Capítulo 59: Juliette in Madnessland (Caída)

Os aviso. Este es un relato mucho más macabro que cualquiera que haya escrito antes. Mucho. No es un cuento de hadas ni nada parecido. Hay sangre, vísceras, engendros deformados y mucho, mucho gore. Dicho esto, os dejo con una cita del joker y el trailer del relato (que me ha costado tanto o más que el cuento en si). Y como siempre, espero que lo disfruteis. 😀

La locura es como la gravedad, solo hace falta un pequeño empujoncito.

El Jocker

Juliette in Madnessland (Julia en el País de la Locura)

Parte 1 – Caída

Hacía un día precioso. El cielo azul sin nubes llenaba el horizonte de una punta a otra, el viento primaveral hacía mover los tallos de hierba como si fueran las olas de un mar verde y el sol de media tarde se filtraba entre las copas de los árboles, bajo los que Julia paseaba.

Su larga cabellera oscura ondeaba tras de ella como una capa, mientras sus ojos azules vagaban distraídos entre raíces y hojas. A sus 15 años, no podía llegar a ser más bella ni pura, sin una preocupación en la cabeza, sin una duda en su corazón. Caminaba distraídamente, con la mente en las nubes, cuando un conejo se cruzó en su camino.

Era un ejemplar enorme, al menos el doble de grande que la mayoria de conejos que había visto en su vida, y tenía el pelaje tan blanco como la nieve. Julia detuvo su camino un momento, observando aquel animal, preguntándose si podría acercarse lo suficiente para tocarlo, cuando el conejo notó su presencia y se volvió hacia ella.

Pero no se giró y huyó como la mayoría de conejos, sino que se quedó parado, observándola fijamente. Julia notó algo extraño en ese conejo. Aquella no era la mirada de un animal huidizo y asustado. Aquella era la mirada de un observador paciente y tenaz. Aquellos ojos negros la contemplaron sin pasión ni miedo, a la vez que con curiosidad y frialdad. No sabía decir porqué, pero eso la inquietaba.

Estuvieron así parados casi un minuto, hasta que de pronto, el conejo salió corriendo entre los árboles. Ella se quedó dudando un momento y se puso a perseguir al animal.

No sabía muy bien lo que estaba pasando, pero la curiosidad de comprender aquel extraño ser la empujaba más y más en lo profundo del bosque. Seguía su silueta blanca, que iba apareciendo y desapareciendo entre los árboles como si fuera un fantasma. A Julia no le importaba el camino que dejaba atrás, pues confiaba en su ingenio y memoria para orientarse en el camino de vuelta, y siguió adentrándose en el corazón del bosque.

Poco a poco, los árboles fueron volviéndose cada vez más retorcidos, dibujando grotescas formas con sus ramas y creando un ambiente tétrico y misterioso. El conejo seguía apareciendo y desapareciendo de su visión, casi como si la estuviera guiando a su destino. Cada vez estaba más cerca. Ya casi lo podía tocar. Solo faltaba girar aquella esquina y…

De pronto el conejo dejo de aparecer y Julia vio que se encontraba en un callejón sin salida. Los árboles de aquella zona crecían muy juntos los unos de los otros, formando un muro de raíces y ramas que impedían el paso a cualquier persona o animal. Y no había ni rastro del misterioso conejo.

Estaba a punto de recorrer el bochornoso y decepcionante camino de vuelta, cuando de pronto oyó un susurro tras de si. Se giró. No había nadie, solo el bosque y nada más. «Habrá sido el murmullo del viento» se dijo, cuando se fijó en un árbol que había cerca. Era muy grande y sólido, bastante más de lo habitual. Tenía la corteza de color gris, como a ceniza, y en el centro del tronco había una grieta muy ancha y profunda: un gran agujero tan amplio como una persona que se extendía por todo el árbol formando el dibujo de una telaraña.

Julia se acercó al tronco y se asomó por la grieta. No vio más que sombras y oscuridad, el hueco del árbol parecía no tener fondo. El negro infinito lo cubría todo, tapando cualquier tipo de luz. Parecía extraño pensar que unos segundos antes su cabeza estuviera en un bosque lleno de sol.

Volvió a oír un murmullo, otra vez detrás suyo. No le dio tiempo a girarse que notó como unas manos a su espalda la empujaban.

Julia perdió el equilibrio y resbaló hacia adelante. Agarró a una rama del árbol para evitar precipitarse, pero ésta era demasiado delgada y se partió bajo su peso, dejándola caer por la grieta. Con un grito mudo en su garganta, descendió por el abismo, mientras en la superficie oía una risa infantil, cruel y malvada al mismo tiempo. Y entonces la oscuridad la engulló por completo.

Cuando volvió a estar consciente, Julia se halló tendida sobre el suelo. No recordaba como había llegado allí, pero tenía todo el cuerpo dolorido y su cerebro parecía dar vueltas en su cráneo. Se levantó con lentitud, tratando de hacerse el menor daño posible. Miro alrededor para situarse y notó que algo extraño estaba pasando…

El bosque donde se encontraba hacía solo un momento había desaparecido por completo, dejando en su lugar un páramo estéril y sin vida. La tierra era áspera y arenosa, sin un hierbajo, matojo o vegetal en ella, solo rocas, piedra y arena. A lo lejos parecía distinguirse la negra silueta de unas montañas y nada más.

Pero había algo que la inquietaba enormemente: si bien la tierra y la arena tenían el color habitual, Julia notó que parecían teñidas de rojo, como por la luz de un foco. Se frotó los ojos, incrédula, pero nada cambió: todo a su vista era de un tono bermellón, incluso la oscura sombra de las montañas.

Entonces se fijó en el cielo y vio con horror que también era de color rojo. Pero no era el típico rojo del atardecer, que tanto inspira a poetas y amantes y que tan romántico parece. No, aquel cielo era del color de la sangre, de las vísceras, del fuego intenso. Y en ese techo de muerte, brillaba un sol púrpura y oscuro.

«Donde estoy?» se preguntó Julia. «Como he llegado hasta aquí?». No había ni rastro del árbol color ceniza por los alrededores. Ni tampoco del conejo que la había traído hasta aquí. Y ya puestos, no había ningún rastro de vida en aquel lugar. Estaba en mitad de ninguna parte, completamente confusa y perdida. Miro en todas direcciones, buscando alguna manera de orientarse, pero el paisaje se repetía una y otra vez en círculos: tierra, rocas, montañas. Tierra, rocas, montañas. Tierra, rocas, montañas. Tierra, rocas, montañas.

