Capítol 37: Joc de Nens

Recordo quan érem petits i jugàvem a crear fantasies imaginaries. Fantasies copiades de la televisió i els videojocs, clar, pero éren nostres perque les vivíem día a día. Sense barreres ni fronteres, experimentàvem, barrejàvem i creàvem ilusions i aventures infinites.

Era un joc de nens: inocents i purs corríem per el pati creant el nostre món privat. Els columpis eren fortaleses, les fonts eren cascades d’aigua, els gronxadors eren coets interestelars i els arbres, cases on refugiarse de tot mal. Amb això véiem les coses no tan sols com eren, també com podien arribar a ser. Tot era menys petit i definitiu, més posible i divertit.

I mentres, nosaltres interpretàvem els nostres papers. Herois de l’imposible, lluitàvem contra monstres malvats, bruixes dolentes i dracs ferotges. De vegades intercanviàvem els papers i érem els nosaltres els dolents, pero sempre amb un somriure de diversió a la cara.

Pero un dia tot això es va acabar. El gris va caure sobre les nostres vides i ja no hi va haver més dracs ni princeses, no hi va haver més aventures ni dolents. Només hi havien els videojocs i la tele, que miràvem amb resignació i atordiment. Ja no érem herois invencibles, sino petites feres que intentàvem sobreviure.

Perque ja no jugàvem al nostre joc de nens, blanc i simple, sino a un de més complexe i obscur. Sense adonar-nos ens havíem ficat (o potser emputxat) en una roda de la qual no podíem sortir ni escapar. Era el preu que havíem de pagar per creixer i jugar com adults: havíem de perdre la infancia.

Tot i així, no tot va quedar destruit, els nostres records segueixen intactes, i amb ells, tot el que vam viure i apendre. Potser ja no podem correr despreocupats pel patí, pero podem seguir imaginant mons nous i continuar sent herois i princeses, sempre que ho volguem. I que ens deixin tenir temps.

FI

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PD/ Dedico aquest escrit al nen interior que teniu tots dintre. Cuideu-l’ho i no el perdeu mai! 😉

Capítulo 27: La botica de Maendra (II)

Eran las 7 justas de la mañana cuando Anthony llegó otra vez a la botica. La misma puerta de roble, el mismo letrero ininteligible, la misma mirada violeta.

-Buenos días -dijo Maendra alegremente-. Vienes preparado?

Otra vez volvía a quedarse sin palabras, así que solamente asintió.

-Bien. Los miércoles es un día tranquilo, no creo q venga mucha gente. Tendrás tiempo de barrer y limpiar los estantes y las ventanas. Allí tienes una escoba y un trapo. Guarda las monedas en la bolsa que hay en el primer cajón. Yo estaré en la trastienda, si me necesitas llámame, pero no entres -dijo como si estuviera recitando un texto de sobra conocido-.

Maendra iba a dar un paso hasta que Anthony la interrumpió:

-Eso es todo? -preguntó-.

-Sí. Normalmente los clientes vienen con receta y ya saben lo que buscan. Si no lo saben, utiliza tus conocimientos sobre plantas o llámame -volvió a encaminarse a la trastienda-.

-Me refería a lo que usted dijo la última vez. Pense que el trabajo sería más… -dijo cuando ya estaba cruzando la cortina.

-Ah! Eso solo lo dije para asustarte. Y para ver hasta donde estabas dispuesto a llegar por el empleo. Y ahora, si me disculpas, tengo asuntos que atender en la trastienda -y su cabeza desapareció entre las cortinas-.

Anthony dio un suspiro. Miró los estantes. Miró el suelo de madera, la mesa, la ventana y por último, fijó su vista en la cortina de la trastienda. Pese a que la cortina seguía igual, la siguió observando unos instantes, como si en ella se hubiera quedado atrapada una imagen, un recuerdo. Al poco rato se despejó y empezó a limpiar los estantes con ganas.

Como había dicho Maendra, la mañana fue muy tranquila: un hombre pidió un poco de arquesia para el resfriado, un par de mujeres compraron especias para la cocina y un anciano buscó algo para la tos. Sin complicaciones, dinero en mano y exacto.

