Mirilla

Empiezas a oír unos ruidos fuera del armario. Echas un ojo por la mirilla para ver qué está pasando. En la cama distingues dos figuras, estiradas una encima de la otra, pero está tan oscuro que no consigues apreciar nada sobre ellas. Los ruidos se intensifican, convirtiéndose en los sollozos desgarrados de una mujer.
-Por favor… Ah… Para, Richard -dice ésta entre lágrimas-. Ah… Me estás haciendo daño…
-¡Cállate, mujer! -responde una voz masculina, grave y furiosa-. ¡Te voy a enseñar quién es el que manda aquí!
-¡No! Ah… Por favor, Richard… -suplica la mujer, mientras intenta ahogar un gemido-. Ah… ¡El niño se va a despertar!
El hombre responde con un gruñido desdeñoso, sin apartarse de ella ni un segundo.
-Si ese mierdecilla se acerca, aunque sólo sea un metro de la habitación, lo estampo contra la pared. Eso le enseñará a estar dando vueltas por ahí a estas horas. ¡Ahora cállate y déjame acabar, condenada mujer!
Los gruñidos y sollozos se intensifican, mezclándose en una siniestra sinfonía de dolor y placer. El ritmo va acelerando hasta que ya no puedes más y el estómago se te contrae, echando la bilis al fondo del armario.
Te gusta mirar, ¿eh?.
Cuando consigues recuperarte, ya no oyes nada y tras ojear a través de la mirilla, ves que la habitación vuelve a estar vacía.

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