Capítulo 68: La bruja, el sapo y la camarera (I)

Espero que valga la pena lo que me ha costado de escribir. He puesto todo mi esfuerzo en que fuera el mejor escrito de todos los posibles y me gustaría no haber fallado. Disfrutadlo, cómo siempre.

Era de noche en el pantano. La oscuridad envolvía el mundo, convirtiéndolo todo en una sombra de la realidad. Los árboles alzaban sus ramas retorcidas hacia el cielo, tapando la luz de las estrellas con sus garras. En el agua, la luna brillaba como una solitaria esfera blanca perdida en una inmensidad negra y siniestra. Entre las hojas se oían los sonidos propios de un pantano: el zumbar, croar, ulular y reptar de miles de vidas desarrollándose al mismo tiempo.
Pero si se escuchaba con atención, se podían apreciar otros sonidos. Algo que podrían haber sido unas copas chocando, unos platos sirviéndose o unos cubiertos en pleno uso, si no fuera porque era totalmente ilógico que alguien cenara en mitad del pantano (a menos que fuera un caimán).
Y además estaba la música.
Deslizándose entre la bruma, llegaba el eco inconfundible de las notas de un piano. Era una melodía alegre y reconfortante, extraña en ese mundo tan oscuro. Era una música que invitaba a seguirla allá dónde fuera, como una rata o serpiente amaestrada.
Cerca de esos ruidos, brillaba una luz antinatural, que acuchillaba la oscuridad con sus tonos verde, azul y rosa, dejando el fantasma de una sombra multicolor. Los reflejos que quedaban en el agua eran como pequeños arco iris atrapados en el fondo de ésta. Ahí la música sonaba más fuerte y parecía que el líquido danzaba a su ritmo, lleno de vida y color.
No muy lejos de allí, estaba el origen de todo: una flor de nenúfar gigante, del tamaño de una casa de dos pisos, alzándose en mitad del pantano. Y era extraño, porque normalmente los nenúfares no crecían tan grandes, ni ya puestos, tenían ventanas y puertas, ni música ni ruido saliendo de ellas. Ni tampoco llevaban grandes carteles de neón clavados en el techo. Pero esta flor en particular tenía todo eso, y el cartel, con letras de trazos elegantes y limpios, refulgía en varios colores. Y anunciaba el nombre del sitio: el 
Nenúfar Café.

nenufar

El Nenúfar Café era el local más animado de toda la ciénaga, la joya oculta del pantano, dónde sus habitantes podían saciar su sed y apetitos de todo tipo. Tenía una barra de bar, un restaurante, un escenario dónde una banda de músicos hacía sus maravillas y hasta una pista de baile en el piso superior.
La clientela no podía ser de lo más variada: la evolución (o los residuos mágicos, dependiendo de con quién hablaras), habían dotado de inteligencia a los animales del pantano. Ranas y sapos, cocodrilos y caimanes, moscas y otros invertebrados habían crecido a tamaño humano, creando su propia civilización desapareada. Y todos los que tenían dinero (hay algunas cosas que no cambian en la civilización, sea cual sea la especie), acudían al Nenúfar Café para pasárselo bien.
Aunque muchos de ellos también venían por la bebida, cuya variedad parecía infinita. Fueran cuales fueran tus gustos en cuestión de líquidos, en la barra encontrarías lo que buscabas. Se servían desde grumos viscosos y llenos de babas, hasta selectos cócteles de receta, preparados con maestría y rapidez por el maravilloso barman.
En el restaurante, habían varios menús para los carnívoros, herbívoros o para los que comían cualquier desecho orgánico. “Estofado de moscas con musgo”, “Combinado de plantas de la casa” y “Sufflé de excrementos con guarnición de barro” eran de los platos más demandados.
Aquella noche en concreto era bastante ajetreada. Las moscas zumbaban impacientes en la barra, quejándose animadamente de las adversidades de la vida cotidiana. Bajo los focos del escenario, una serpiente de voz susurrante y seductora cantaba una suave melodía, acompañada por una banda musical de caimanes. En la pista de baile, una pareja de jóvenes caracoles practicaban un lento y harmonioso baile, lleno de ternura y romanticismo. Por allí dónde pasaba el dúo, la gente dejaba de bailar y se los quedaban mirando. Quizás fuera la pausada y enternecedora cadencia de sus movimientos lo que volvía a la gente anonadada… O más probablemente fuera el rastro de babas que segregaba la feliz pareja a medida que se deslizaba por toda la pista y que hacía que bailar por ella fuera como patinar sobre hielo. Si el hielo fuera alguna vez viscoso y de color ámbar.