Mientras limpiaba las ventanas, Anthony se fijó en un hombre que había en la esquina. Parecía nervioso y trataba de evitar que su mirada se fijara en la botica. Llevaba el pelo sucio y desaliñado, al igual que su chaqueta y se mordía las uñas constantemente. Aquella expresión le recordaba…

-Veo que ya has acabado con las ventanas -dijo Maendra, sacándolo de su sueño-.

-Sí señora.

-Bien, entonces puedes irte a comer. Vuelve dentro de un par de horas -dijo sonriendo-.

Mientras se marchaba por la calle, Anthony se fijó en que aquel hombre se ponía más nervioso y evitaba con más persistencia mirar hacia la botica. No supo que pensar en aquel momento. Prefería no pensar, más bien dicho.

Dos horas i media más tarde, volvía a estar en la tienda, barriendo el suelo, mientras Maendra se estaba comiendo una manzana sentada en una silla. No dejaba de observalo con sus ojos violeta.

-Cuantos años tienes Anthony? -le preguntó entre mordisco y mordisco-.

Anthony se sorprendió un poco pero contestó rápidamente.

-17 -le contestó.

-Qué joven. Yo te habría puesto 17 y medio.

Anthony le sonrió el chiste.

-Y usted, cuantos años tiene? -aventuró a preguntar-.

Maendra se quedó parada un momento, y le contestó con una sonrisa:

-Cuantos crees que tengo?

Se volvió a quedar parado un momento, pensativo.

-No sé, 31? -contestó al final-.

Maendra sonrió y le dijo:

-Esa es la edad que me ves ahora. En realidad tengo 55.

La sorpresa se reflejo en el rostro de Anthony.

-Como…?

-Eso es un secreto que aún no te puedo contar -dijo, levantandose de la silla-. No en el primer día. Sigue así y quizás volvamos al tema en otra ocasión -mientras hablaba, se fué otra vez a la trastienda-. Ya sabes lo que tienes que hacer -dijo, antes de ser tragada otra vez por la cortina-.

A las 6 de la tarde, un hombre entró en la tienda y llamó la atención de Anthony. Primero, porque era el primer cliente de la tarde; y segundo, por su aspecto. Llevaba una larga túnica de color verde jade y unas babuchas a juego. En la cabeza tenía un sombrero color esmeralda que le tapaba la calva. En él había bordados dibujos de un dragón y unos dados. Su cara era redonda y simpática, aunque su sonrisa fácil y rápida no lo era tanto, parecía esconder algún as bajo la manga.

-Buenas -dijo con tono alegre mientras se dirigía al mostrador-. Estoy buscando a Maendra.

-Ahora la llam… -intentó decir Anthony-.

-Qué haces tu aquí? -gritó Maendra con un tono frío y seco.

Anthony se sorprendió de la rapidez con la que  había aparecido, parecía como si la voz de aquel hombre la hubiera invocado. Y no precisamente de buenos ánimos: Maendra clavaba sus ojos violeta -se lo parecía a él o eran más oscuros- en aquel hombre con una expresión nada amistosa.

Aún así, el hombre siguió sonriendo, pero no falsamente. Parecía que la situación lo diviertía y siguió hablando en tono alegre:

-Es que caso no puedo venir a hacerte una vi…

-Qué quieres? Qué es lo que has venido a buscar? -le espetó ella.

El hombre se paró un momento y dijo con tono pausado y sin dejar de sonreír:

-He venido a buscar lo que me pertenece.

Maendra soltó un bufido.

-Para qué? Para venderlo y así poder saldar tus deudas? No Regius, no te lo voy a dar. Además, si mal no recuerdo es mío, renunciaste a él hace veinte años. Me sigue perteneciendo a mi.

-Por favor Maendra, tienes que darmelo -dijo con tono suplicante. La sonrisa había desaparecido de su cara y su voz sonaba realmente desesperada-. No sabes lo que me harán si no…

-No, no lo sé -interrumpió ella-. Pero ya has escapado muchas veces de situaciones como esta. No voy a ser yo quien te salve esta vez. Además… -se acercó más al hombre, hasta que su voz fue casi un susurro-. Tienes idea de lo que eso que podría llegar a hacer en manos equivocados? Sería mejor que por el bien de todos te den una paliza y aprendas de una maldita vez. Hay cosas con las que no puedes jugar Regius.

El silencio invadió la estancia durante un rato, en el que los dos se fulminaron con la mirada, mientras Anthony seguía clavado en su sitio, sin saber que hacer, sin poder huír. Tras un tiempo largo, el hombre se puso bien su sombrero y se marchó de la tienda, sin despedirse.