De pronto se fijó bien y vio que, lo que había tomado por una franja de montañas era en realidad un grupo de casas de piedra, cuyos tejados parecían tomar la forma de las montañas del fondo. Y estaba a no más de cien metros.

Julia se quedó un rato pensando. Civilización. En aquel peculiar sitio había gente. Quizás alguien que pudiera ayudarla. Y aunque a Julia no le gustaba tratar con extraños, siempre era mejor eso que quedarse quieta y no hacer nada, así que se fue hacia allí.

Llego al pueblo y se encaminó por una de las calles, observando los edificios. Eran sencillos, hechos enteramente de piedra, pero si bien estaban bien construidos y parecían estar bien conservados, las proporciones eran algo asimétricas. No había dos casas iguales: una tenía el tejado torcido, otra solo la puerta, otra la casa entera, una tenía la puerta de entrada tan grande que llegaba hasta el techo, en otra ésta era tan minúscula que apenas habría entrado un perro, a una le faltaba una pared, a otra parecía que le sobraban…

Y todas ellas estaban distribuidas sin un orden aparente, como alguien hubiera diseñado los planos de la ciudad a partir de una torre de naipes derruida. Las calles hacían recorridos extraños, zigzagueaban, daban círculos, se cortaban de repente…

Pero lo que más preocupaba a Julia era la gente: desde que había entrado, no había visto a nadie en todo el pueblo. En las ventanas no había tartas calentándose al sol, en las chimeneas no había humo esparciéndose, en las calles no había niños jugando. Todo estaba desierto. Y a pesar de todo, ella sentía que la vigilaban. Eso la inquietó aún más.

Fue andando por las calles sin rumbo fijo, esperando poder encontrar algún punto donde situarse, hasta que oyó un ruido. Era el sonido del metal repicando contra la piedra y provenía de un callejón cercano. Julia se acercó para comprobar y se encontró la figura de una persona, de espaldas a ella y mirando la pared de un muro. Parecía un hombre bastante corpulento, vestido con ropa sencilla y vieja. Blandía un pequeño pico con el que iba desmenuzando el muro.

Julia trató de saludarlo y pedirle ayuda, pero el hombre seguía absorto mirando la pared, como si no la hubiera oído, así que decidió acercarse más.

Cuando se puso a su lado junto al muro, comprobó que el hombre era más corpulento de lo que pensaba. Mucho más. Casi parecía un saco de grasa andante. Aunque solo podía verle la mitad de la cara, su expresión era vacía y ausente, sin pizca de alegría o pasión por algo. Y aún así, el hombre seguía dando golpes con el pico.

«Porqué hace eso?» le preguntó Julia con curiosidad. Pero el hombre no respondió. «Me puede ayudar a encontrar el camino? Creo que me he perdido» le suplicó. Pero el hombre ni se giró. «Porqué no quiere hablarme? Porqué ni siquiera se digna a mirarme?» le preguntó enojada. Pero el hombre siguió picando. Ella molesta, lo cogió de los hombros y lo giró para que le mirara a la cara. Y cuando éste lo hizo, Julia soltó un grito.

Si bien la mitad perfil que había visto del hombre era normal, la otra mitad no lo era. Parecía como si alguien le hubiera arrancado la piel de la cara, dejando los músculos y la carne al descubierto. Era una simetría perfecta y aterradora. Su ojo, de un lado, caído y sin vida, del otro, al no tener párpados ni cejas, parecía bien abierto y sin sueño, como si lo observara todo. Y su boca, por un lado, sin expresión y recta, por el otro, llena de dientes sin sonrisa, profería un aire de miedo y amenaza.

Julia se volvió corriendo, huyendo del callejón, cuando tropezó con una mujer en mitad de la calle. Era alta y esbelta, con el cabello castaño largo que le llegaba hasta los hombros. Tenía un cuerpo precioso, digno de una revista o desfile de modelos, el cuerpo que todo hombre lascivo y borracho sueña. Pero si bien su figura era irreprochable, no se podía considerar que fuera especialmente guapa, pues no tenía ojos, ni cejas, ni pestañas, ni nariz, ni labios, ni dientes. En su cara solo había un agujero redondo y negro, que se abría y cerraba como la boca de un pez.

La mujer trató de agarrar a Julia, pero ésta se escabullo a manotazos y huyó. Corría por las aceras, casi al borde la histeria, cuando se encontró a otro habitante del pueblo que cruzaba la calle. Julia lo contempló con horror. No tenía nada de piel y llevaba todos los órganos y vísceras a la vista. Era la versión maquiavélica de un muñeco de trapo puesto del revés. Los intestinos le llegaban hasta el suelo e iban dejando un rastro de sangre tras de si.

Aquel engendro se fijo en ella y empezó a perseguirla a pasos descompasados. Julia quiso retroceder, pero caminando por el otro extremo de la calle, llegaban el hombre y la mujer de antes, que también la seguían fijamente.

Salió corriendo por un callejón mientras oía los pasos de sus perseguidores a su espalda. Pese a lo lentos que iban y lo rápido que corría ella, cada vez parecían estar más cerca. Mientras, la calle se iba haciendo cada vez más estrecha, hasta que llegó a un punto en el que apenas quedaba espacio entre los edificios.

Se encontraba atrapada y en mitad de la desesperación, cuando una puerta cercana, que hasta el momento no había visto, se abrió. De ella salió una mano huesuda y vieja que le hacía señas para que se acercara. No sabía si era lo más sensato, pero prefería probar suerte con una mano amistosa a tener que enfrentarse a los otros, así que hizo caso y cruzó la puerta.

Nada más llegar al umbral, notó unos brazos que se aferraban sobre ella. Cerró los ojos, esperando dolor o el crujir de huesos, pero solo sintió el tacto de la tela tocando su nariz y unos brazos que la abrazaban cariñosamente. Mientras, oía como una voz anciana susurraba: «Tranquila, estás a salvo… Tranquila, estás a salvo…» una y otra vez. Intento hablar un par de veces, pero al hacerlo, la señora la abrazaba más fuerte y seguía recitando su salmo. Estuvieron así un par de minutos, hasta que el corazón de Julia se tranquilizó por todas las emociones que había sufrido entre las calles.

Entonces, aquella anciana dejó de abrazarla y Julia pudo contemplarla bien. Era una mujer menuda, encorvada a causa de la edad. Llevaba un vestido negro con volantes, complementado con un sombrero de pluma. No podía distinguirle bien la cara, pues un velo negro de luto la cubría, pero pudo ver a través de él la sonrisa más amable que había visto desde que había llegado a la ciudad.