Y en mitad de todo aquello, se encontraba Sally, la camarera humana, haciendo su trabajo. Era joven, con diecisiete años de edad, de cabellos negros y ojos color verde. Su belleza hubiera sido la envidia de cualquier chica de ciudad, brillando como un faro entre la gente, pero entre aquel tumulto de criaturas y bichos apenas destacaba y parecía perdida y fuera de sitio. Aunque nada más lejos de la realidad. Ella estaba dónde siempre había querido estar y haciendo lo que más deseaba desde que había cumplido los ocho años: tener una vida normal.
Hacía solo un mes que había empezado a trabajar, pero ya era toda una profesional. Tomaba los pedidos con una sonrisa en la cara, bromeaba con los parroquianos conocidos y se ponía a charlar con los nuevos cuándo estos habían acabado de comer. Los clientes siempre se alegraban de su compañía y carácter amable, algunos hasta tal punto de darle propinas cuando se iban (las gentes del pantano tienden a tener pocos recursos y por ello son poco propensas a desprenderse de las cosas, y aún más del dinero).
El personal del Café también se había encariñado de Sally. Beetto, el barman mosquito, siempre tenía algún piropo preparado cada vez que pasaba cerca de su barra. Loddy, la cocinera rana, normalmente muy gruñona y antipática con todo el mundo, trataba a Sally con gran amabilidad, dentro de su carácter (lo que significa que le gruñía y aborrecía de una forma más cándida). Zanx, el propietario del local, un cocodrilo ambicioso y con talento para oler el dinero, no dejaba de repetir cuánto se alegraba de tenerla en el negocio y pese a su filosofía en contra de las propinas destinadas únicamente a los camareros, con ella solía hacer una excepción, porque en el fondo sabía que se lo merecía. Pero era con Werb, el camarero rana, con quién Sally se llevaba mejor. Juntos formaban un buen equipo de trabajo, eficaz y dinámico, y lo más importante es que ambos disfrutaban con ello.

ranita

En aquel momento, pese a ser una noche bastante ajetreada, los dos pudieron encontrar unos segundos en los que descansar de sus labores y charlar un rato, sentados cerca de la puerta hacia la cocina.

-¿Cómo lo llevas? -le preguntó Werb a Sally-.
-Por el momento todo normal -contestó ella-. Una señora caimán ha roto la silla que tenía atrás al mover la cola, después he tenido que limpiar las babas de dos caracoles en la pista de baile y luego un bebé mosca casi me vomita encima. Ha ido de un pelo, pero pude esquivarlo en el último segundo. ¿Y tú?
Werb dio un resoplido y señaló hacia una mesa.
-¿Ves esa rana de ahí? -dijo-. Lleva toda la cena pidiéndome que le cambie el plato por cualquier absurda razón -se puso a imitar una voz de mujer anciana, muy ronca y enfadada-. “Aquí hay poca boñiga”. “Aquí hay demasiada”. “Estas moscan están muy poco frescas”. “Estas algas no están muy maduras”. “Este barro no sabe a barro”… -dió otro resoplido y murmuró para sí-. Malditos nobles…

Antes de avanzar, debemos aclarar una cosa sobre la sociedad en el pantano. Existen dos clases de anfibios evolucionados: los nobles y los vulgares.
Los anfibios nobles, según dicen ellos mismos, provienen de una versión mejorada de los humanos, pues son capaces de respirar bajo el agua y de pensar al mismo tiempo. Alegan que sus familias tienen parentescos muy lejanos con los Reyes del Este, los Señores de las Praderas que vinieron a conquistar el nuevo continente, pero que acabaron transformados por la contaminación mág… Quiero decir, la evolución natural, obviamente. Ese linaje real y sus acaudaladas fortunas les dan el derecho a gobernar por encima de los demás y a salirse casi siempre con la suya.
En cuanto a los anfibios vulgares… Son básicamente iguales a los otros, salvo por una importante diferencia: estos últimos no son nobles. Según el punto de vista de la realeza, son considerados simplemente como “ranas grandes”, sin otra función que ejercer el trabajo que ellos delegan por derecho. En general, se les puede considerar buena gente, siempre y cuando se queden en su sitio y hagan bien su trabajo, sin rechistar mucho ni alzar la cabeza del suelo. No tienen la culpa de haber nacido pobres y plebeyos, pero eso no quiere decir que haya que respetarlos igual que a la gente decente…
Inevitablemente, estas ideas hacen que los anfibios nobles traten con desprecio y arrogancia a los vulgares, amparados por su poder y dinero; mientras los plebeyos lo único que pretenden es llevar una vida sin prob
lemas ni rencillas, ejerciendo su trabajo lo mejor que pueden y bebiendo un trago de vez en cuando.
Como ya he dicho antes, hay algunas cosas de la civilización que no cambian nunca, sea cual sea la especie.