Nadie habló durante un rato en la botica, seguían haciendo su labor de limpiar con más ganas que de costumbre. Hasta que Maendra dijo:

-Puedes preguntar si quieres.

Anthony dejo el pote de especias que estaba limpiando y le preguntó:

-Quien era ese hombre?

-Mi hermano, Regius -contestó ella mientras seguía limpiando el mostrador-. Como mago es un poco patoso, aunque se le da bien relacionarse con la gente, que en cierto modo, es una forma en si de magia. Siempre está metido en algún problema de apuestas. Es demasiado orgulloso como para cambiar y aún así siempre consigue que alguien se sacrifique por él. Ten por seguro que si te hace un favor o te pide algo, el espera obtener un beneficio aún mayor. No te fies de el ni de su sonrisa.

Ambos se quedaron callados un momento, hasta que Anthony dijo:

-Qué era eso de lo que…?

-Ya es tarde, deberías volver a casa -le interrumpió ella, con tono triste.

Antes de irse, Anthony se fijó en ella. El violeta oscuro que unos instantes atrás había en su mirada se había ido diluyendo, hasta dejar un violeta pálido, decaído. Era el color del invierno cuando reina el frío y la nieve, era la palidez de un cadaver descompuesto, era la tristeza vacía y profunda que quedaba reflejada en sus ojos.

De pronto Anthony sintió que quería abrazar a esa mujer y consolarla, darle todo lo que quisiera y más. Sintió que no quería ver nunca más esa mirada pálida en su rostro. Sintió que estaría dispuesto a hacer lo que sea con tal de acabar con su sufrimiento.

Sintió todas esas cosas y aún así se quedó callado, salió de la tienda con una sencilla despedida y se dirigió calle arriba, envuelto en sus pensamientos y la soledad, reconfortante y a la vez dolorosa.

PD/ Próximo capítulo: 19-20 Marzo

Capítulo 26: La botica de Maendra (I)

A Anthony le sudaban las manos mientras trataba de reunir valor para llamar a la puerta que tenía enfrente. Esa era su última oportunidad, si ese barco zarpaba no habría ningún otro. Así que suspiro fuerte y con decisión nerviosa, acercó una mano sudorosa a la madera y llamó dos veces.

Se oyó un breve silencio, seguido por el picoteo de un par de zapatos avanzando hacia la puerta. Ésta se abrió mostrando la figura de una mujer joven, alta y hermosa.

-Hola. Has venido por el puesto de trabajo?- dijo con voz aguda y seria.

Pero Anthony no pudo responder, porque se había quedado sin palabras. Normalmente, cuando una persona va a ver una bruja se espera encontrarse con un vejestorio feo, lleno de arrugas, granos y pus. Una anciana que rezuma maldiciones y está siempre de mal humor. Lo que tenía delante, en cambio, se escapaba bastante de ese estereotipo. Era una mujer joven, no más de treinta años, con el pelo negro fluyendo como una cascada hasta mas allà de los hombros. Tenía los ojos color violeta, como la flor, como el vestido que llevaba puesto. Y era hermosa, quizás demasiado para ser solo «hermosa». Las comparaciones no habrían bastado, ni tampoco diez mil palabras, ni mil de poemas, ni cien batallas en las que los hombres hubieran muerto orgullosos por ella. Nada de eso hubiera bastado para describir lo preciosa que era. Así que nos tendremos que conformar con decir que era hermosa y que Anthony se quedó prendado de su magnificencia en mudo asombro.

Mientras trataba de salir de su embobamiento la mujer le miró arqueando una ceja y cruzando los brazos, expectante.

-S-Sí -consiguió decir entre la neblina de su mente-. He-e leído el cartel y me preguntaba…

-Oh, bien, sabes hablar -le interrumpió ella-. Y por lo que dices tambien leer.

-Sí. Me enseño mi abuela -dijo con la cabeza baja, como disculpándose.

-Mejor. El último ayudante que tuve casi mata a toda mi clientela porque no entendía bien las etiquetas y confundió el silicio con arsenico.

-Oh vaya -dijo Anthony, sin saber que añadir-.

-Anda, pasa joven -le dijo, apartándose de la puerta para que pudiera entrar.