Julia le dio las gracias y quiso decir algo, pero la mujer la interrumpió con un ademán cariñoso. «Sé que tienes muchas preguntas, pero ahora no es el momento» dijo. «Acompáñame, ya casi está lista la comida» añadió, guiándola a través de la casa. Ella la siguió con ganas, pues a pesar de todo, tenía más hambre que curiosidad.

Apenas había muebles en la casa, salvo una serie de fotos colgada en las paredes de una mujer y un niño que Julia no pudo distinguir, pues la anciana la apremiaba para que siguiera andando. Llegaron a la cocina, igual de austera que el resto de la casa, donde una olla bien grande hervía sobre unos fogones. En medio de la sala, una gran mesa de madera ocupaba casi toda la estancia, y en ella, un niño, de no más de diez años, se inclinaba sobre su asiento. Tenía la cabeza tan cerca que parecía que se hubiera quedado dormido sobre la madera, pero se fijó en que en su mano tenía un lápiz de color, por lo que dedujo que estaba pintando un dibujo.

«Este es mi hijo, Anthony» dijo la anciana, acariciándole la cabeza. «A veces puede ser muy travieso, pero en el fondo es un chico muy tímido», dijo mientras removía el cazo. Como si quisiera darle la razón, el niño se hundió más en si mismo, tapando lo que fuera q estuviera coloreando. «Siéntate, querida, estás en tu casa», añadió la mujer con un gesto amable.

Julia se sentó y le resultó un poco raro sentirse tan cómoda en aquel ambiente tan estraño. Entonces, adivinó porqué: aquella escena le recordaba cuando iba a casa de su abuela. Ella preparaba un estofado delicioso, en una olla igual de grande que aquella. Sonrió un poco.

Por la ventana abierta, entró un pajarillo azul, que describió un gran círculo por la sala y sé poso en el hombro de Julia. Aquella escena no podía ser más idílica, notó que el nudo en su estómago que había notado desde que llegó a la ciudad se iba desatando, dejándola más y más relajada…

Huye.

Al oír aquella voz, la tensión volvió de repente. No supo identificar de dónde venía, ni quien había hablado. Miro al niño, pero este se revolvió, agachó la cabeza aún más hacia su dibujo y no dijo nada. Miro a la anciana, pero esta removía la cazuela con el cucharón mientras tarareaba. Miro al pájaro…

No te quedes mirándome y huye! Huye! le dijo el pájaro, mientras la observaba fijamente con sus ojos oscuros.

Ella apartó rápidamente la cabeza. Aquel pájaro le había hablado. Pero el sonido no entró por sus orejas, sino que directamente llegó a su cabeza, como un pensamiento. Se giró y quiso decir algo, pero el pájaro le dijo:

Shhhh. Si me hablas te descubrirán. Si tienes que decir algo, sólo piénsalo. Y deja de mirarme o llamarás su atención!

Julia lo hizo y pensó: «Porqué tengo que fiarme de ti? Esta persona ha sido buena conmigo. Porque iba a hacerme daño?».

Aquí todo el mundo quiere hacerte daño, pequeña. No te fies de ellos. Si no me crees, mira el dibujo que está haciendo el niño.

Giró la cabeza y comprobó que el niño se había incorporado en la silla, dejando al descubierto su dibujo. Era de trazos sencillos y llenos de colores, como los de un crío. En él se veía una gran olla, igual que la estaba usando su madre. Y dentro de la olla, diversas partes del cuerpo de una persona: una cabeza, una oreja, un brazo, una mano, un ojo… Aunque alguna de ellas no coincidía en el color de piel o en proporción con las otras, por lo que debían ser de varias personas. Un estofado de cadáveres.

Julia se horrorizó al verlo y miró al niño. Este exhibía una sonrisa de oreja a oreja, llena de crudeza y maldad y se veía acentuada por su dentadura, hecha toda ella de astillas, en lugar de dientes. Y cuando la miró, el niño rió. Era una risa infantil, pero a la vez cruel y malvada como su sonrisa.

Ya había oído esa risa antes. La recordaba bien, pues la había oído hace poco, mientras caía por el hueco de aquel árbol.

CONTINUARÁ…

PD/ No olvidéis comentar vuestras opiniones y críticas! Hasta pronto!

Capítulo 58: Mi gran amigo Gor (III)

Aquí tenéis, como os prometí. No os entretendré mucho por ahora. Ya os lo contaré todo más abajo. Ahora, solo disfrutadlo!

Por si acaso, capítulos anteriores:

Primero: Mi gran amigo Gor (I)

Segundo: Mi gran amigo Gor (II)

Domingo 14 de Abril

Diario, como puede un día empezar tan bien y acabar de forma tan desastrosa? Esta mañana, todos en la casa nos levantamos muy muy temprano para poder ir de excursión al campo. Yo estaba teniendo un sueño muy bonito en el que toda la clase le tiraba huevos a Wendy, cuando mi madre me zarandeó. Me dijo que fuera a desayunar, que pronto nos iríamos al campo. Comimos rápido entre bostezos, cogimos nuestras mochilas y salimos todos juntos hacia la aventura.

Todo fue tan deprisa que no tuve tiempo a despedirme de Gor ni a decirle adonde iba, como tenía planeado ayer. En ese momento no me preocupaba, pues no le daba mucha importancia a lo que ese cura nos había contado. Quizás debería haberlo hecho.

El caso es que el paseo por el campo fue muy bien: hacía un sol radiante sin apenas una nube y a pesar de que la noche anterior había llovido un montón, por lo que la hierba estaba aún muy fresca. Nos encontramos unos cuantos caracoles rezagados con los que me puse a charlar un rato, hasta que me llamaron mis padres. Después estuvimos jugando con la pelota, saltando de un lado para el otro, corriendo… En cuestión de minutos mis padres quedaron agotados, así que hicimos una pausa y nos comimos nuestros bocadillos. Mientras ellos hacían la siesta bajo un árbol, yo me fui a perseguir las mariposas que había revoloteando entre las flores. Casi pillo a una que estaba desprevenida, pero se me escapó de entre la manos por muy poco…

En fin, al cabo de nada mis padres se desperezaron y dijeron que ya era hora de volver. Yo estaba de acuerdo: tenía los pies muy cansados, la gorra sudada y esa tarde hacían un especial de dibujos en la tele que no me quería perder, así que regresamos por el mismo camino hacia casa. Pero no podíamos intuir lo que nos esperaría allí.