-No se lo tengas en cuenta -intentó tranquilizarlo Sally-. Es el dinero, que vuelve loca a esta gente.
-El problema no es lo que dice, sino la forma en que me mira -siguió diciendo Werb, bastante irritado-. Me dan ganas de arrancarle los ojos de cuajo y servírselos en la sopa, a ver si también se queja.
-Seguramente sí -respondió ella con tono desenfadado-. El sabor sería horrible.
Ambos rieron y a partir de ese punto empezaron a hablar de cosas más triviales y alegres.

Pasó más de una hora hasta que terminó el turno de Sally. Entonces ella salió por la puerta trasera de la gran flor, allí dónde las luces del cartel apenas llegaban de rebote. Flotando cerca de la puerta, unos bloques de madera atados entre si servían de improvisado muelle para atracar una pequeña barca, la suya.
Cómo la mayoría del personal del café llegaba nadando, volando, o arrastrándose viscosamente por las ramas de los árboles, nadie necesitaba usar una embarcación para llegar hasta allí. Hasta que llegó Sally. Por eso, al contratarla, el propietario Zanx había hecho construir a toda prisa aquella chapuza de muelle. Un descuido o una caída torpe por la húmeda madera enviarían a la joven camarera a probar la hermosura del río en primerísimo plano.
Pero nada de eso preocupaba a Sally, mientras metía un remo en el agua y sacaba su embarcación del pequeño muelle, siguiendo la corriente del río. A ella no le importaban los inconvenientes. Podrían haberle quitado el muelle y no se habría quejado. Podría haber tenido que venir saltando de liana en liana y no habría dicho palabra. Podría haberle tocado limpiar y fregar los lavabos del restaurante y no se habría lamentado. Estaba agradecida, pues tenía todo lo que necesitaba allí: un trabajo, amigos, una vida sencilla… Y lo mejor de todo era que…
Chop. Chop. Chop.
Sally oyó un ruido que interrumpió bruscamente sus pensamientos.
Chop. Chop. Chop.
Era un chapoteo ininterrumpido, como si alguien estuviera removiendo…
Chop. Chop. Chop.
…Frenéticamente el río con una pala de madera.
Miro alrededor, buscando la fuente del sonido, pero apenas veía nada a la luz de la luna. Sólo una roca, un nenúfar, una libélula, otra roca, un par de manos hundiéndose en el agua…

Tras sacarlo del río con la ayuda del remo, el casi-pero-no-ahogado resultó ser un muchacho joven, poco más de dieciséis años.
-¿Estás bien? -preguntó Sally al extraño.
Como respuesta, recibió una serie de toses aguados.
Sally se fijó mejor en su invitado inesperado. Iba muy bien vestido: gabardina, botas, camisa, todo muy muy elegante, muy muy llamativo, (y en ese instante también muy muy húmedo). Observando sus facciones podría hasta considerársele atractivo, si no fuera porque en ese momento estaba tosiendo y escupiendo más agua que una fuente.
Una vez dejó de expulsar agua y calmada la tos, el chico se quedó mirando a Sally, como si esperara que hiciera algo. La muchacha, que no estaba muy familiarizada con eso de rescatar a gente en mitad del río, no entendía muy bien qué estaba pasando y por eso permaneció callada hasta que el joven dijo con cierto tono de fastidio:
-¿Y bien?-.
-¿Y bien qué? -preguntó la camarera tras unos segundos de confusión.
-¿No es evidente? Estoy completamente empapado -respondió el muchacho con impaciencia-. Haz el favor de irme a buscar algo para secarme, bonita.
En ese momento Sally se quedó muda de asombro. Tras unos segundos en los que la ira disipaba la confusión consiguió decir:
-Perdona, pero…
-¿Es que no me has oído bien? -le interrumpió el chico-. ¡Vamos, tráeme una toalla, un albornoz, lo que sea!
-Escucha yo…
-¡Mira estúpida -exclamó, poniéndose de pie en el bote-, si no me traes ahora mismo lo que quiero te juro que…!
Pero no pudo jurar demasiado, porque un remo aterrizó directamente en su cara. El impacto le devolvió amablemente a su asiento y le ofreció la visión de numerosas estrellas danzando sobre su cabeza. Tras la confusión, empezó a gritar de nuevo:
-¿¡Cómo te…!?
Pero Sally le hizo callar, poniéndole el remo a escasos centímetros de la cara.
-Antes de que continúes… Perdona, ¿cómo te llamas?.
-Vincent -respondió de mala gana el chico-.
-Muy bien, Vincent, -continuó hablando Sally, con una voz calmada y fría como una tormenta- déjame recordarte un par de cosas. Uno: fui yo quién te sacó del río cuando te estabas ahogando, por lo que deberías mostrarte al menos un poco agradecido de que haya malgastado mi tiempo salvando tu condenada vida. Y dos: con la misma facilidad con que te subí a mi bote pudo echarte de él, así que si no quieres hacer compañía a las sanguijuelas y a los peces, más te vale que no oiga ningún comentario negativo. ¿Entendido?