La verdad es que el exterior de la botica no era para nada impresionante. Solo había la puerta y un par de ventanas tapadas con cortinas, en una de las cuales habían pegado un sugerente cartel de «SE BUSCA AYUDANTE». Encima de la puerta había un rótulo de madera tallado, pero estaba tan gastado por el tiempo que apenas se adivinaban unas letras.

En cambio, dentro de ella… seguía siendo tan normal como cualquier otra botica. Estanterías, llenas de recipientes convenientemente etiquetados y ordenados cubrían las paredes. En ellos había de todo: especias, minerales, plantas, sustancias viscosas de todo tipo, algunas con animales dentro. Una larga mesa hacía de mostrador al otro lado de la puerta. Detrás había un hueco en la pared que conducía a otra habitación, posiblemente la trastienda, aunque no podía ver nada debido a la cortina que decía a gritos «Privacidad absoluta».

La puerta se cerró, devolviéndole a la realidad; a ella, que lo observa dando círculos pensativa, como si lo evaluara.

-Como te llamas muchacho? -preguntó-.

-Me llamo Anthony, señora Maendra -respondió el-.

-Vaya, así que sabes mi nombre -dijo con tono alegre-.

-Sí mi ma… -se paró en seco-. He oído hablar mucho de usted.

-Sí, claro -dijo secamente-. Que sabes sobre el cuerpo humano, Anthony?

-No mucho, la verdad.

-Y sobre cómo curar enfermedades?

-No mucho, señora.

-Estás especializado en pociones, magia, adivinación?

-Me temo que no sé nada sobre eso, señora.

-Entonces que te hace creer que te voy a dar el puesto? -dijo fijando sus ojos violeta en él-.

-Aprendo rápido, trabajo mucho, me quejo poco… Tambien sé mucho sobre plantas medicinales.

-A si? -dijo con curiosidad-. Entonces dime que planta es esa -señaló un tiesto de las estanterías.

-Eso es hinojo -dijo con convicción-. Se usa para alivar los ojos cansados, la conjuntivitis y es tambien buen un diurético.

-Bastante bien -dijo Maendra-. Y esa otra?

-Arquesia. No es muy común. És un buen analgesico e antiinflamatorio, aunque si se no prepara bien produce jaqueca y unos sarpullidos azules.

-Muy bien -dijo asombrada-. Y esa?

Anthony se quedó pensativo durante un rato.

-No se, por la forma de las hojas parece una borgoña, pero por las raíces parece más una mandragora… Y los frutos que da son como moras… -se acercó un poco más al recipiente-. Pero parece que a algunos les salen espinas de cactus… Y dientes…

-Excelente, tienes buen ojo. En realidad es una especie que he creado yo misma, a partir de las que has dicho… Y alguna más que no conoces -añadió mientras se le acercaba por detrás-.

-De verdad quieres este empleo? -le preguntó Maendra con un cálido susurro en la oreja. Su ropa olía a hierbabuena-. A pesar de todo lo que has oído de mi?

-S-sí -consiguió articular Anthony, clavado al suelo como un palo-.

-A pesar de que te haga trabajar como un esclavo? A pesar de que te trate peor que a un perro?

-N-no me queda otro remedio.

-Estás dispuesto a adentrarte en mundos que nunca antes no has conocido? Mundos que asustarían a cualquiera?

Anthony respiró hondo y dijo:

-Sí.

-Bien, entonces empiezas el lunes a las 7 -dijo en tono normal-. Quiero que vengas despejado y limpio, así que dúchate.

-Sí, señora.

Dicho esto Maendra se fue a la trastienda, no sin antes gritar:

-Más te vale estar a la altura de tus ambiciones.

Y atravesó la cortina sin añadir nada más.

Anthony salió de la tienda con paso lento, aliviado y sorprendido al mismo tiempo, sin saber que pensar, sin saber que le esperaria mañana a las 7.

Así es como empezó la nueva vida de Anthony y sus tres largos años de trabajo en la botica de Maendra.

CONTINUARÁ…

PD/ Se que no us agrada, pero em feia il·lusió fer-ho en varies parts. També se que hauria d’haver publicat ahir, pero ho faig avui, ho sento altre cop.

PPD/ També se que al final cap de les dues coses us importa, pero em fa falta dir-les 😛

PPPD/ Próximo capítulo: 17 de marzo.