Nada más entrar, nos quedamos paralizados. Toda la casa estaba patas arriba: platos, jarrones, fotografías, cuadros, muebles, cazuelas, todo tirado por el suelo. Parecía como si hubiera habido una tormenta por toda la casa, apenas quedaba nada que no estuviera tumbado o roto. Fuimos rápidamente a preguntar a la señora Flitwick, por si sabía lo que había pasado. Nerviosa, nos contó que había notado un temblor muy fuerte, como si hubiera habido un terremoto. Además le pareció escuchar algo parecido a un grito proveniente de nuestra casa, aunque dijo: «No me hagan mucho caso, mis oídos ya no son lo que eran…», tratando de aparentar tranquilidad.

Al volver a casa, aprovechando que mis padres estaban ocupados recogiéndolo todo, me escabullí hacia el sótano, preocupada por si le había pasado algo a Gor. Cuando llegué allí, no me costó nada encontrarlo, pues habían desaparecido prácticamente todas y las estanterías y objetos. Lo poco que quedaba, estaba esparcido por el suelo y casi roto. Gor se hallaba en una esquina, de cara a la pared, medio encogido a causa de su tamaño. Y fue cuando me acerqué preguntándole si estaba bien, cuando me fijé en las paredes. Había unas grietas y marcas en ellas, parecidas a las que alguien dejaría si las hubiera estado golpeando. Alguien con una gran fuerza y unas manos grandes como una rueda de camión.

«Gor, qué ha pasado aquí? Has sido tu quien ha causado todo esto?» le pregunté, con voz temblorosa. Pero el seguía sin responderme, mirando fijamente en la pared, como si no me hubiera oído. Me fui acercando lentamente y empece a oir un ruido familiar. Crec. Un chasquido parecido al que había escuchado la primera vez que fui al sótano. Crec. Aunque a la vez totalmente diferente. Crec. Pero a pesar de ello yo ya sabía qué lo provocaba. Crec. Gor estaba royendo algo.

Cuando fui a preguntarle qué era, me fijé en un objeto que había en el suelo, justo al lado de mis pies. Parecía una moneda dorada, enterrada bajo un trozo de estantería podrida, pero cuando me agaché para cogerla, vi que había algo más bajo la madera, así que tiré de ella. Al sacarla, comprobé moneda se encontraba atada a una cinta azul medio rota. Entonces comprendí que la moneda era en realidad un insignia, aquello era un collar como el que llevan los perros.

«Como ha llegado hasta aquí?» pensé «los antiguos dueños tenían un perro?». Pero apenas tenía polvo y parecía más nueva que todos los otros trastos del sótano. Extrañada, la examiné más de cerca y entonces me fijé que en el reverso de la insignia había apuntada una dirección, por si se perdía el perro. Al leerla, se me cayó el alma a los pies: era la casa de al lado, la de la señorita Flitwick. Aquel era el collar de su perro perdido.

Me giré lentamente hacia Gor y, al mismo tiempo, Gor giró su cabeza hacia mi. Y puede comprobar lo que estaba royendo.  Grité, dejé caer el collar y salí corriendo del sótano sin vacilar. Mis padres vinieron preocupados y preguntando qué pasaba, pero yo les dije que había tropezado en la oscuridad y me había asustado. Eso les tranquilizó, pero no les convenció para no echarme la bronca por escaquearme de ordenar la casa.

Para cenar, había muslitos de pollo, aunque yo apenas pude probar tres bocados antes de salir corriendo al lavabo a vomitar. Mi madre, preocupada, dijo que posiblemente fuera algún tipo de gripe y lo mejor era llevarme a la cama. Yo ya sabía que no era nada de eso, pero accedí de todos modos para poder escribir tranquilamente en ti y no tener que cenar. Al rememorarlo ahora, casi vuelvo a vomitar… Aquellos huesos de pollo me recordaban demasiado lo que había visto aquella tarde: la mandíbula de Gor royendo un hueso casi tan grande como mi brazo. Un hueso de perro.

Lunes 15 de Abril

Diario, no se si podrás comprobarlo, porque no tienes ojos ni nada parecido, pero ahora mismo estás en mi colegio.

Esta mañana, por alguna extraña razón, te he sacado de tu escondite debajo del colchón y te he puesto en la mochila, junto a los deberes. No se a que ha venido este impulso, pero me alegra tener alguien que me haga compañía, porque ahora mismo me siento muy sola.

La noche anterior apenas pude dormir, preocupada como estaba por Gor. Y si el Padre Meadow decía la verdad? Y si pudiera resultar peligroso? Ya se había tragado a un perro, cuanto tardaría en empezar a comer personas? Todas esas preguntas danzaban en mi cabeza una y otra vez sin encontrar respuesta y apenas pude conciliar el sueño un par de horas. Por eso me quede dormida en clase varias veces y los profesores, normalmente amables y sonrientes, hoy me han regañado y fruncido el ceño en señal de desaprobación.

Rossy enseguida ha notado que me pasaba algo, y me ha preguntado qué es lo que era. Yo le dije que se lo contaría en el recreo, pues aún no le había contado nada sobre Gor y tampoco quería que se enterara toda la clase de mi problema. Allison estaba sentada a mi lado y ella tiene unos oídos muy sensibles cuando se trata de chismorreos…

Nada más sonar el timbre del recreo, lleve a Rossy a un rincón apartado y empecé a contarle todo sobre Gor. Como lo había conocido, lo que me contó el Padre Meadow, el incidente de ayer, todo. Al principio parecía muy animada por el secreto, pero a medida que iba avanzando la historia, su sonrisa se fue marchitando poco a poco, hasta que no quedó rastro de ella. Cuando acabé le dije que estaba muy confusa, que no sabía que hacer y que si podría ayudarme. Ella se rió y me dijo: «Es una broma, verdad? No esperaras que me crea todo eso?». «No es una broma! Es de verdad, te lo juro! Tienes que ayudarme!», le contesté en tono suplicante. «Qué te has creído, que soy un bebé!? No intentes tomarme el pelo!» me chilló. Y se fue corriendo. Y yo me quede sola.

