-lo recte. Totes elles, amb un candau que impedeix deslligarles sense permís. L’home s’acosta i comença a fer comprovacions a l’artefacte.

L’Ellie es fixa amb aquest home. Alt i prim, tot i així, musculat i fort. Porta un jersei i pantalons negres, donant-li certa indefinició a la seva figura, com si fos eterea. La seva cara sembla una careta de fira, amb la pallidesa d’algú a qui no toca mai el sol enmarcada per dues bandes de cabell negre, llarg fins a les espatlles. Els seus ulls son d’un blau tan fosc que semblava negre, com els ulls d’una calavera.

De cop, deixa de prestar atenció a l’objecte i s’acosta a ella, amb la mirada lasciva. No diu res amb la boca, pero els seus ulls seminegres ho diuen tot: “Patiràs i jo ho disfrutaré”.  L’Ellie es remou violentament, intentant alliberar-se, pero l’home l’atura i l’agafa pel coll. Altre cop els seus ulls tornen a parlar: “Si intentes aturar-ho et mataré”. Llavors l’Ellie es calma, o vol donar la impresio de calmada, i l’home li treu les cintes que la subjecten a la taula. Ella s’incorpora, pero no intenta fugir per la porta, no espera ser més ràpida ni més forta que ell. Sap que la única manera que té de sobreviure per ara és posar-se a les seves ordres.

Ell l’agafa pel braç i la seu a l’artefacte i la lliga. L’Ellie es deixa fer, dòcil mentres li passa la cinta pel col. Llavors l’home coloca la làmpara davant la seva cara i l’encen, cegantla. Ella tanca els ulls, pero ràpidament l’home li aixeca una parpella i amb cinta adhesiva l’enganxa de manera que quedi oberta, entrant-hi tota la llum. El mateix fa amb l’altre ull. L’Ellie no pot mirar cap a un altre cató que no sigui la llum, que li crema la retina i li fa plorar els ulls. Llavors l’home somriu per primer cop i se’n va.

L’Ellie crida i crida, pero no serveix de res ni res del que faci serveix. Es quedarà cega tan si vol com si no, i després… No sap que farà aquell home després, pero no creu que sigui res bo.

Quan ja ha perdut l’esperança, una ombra apareix fora de la llum. No pot distingirla bé, pero pot apreciar que es va acostant, es posa nerviosa, crida incoherencies, pero l’ombra no s’atura, fins arribar al seu cantó. Llavors apaga el llum, li treu la cinta que li subjectava les parpelles i amb una clau, comença a obrir els candaus de les extremitats. Ho fa lentament, com si no fos res de l’altre món.

L’Ellie es deslliga i mira a la seva salvadora. Una noia que va vestida amb el mateix camisó que duu ella posada. No diu res i quan l’Ellie intenta dona-li les gracies, ella li tapa la boca amb un dit i nega amb el cap. I assenyala la porta per on a sortit l’home i se’n va cap a una altre, situada a l’altre extrem de l’habitació. L’Ellie es queda aturada un moment i després surt cap a la porta corrents. Acaba en un passadís llarg i ple de portes. Tretze en total.

Es dirigeix a la del seu costat, si hi hagués més gent potser podria salvarla, com havien fet amb ella. Es troba una noia subjectada a una taula i a la qual li havien clavat un munt d’agulles, tantes com per emplenar tota la superfície del seu cos. Intenta deslligarli les cintes, pero també porten candau i ella no poseix la clau, com l’altre noia. Tampoc no pot trureli les agulles, n’hi ha masses i no sap quan aquell home pot tornar. A mala gana, la deixa allà abandonada.

El mateix fa amb la segona i tercera porta que visita. A la segona troba una altra noia, ficada de cap per avall sobre un tancant d’aigua i subjectada pels peus amb una corda. La corda estava sotmesa a un mecanisme que pujava i baixava i que pertant, feia que el cap de la noia entrés i sortís de l’aigua. A la tercera, veu un tanc ple de formigues vermelles, les quals la seva picadura provoca un dolor extrem. I dins aquest tanc, una altra noia que no parava de moure’s, atacada pels milers de picadures. Intenta fer alguna cosa per ajudarles, pero altre cop els candaus li impedeixen fer res.

I de sobte, se li cau el món al damunt: hi ha càmeres gravant en totes les habitacions. Fins quant fa que l’està observant? Estarà jugant amb ella? No s’ho pensa dos cops i surt corrents cap al passadís. Creua les tretze portes d’una correguda i arriba al final del passadis, que gira cap a l’esquerra. Allà davant es troba un gran contenidor. Nota que fa pudor i no vol imaginar-se el perqué. Al costat troba una porta i l’obre.

L’aire pur i la naturalesa se li mostren davant d’ella com una ilusió irreal. Es troba enmig d’una selva de no sap on, envoltada d’arbres i vida. L’únic edifici que veu és el magatzem abandonat on es troba. Més enllà veu el mar, potser estan en una illa, molt diferent de la ciutat on va desapareixer. Ella es queda allà aturada al llindar de la porta, contemplant aquell paisatge íncreiblement millor que el que havia vist fins ara.

Si això fos una película i s’estigués projectant en un cinema silenciós, segurament sentirieu algú que li xiuxiueja a l’Ellie que s’allunyi de la porta, que comenci a correr, que fugi, que l’home calavera sortirà d’aquí poc i l’atraparà si no ho fa. Però com a les pel·lícules, ella no els sent. Unes mans fortes l’agafen i se l’emporten altre cop cap a dins. Ella intenta resistir-s’hi, pero al final acaba sent empassada cap a la foscor. Foscor d’ull de calavera.

Mentres es atrastada per tot el passadís, Ellie pataleja inutilment, desesperada. Es gira i es troba davant d’una porta a la seva salvadora, ara ja no va vestida amb el camisó, sino amb un jersei i uns pantalons negres com l’home, i somrient. L’home la mira amb desaprovació i els seus ulls diuen: “no ho tornis a fer altre cop això”. Ellie s’enfonsa, tot ha estat un joc de gat i ratolí, tot ha estat inútil des d’un principi. La noia la mira i riu, com si li fes gracia la cara que posa Ellie.

Arriben al final del passadís, on hi ha una habitació amb un altre contenidor. Pero aquest fa més pudor que l’altre. Podriem dir que la pudor està més viva i ens acostariem a l’humor negre. Era el destí final, al cap i a la fi. L’home tanca l’habitació i l’Ellie no torna a sortir sencera. Ni viva.