Y aquí estoy, en mitad del recreo, escribiendo sola en un rincón. Como ha podido ocurrir todo esto, diario? La semana pasada tenía a Gor y a Rossy para apoyarme, pero ahora solo me quedas tú. No entiendo como ha pasado… El sábado Gor estaba perfectamente y ayer de repente se puso de ese modo… Como si fuera el Gorshlack del que hablaba el cura… Qué fue lo que cambió en él ese día? Quizás fue la excursión al campo… A Gor quizás le hubiera gustado venir con nosotros (aunque obviamente no puede, porque le da miedo la luz) y no quedarse en casa solo…

Eso es! El Padre Meadow dijo que Gorshlack era un demonio de soledad! Aquella mañana no pude ir a saludarlo como de costumbre y por eso estaba de tan mal humor! Gor se transformó en Gorshlack e hizo todas esas cosas malas sin querer, como los hombres lobo de las pelis. Solo necesita no estar solo y volverá a ser el Gor de siempre!

Aunque eso significa… Que ahora debe estar muy enfadado, porque esta mañana tampoco fui a hablar con él, ya que me daba demasiado miedo. Oh no! Tengo que llegar a casa temprano, antes de que ocurra algo malo… Deséame suerte, diario!

Martes 16 de Abril

Querido diario, todo ha acabado. Ayer, cuando volvía corriendo hacia casa y apenas quedaba cruzar una esquina, noté que algo malo estaba pasando: sentí un súbito temblor bajo mis pies. Aceleré el paso hasta llegar a mi calle, temiendo lo peor. Pero lo peor ya estaba pasando: Gor se encontraba en mitad de la calle, desierta y silenciosa. Permanecía de pie y era enorme, medía casi tanto como las casas del vecindario. Alzó sus brazos y lanzó un grito tan fuerte y grave que retumbó en mi pecho un buen rato.

Entonces oí una voz detrás mío que decía: «Apártate demonio impío! Regresa a la oscuridad de la que provienes!». Me giré al reconocer esa voz: era la del Padre Meadow, que empuñaba una de esas cruces religiosas como arma. En respuesta, Gor volvió a rugir y se dirigió hacia él, mientras el cura iba recitando con los ojos cerrados cosas que no llegaba a comprender de tan rápido que iba. Yo estaba paralizada por el miedo, no sabía que hacer. Entonces Gor alargó la mano para cogerlo, pero cuando estuvo lo suficientemente cerca, el padre abrió los ojos y todo él despidió un aura de luz tan intensa que tuve que cerrar los ojos  para no dañármelos .

Lo siguiente que oí fue el grito de Meadow y cuando volví a abrir los ojos, éste estaba volando por los aires. Por suerte, aterrizó sobre unas bolsas de basura, que amortiguaron su caída. Pero a pesar de ello, le sangraba la cabeza y resoplaba con fuerza. Yo estaba en estado de shock, no podía creer lo que estaba pasando, todo lo que pasaba delante de mi era como si perteneciera a otro mundo. Mientras, Gor se acercó a él con paso lento, pasando a mi lado sin mirarme, y estaba a punto de agarrar al padre cuando algo se encendió dentro de mi. Una llama de valor, furia y justicia al mismo tiempo.

Fui corriendo hacía él, mis pies apenas tocando el suelo, y me abrace a su pierna. El extraño tacto seguía siendo el mismo de siempre, aunque sin la sensación reconfortante que recordaba. Y entonces le dije a Gor: «Por favor, no lo hagas… Tu no eres malo, Gor… No tienes porqué hacer estas cosas… Por favor, Gor…» le supliqué sollozando, «No lo hagas, así solo empeoraras las cosas… Se que es horrible estar solo, pero no le hagas daño a la gente por eso, Gor… Así solo conseguirás que huyan de ti… No seas malo, Gor…».

Entonces me di cuenta de que Gor estaba quieto, muy muy quieto. Se había quedado parado, como si fuera una estatua. Lentamente, giró su cabeza hacia mi y me miró con sus ojos blancos y sin pupila. Me pareció a notar un poco de culpa en ellos. Mientras, el Padre Meadow, que seguía malherido, se levantó y acabó de recitar un canto. Entonces la luz volvió a llenarlo todo y yo me sumergí en ella y sentí una cálida placidez. Cerré los ojos, dejándome llevar por esa sensación y perdí el conocimiento.

Cuando me desperté, ya era de día, estaba en la cama de un hospital y tenía a mi madre y a mi padre a mi lado, aliviados de que me despertara. Y me contaron lo que les había dicho el Padre Meadow: que hubo una explosión de gas en el sótano, que yo me caí a causa de los temblores y que él, pasando de casualidad por el barrio, me encontró en el suelo y me llevó al hospital. Por suerte yo estaba bien, solo tenia una ligera contusión en la cabeza y nada más.

Como mis padres estaban trabajando esa tarde y no vieron nada de lo ocurrido, se creyeron de pies juntillas las mentiras del sacerdote. No dejaban de alabarlo e incluso mi padre, que odia a los curas, aseguró que estaría eternamente en deuda con él.

También me comentaron que fuera a verlo lo antes posible a su parroquia, pues tenía algo importante que decirme. Yo ya sospechaba que sobre qué seria. Así que esta misma tarde ya salí del hospital y fui directamente a verle.

Mis padres se quedaron en el coche, esperando, mientras yo entraba en aquel edificio tan grande y cavernoso. Adentro cada pequeño sonido rebotaba por las paredes, amplificándose y dándole un aire místico. El Padre Meadow me estaba esperando en uno de esos bancos tan largos.

Como siempre, se mostró muy amable y sonriente, preguntándome si me encontraba mejor, si mis padres estaban tranquilos… Yo intenté compensarle con la misma amabilidad, aunque había un asunto del que quería hablar urgentemente. Así que después charlar un rato de cosas sin importancia mientras recorríamos la iglesia, le pregunté: «Y donde está Gor?».

El padre detuvo sus pasos y me miró durante un buen rato, muy callado, hasta que me dijo: «Ha regresado a su mundo».   «Qué mundo?» le pregunté. «El reino de los demonios. Cuando un demonio es exorcizado, éste desaparece de nuestro mundo y regresa a su lugar de origen.» me contestó. «Es un lugar cruel y oscuro, nada agradable de visitar» dijo con la mirada perdida, «Aunque de todos modos, nadie sabe cómo llegar hasta allí» concluyó.

Entonces fui yo la que me quedé parada. El padre se dio cuenta y me miró preocupado. Con un hilo de voz le pregunté: «No va a voler, verdad?». Casi estuve a punto de llorar cuando vi que negaba con la cabeza. Me dijo: «No lo se, pequeña. Los demonios aparecen allá donde la oscuridad los lleva. Nadie puede saber cómo o cuándo ocurre». Me puse a llorar sin remedio, mientras Meadow me sentaba en un banco. Gor se había ido. Se había ido y no iba a volver. Había perdido al único amigo que tenía, el único que me cuidaba y comprendía. Estaba sola de nuevo.

El cura volvió con un vaso de agua y me hizo beber un buen trago. Cuando estuve un poco más calmada, me dijo: «Aunque quizás este caso sea distinto». Yo le miré sin comprender y continuó: «La verdad, en todos mis años nunca había oído nada parecido. Cuando os vi juntos, enseguida lo noté: ese monstruo y tu tenéis una conexión muy fuerte. Jamás había pasado algo así. Los demonios están hechos para odiar a los humanos, no para amarlos». «Entonces…» empecé a decir yo, el padre me miró y dijo con una sonrisa: «Algo ha cambiado en ese ser y ha sido gracias a ti. Estoy seguro de que lo recordará siempre, esté donde esté».

Al cabo de nada, salí de la iglesia y volvimos todos juntos a casa. En el contestador teníamos varias llamadas, todas de gente preocupada por mi: una de la señora Flitwick, otra de la directora del colegio y otra de la madre de Rossy. Al parecer, Rossy se había puesto muy triste desde que se enteró de mi accidente y quería decirme algo por teléfono. La llamamos a su casa y cuando ella se puso, me contó llorosa que lo sentía mucho y quería volver a hacer las paces conmigo. No pude hacer más que sonreírle y decirle que sí y que nos veríamos mañana.

Al final he perdido un amigo, pero he podido recuperar otro. Creo que con eso tengo suficiente por hoy, diario.

FIN

Y así concluye Mi gran amigo Gor! Ha sido un duro camino, pero ha merecido la pena. Me ha encantado trabajar en esta obra y poder desarrollar de la nada unos personajes tan característicos. He puesto mucho esfuerzo en cada palabra para que este sea uno de los mejores relatos de este blog, y espero haberlo conseguido. Estoy muy orgulloso de mi trabajo y espero que os haya gustado tanto como a mi vivir las aventuras de Vecky y Gor.

Pero no os penseis que la historia de Gor ha acabado. Le he cogido demasiado cariño a estos personajes como para dejarlo solo en esto. Aunque por ahora me gustaría dedicar mi tiempo en otras cosas, quizás algún día Gor vuelva a visitaros de nuevo. 😉

No olvideis comentar vuestras opiniones, reflexiones y sentimientos aquí debajo! Y como diría un gran amigo mío: Gooooooooooooooooooor!

Capítol 37: Joc de Nens

Recordo quan érem petits i jugàvem a crear fantasies imaginaries. Fantasies copiades de la televisió i els videojocs, clar, pero éren nostres perque les vivíem día a día. Sense barreres ni fronteres, experimentàvem, barrejàvem i creàvem ilusions i aventures infinites.

Era un joc de nens: inocents i purs corríem per el pati creant el nostre món privat. Els columpis eren fortaleses, les fonts eren cascades d’aigua, els gronxadors eren coets interestelars i els arbres, cases on refugiarse de tot mal. Amb això véiem les coses no tan sols com eren, també com podien arribar a ser. Tot era menys petit i definitiu, més posible i divertit.

I mentres, nosaltres interpretàvem els nostres papers. Herois de l’imposible, lluitàvem contra monstres malvats, bruixes dolentes i dracs ferotges. De vegades intercanviàvem els papers i érem els nosaltres els dolents, pero sempre amb un somriure de diversió a la cara.

Pero un dia tot això es va acabar. El gris va caure sobre les nostres vides i ja no hi va haver més dracs ni princeses, no hi va haver més aventures ni dolents. Només hi havien els videojocs i la tele, que miràvem amb resignació i atordiment. Ja no érem herois invencibles, sino petites feres que intentàvem sobreviure.

Perque ja no jugàvem al nostre joc de nens, blanc i simple, sino a un de més complexe i obscur. Sense adonar-nos ens havíem ficat (o potser emputxat) en una roda de la qual no podíem sortir ni escapar. Era el preu que havíem de pagar per creixer i jugar com adults: havíem de perdre la infancia.

Tot i així, no tot va quedar destruit, els nostres records segueixen intactes, i amb ells, tot el que vam viure i apendre. Potser ja no podem correr despreocupats pel patí, pero podem seguir imaginant mons nous i continuar sent herois i princeses, sempre que ho volguem. I que ens deixin tenir temps.

FI

http://grooveshark.com/s/Coses+De+Nens/2NjepF?src=5

PD/ Dedico aquest escrit al nen interior que teniu tots dintre. Cuideu-l’ho i no el perdeu mai! 😉

Capítulo 27: La botica de Maendra (II)

Eran las 7 justas de la mañana cuando Anthony llegó otra vez a la botica. La misma puerta de roble, el mismo letrero ininteligible, la misma mirada violeta.

-Buenos días -dijo Maendra alegremente-. Vienes preparado?

Otra vez volvía a quedarse sin palabras, así que solamente asintió.

-Bien. Los miércoles es un día tranquilo, no creo q venga mucha gente. Tendrás tiempo de barrer y limpiar los estantes y las ventanas. Allí tienes una escoba y un trapo. Guarda las monedas en la bolsa que hay en el primer cajón. Yo estaré en la trastienda, si me necesitas llámame, pero no entres -dijo como si estuviera recitando un texto de sobra conocido-.

Maendra iba a dar un paso hasta que Anthony la interrumpió:

-Eso es todo? -preguntó-.

-Sí. Normalmente los clientes vienen con receta y ya saben lo que buscan. Si no lo saben, utiliza tus conocimientos sobre plantas o llámame -volvió a encaminarse a la trastienda-.

-Me refería a lo que usted dijo la última vez. Pense que el trabajo sería más… -dijo cuando ya estaba cruzando la cortina.

-Ah! Eso solo lo dije para asustarte. Y para ver hasta donde estabas dispuesto a llegar por el empleo. Y ahora, si me disculpas, tengo asuntos que atender en la trastienda -y su cabeza desapareció entre las cortinas-.

Anthony dio un suspiro. Miró los estantes. Miró el suelo de madera, la mesa, la ventana y por último, fijó su vista en la cortina de la trastienda. Pese a que la cortina seguía igual, la siguió observando unos instantes, como si en ella se hubiera quedado atrapada una imagen, un recuerdo. Al poco rato se despejó y empezó a limpiar los estantes con ganas.

Como había dicho Maendra, la mañana fue muy tranquila: un hombre pidió un poco de arquesia para el resfriado, un par de mujeres compraron especias para la cocina y un anciano buscó algo para la tos. Sin complicaciones, dinero en mano y exacto.

Mientras limpiaba las ventanas, Anthony se fijó en un hombre que había en la esquina. Parecía nervioso y trataba de evitar que su mirada se fijara en la botica. Llevaba el pelo sucio y desaliñado, al igual que su chaqueta y se mordía las uñas constantemente. Aquella expresión le recordaba…

-Veo que ya has acabado con las ventanas -dijo Maendra, sacándolo de su sueño-.

-Sí señora.

-Bien, entonces puedes irte a comer. Vuelve dentro de un par de horas -dijo sonriendo-.

Mientras se marchaba por la calle, Anthony se fijó en que aquel hombre se ponía más nervioso y evitaba con más persistencia mirar hacia la botica. No supo que pensar en aquel momento. Prefería no pensar, más bien dicho.

Dos horas i media más tarde, volvía a estar en la tienda, barriendo el suelo, mientras Maendra se estaba comiendo una manzana sentada en una silla. No dejaba de observalo con sus ojos violeta.

-Cuantos años tienes Anthony? -le preguntó entre mordisco y mordisco-.

Anthony se sorprendió un poco pero contestó rápidamente.

-17 -le contestó.

-Qué joven. Yo te habría puesto 17 y medio.

Anthony le sonrió el chiste.

-Y usted, cuantos años tiene? -aventuró a preguntar-.

Maendra se quedó parada un momento, y le contestó con una sonrisa:

-Cuantos crees que tengo?

Se volvió a quedar parado un momento, pensativo.

-No sé, 31? -contestó al final-.

Maendra sonrió y le dijo:

-Esa es la edad que me ves ahora. En realidad tengo 55.

La sorpresa se reflejo en el rostro de Anthony.

-Como…?

-Eso es un secreto que aún no te puedo contar -dijo, levantandose de la silla-. No en el primer día. Sigue así y quizás volvamos al tema en otra ocasión -mientras hablaba, se fué otra vez a la trastienda-. Ya sabes lo que tienes que hacer -dijo, antes de ser tragada otra vez por la cortina-.

A las 6 de la tarde, un hombre entró en la tienda y llamó la atención de Anthony. Primero, porque era el primer cliente de la tarde; y segundo, por su aspecto. Llevaba una larga túnica de color verde jade y unas babuchas a juego. En la cabeza tenía un sombrero color esmeralda que le tapaba la calva. En él había bordados dibujos de un dragón y unos dados. Su cara era redonda y simpática, aunque su sonrisa fácil y rápida no lo era tanto, parecía esconder algún as bajo la manga.

-Buenas -dijo con tono alegre mientras se dirigía al mostrador-. Estoy buscando a Maendra.

-Ahora la llam… -intentó decir Anthony-.

-Qué haces tu aquí? -gritó Maendra con un tono frío y seco.

Anthony se sorprendió de la rapidez con la que  había aparecido, parecía como si la voz de aquel hombre la hubiera invocado. Y no precisamente de buenos ánimos: Maendra clavaba sus ojos violeta -se lo parecía a él o eran más oscuros- en aquel hombre con una expresión nada amistosa.

Aún así, el hombre siguió sonriendo, pero no falsamente. Parecía que la situación lo diviertía y siguió hablando en tono alegre:

-Es que caso no puedo venir a hacerte una vi…

-Qué quieres? Qué es lo que has venido a buscar? -le espetó ella.

El hombre se paró un momento y dijo con tono pausado y sin dejar de sonreír:

-He venido a buscar lo que me pertenece.

Maendra soltó un bufido.

-Para qué? Para venderlo y así poder saldar tus deudas? No Regius, no te lo voy a dar. Además, si mal no recuerdo es mío, renunciaste a él hace veinte años. Me sigue perteneciendo a mi.

-Por favor Maendra, tienes que darmelo -dijo con tono suplicante. La sonrisa había desaparecido de su cara y su voz sonaba realmente desesperada-. No sabes lo que me harán si no…

-No, no lo sé -interrumpió ella-. Pero ya has escapado muchas veces de situaciones como esta. No voy a ser yo quien te salve esta vez. Además… -se acercó más al hombre, hasta que su voz fue casi un susurro-. Tienes idea de lo que eso que podría llegar a hacer en manos equivocados? Sería mejor que por el bien de todos te den una paliza y aprendas de una maldita vez. Hay cosas con las que no puedes jugar Regius.

El silencio invadió la estancia durante un rato, en el que los dos se fulminaron con la mirada, mientras Anthony seguía clavado en su sitio, sin saber que hacer, sin poder huír. Tras un tiempo largo, el hombre se puso bien su sombrero y se marchó de la tienda, sin despedirse.

Nadie habló durante un rato en la botica, seguían haciendo su labor de limpiar con más ganas que de costumbre. Hasta que Maendra dijo:

-Puedes preguntar si quieres.

Anthony dejo el pote de especias que estaba limpiando y le preguntó:

-Quien era ese hombre?

-Mi hermano, Regius -contestó ella mientras seguía limpiando el mostrador-. Como mago es un poco patoso, aunque se le da bien relacionarse con la gente, que en cierto modo, es una forma en si de magia. Siempre está metido en algún problema de apuestas. Es demasiado orgulloso como para cambiar y aún así siempre consigue que alguien se sacrifique por él. Ten por seguro que si te hace un favor o te pide algo, el espera obtener un beneficio aún mayor. No te fies de el ni de su sonrisa.

Ambos se quedaron callados un momento, hasta que Anthony dijo:

-Qué era eso de lo que…?

-Ya es tarde, deberías volver a casa -le interrumpió ella, con tono triste.

Antes de irse, Anthony se fijó en ella. El violeta oscuro que unos instantes atrás había en su mirada se había ido diluyendo, hasta dejar un violeta pálido, decaído. Era el color del invierno cuando reina el frío y la nieve, era la palidez de un cadaver descompuesto, era la tristeza vacía y profunda que quedaba reflejada en sus ojos.

De pronto Anthony sintió que quería abrazar a esa mujer y consolarla, darle todo lo que quisiera y más. Sintió que no quería ver nunca más esa mirada pálida en su rostro. Sintió que estaría dispuesto a hacer lo que sea con tal de acabar con su sufrimiento.

Sintió todas esas cosas y aún así se quedó callado, salió de la tienda con una sencilla despedida y se dirigió calle arriba, envuelto en sus pensamientos y la soledad, reconfortante y a la vez dolorosa.

PD/ Próximo capítulo: 19-20 Marzo

Capítulo 26: La botica de Maendra (I)

A Anthony le sudaban las manos mientras trataba de reunir valor para llamar a la puerta que tenía enfrente. Esa era su última oportunidad, si ese barco zarpaba no habría ningún otro. Así que suspiro fuerte y con decisión nerviosa, acercó una mano sudorosa a la madera y llamó dos veces.

Se oyó un breve silencio, seguido por el picoteo de un par de zapatos avanzando hacia la puerta. Ésta se abrió mostrando la figura de una mujer joven, alta y hermosa.

-Hola. Has venido por el puesto de trabajo?- dijo con voz aguda y seria.

Pero Anthony no pudo responder, porque se había quedado sin palabras. Normalmente, cuando una persona va a ver una bruja se espera encontrarse con un vejestorio feo, lleno de arrugas, granos y pus. Una anciana que rezuma maldiciones y está siempre de mal humor. Lo que tenía delante, en cambio, se escapaba bastante de ese estereotipo. Era una mujer joven, no más de treinta años, con el pelo negro fluyendo como una cascada hasta mas allà de los hombros. Tenía los ojos color violeta, como la flor, como el vestido que llevaba puesto. Y era hermosa, quizás demasiado para ser solo «hermosa». Las comparaciones no habrían bastado, ni tampoco diez mil palabras, ni mil de poemas, ni cien batallas en las que los hombres hubieran muerto orgullosos por ella. Nada de eso hubiera bastado para describir lo preciosa que era. Así que nos tendremos que conformar con decir que era hermosa y que Anthony se quedó prendado de su magnificencia en mudo asombro.

Mientras trataba de salir de su embobamiento la mujer le miró arqueando una ceja y cruzando los brazos, expectante.

-S-Sí -consiguió decir entre la neblina de su mente-. He-e leído el cartel y me preguntaba…

-Oh, bien, sabes hablar -le interrumpió ella-. Y por lo que dices tambien leer.

-Sí. Me enseño mi abuela -dijo con la cabeza baja, como disculpándose.

-Mejor. El último ayudante que tuve casi mata a toda mi clientela porque no entendía bien las etiquetas y confundió el silicio con arsenico.

-Oh vaya -dijo Anthony, sin saber que añadir-.

-Anda, pasa joven -le dijo, apartándose de la puerta para que pudiera entrar.

La verdad es que el exterior de la botica no era para nada impresionante. Solo había la puerta y un par de ventanas tapadas con cortinas, en una de las cuales habían pegado un sugerente cartel de «SE BUSCA AYUDANTE». Encima de la puerta había un rótulo de madera tallado, pero estaba tan gastado por el tiempo que apenas se adivinaban unas letras.

En cambio, dentro de ella… seguía siendo tan normal como cualquier otra botica. Estanterías, llenas de recipientes convenientemente etiquetados y ordenados cubrían las paredes. En ellos había de todo: especias, minerales, plantas, sustancias viscosas de todo tipo, algunas con animales dentro. Una larga mesa hacía de mostrador al otro lado de la puerta. Detrás había un hueco en la pared que conducía a otra habitación, posiblemente la trastienda, aunque no podía ver nada debido a la cortina que decía a gritos «Privacidad absoluta».

La puerta se cerró, devolviéndole a la realidad; a ella, que lo observa dando círculos pensativa, como si lo evaluara.

-Como te llamas muchacho? -preguntó-.

-Me llamo Anthony, señora Maendra -respondió el-.

-Vaya, así que sabes mi nombre -dijo con tono alegre-.

-Sí mi ma… -se paró en seco-. He oído hablar mucho de usted.

-Sí, claro -dijo secamente-. Que sabes sobre el cuerpo humano, Anthony?

-No mucho, la verdad.

-Y sobre cómo curar enfermedades?

-No mucho, señora.

-Estás especializado en pociones, magia, adivinación?

-Me temo que no sé nada sobre eso, señora.

-Entonces que te hace creer que te voy a dar el puesto? -dijo fijando sus ojos violeta en él-.

-Aprendo rápido, trabajo mucho, me quejo poco… Tambien sé mucho sobre plantas medicinales.

-A si? -dijo con curiosidad-. Entonces dime que planta es esa -señaló un tiesto de las estanterías.

-Eso es hinojo -dijo con convicción-. Se usa para alivar los ojos cansados, la conjuntivitis y es tambien buen un diurético.

-Bastante bien -dijo Maendra-. Y esa otra?

-Arquesia. No es muy común. És un buen analgesico e antiinflamatorio, aunque si se no prepara bien produce jaqueca y unos sarpullidos azules.

-Muy bien -dijo asombrada-. Y esa?

Anthony se quedó pensativo durante un rato.

-No se, por la forma de las hojas parece una borgoña, pero por las raíces parece más una mandragora… Y los frutos que da son como moras… -se acercó un poco más al recipiente-. Pero parece que a algunos les salen espinas de cactus… Y dientes…

-Excelente, tienes buen ojo. En realidad es una especie que he creado yo misma, a partir de las que has dicho… Y alguna más que no conoces -añadió mientras se le acercaba por detrás-.

-De verdad quieres este empleo? -le preguntó Maendra con un cálido susurro en la oreja. Su ropa olía a hierbabuena-. A pesar de todo lo que has oído de mi?

-S-sí -consiguió articular Anthony, clavado al suelo como un palo-.

-A pesar de que te haga trabajar como un esclavo? A pesar de que te trate peor que a un perro?

-N-no me queda otro remedio.

-Estás dispuesto a adentrarte en mundos que nunca antes no has conocido? Mundos que asustarían a cualquiera?

Anthony respiró hondo y dijo:

-Sí.

-Bien, entonces empiezas el lunes a las 7 -dijo en tono normal-. Quiero que vengas despejado y limpio, así que dúchate.

-Sí, señora.

Dicho esto Maendra se fue a la trastienda, no sin antes gritar:

-Más te vale estar a la altura de tus ambiciones.

Y atravesó la cortina sin añadir nada más.

Anthony salió de la tienda con paso lento, aliviado y sorprendido al mismo tiempo, sin saber que pensar, sin saber que le esperaria mañana a las 7.

Así es como empezó la nueva vida de Anthony y sus tres largos años de trabajo en la botica de Maendra.

CONTINUARÁ…

PD/ Se que no us agrada, pero em feia il·lusió fer-ho en varies parts. També se que hauria d’haver publicat ahir, pero ho faig avui, ho sento altre cop.

PPD/ També se que al final cap de les dues coses us importa, pero em fa falta dir-les 😛

PPPD/ Próximo capítulo: 17 de marzo.