El muchacho no dijo nada, sólo se quedó mirándola con el ceño fruncido. Finalmente asintió solemnemente, mientras se frotaba la mejilla, que aún estaba al rojo vivo.
-Yo me llamo Sally, por cierto -añadió en un tono que intentaba ser más amable.
-Encantado. -dijo Vincent con voz pastosa a causa del golpe. No se podía apreciar muy bien si lo decía con sarcasmo o no-. Gracias por salvarme.
-No hay de qué -repuso mientras se sentaba-. Bueno. ¿Y que hacías en mitad del río, aparte de tragar mucha agua y hundirte?.
El chico le lanzó una mirada asesina, pero respondió de todos modos:
-Intentaba llegar al otro lado.
-¿Cómo? ¿¿Nadando?? -exclamó Sally, muy desconcertada-. ¡Pero si estamos en el punto más ancho del río! Hay más de un kilometro de distancia entre las dos orillas.
Lo sé, lo sé. Si estuviera en mi forma original lo podría haber hecho. Podría haber nadado de una punta a otra hasta de espaldas… Pero estas manos y estas piernas no son nada eficientes para nadar.
-¿Qué quieres decir? -preguntó la camarera, cada vez más extrañada.
Vincent suspiró.
-Verás, resulta que soy un noble…
-Eso ya lo he deducido -le interrumpió Sally, entre orgullosa y bromista-. Más que nada por la forma en la que tratas a la gente y…
-No -continuó Vincent, algo alterado- lo que quería decir es que soy un noble sapo.
El silencio se expandió sobre el agua, como las ondas que deja una gota al caer sobre su superficie.
Sally fue la primera en romperlo:
-¿Cómo…?
-De camino hacia aquí me encontré una bruja -empezó a relatar el muchacho-. Tuvimos una… Pequeña discusión. El caso es que la cosa fue creciendo… Y al final ella me convirtió en humano.
-¿Una bruja? -la preocupación de la muchacha era transparente-. ¿Cómo era? ¿Era baja y delgada? ¿Llevaba un gran sombrero negro, un cuervo en el hombro y una verruga en la nariz?
Vincent frunció el ceño del esfuerzo por recordar:
-Pues… No. Era baja sí, pero nada de delgada, te lo aseguro. Llevaba el pelo recogido en un moño, un gato en brazos y no tenía verrugas, que yo recuerde.
Sally suspiró de alivio. Al menos no era “ella”. Eso simplificaba un poco las cosas.
-Creo que puedo ayudarte -anunció a Vincent, levantándose de su asiento y empujando la embarcación con su remo-. Conozco a esa bruja. Se llama Leylit. Se le da muy bien maldecir a la gente y eso, pero en el fondo es buena cuando la conoces.
-Estupendo -dijo el chico, con la esperanza brincando como loca en su garganta-. ¿Y hasta sabes dónde vive?
Ella torció la boca en un gesto indefinido.
-La verdad es que no. Eso es lo complicado. Resulta que Leylit cambia con frecuencia el sitio en el que vive. Ella no es esas que se quedan plantadas en un sitio durante mucho tiempo, ¿sabes?
-Genial -suspiró Vincent, nada aliviado -. ¿Y cómo la encontraremos?
-Primero iremos a ver a otra bruja, Gerdru. Ella sabrá por dónde anda Leylit.
-¿Y tu crees que nos ayudará así por las buenas, esa Gerdru?
-Más le vale hacerlo. Es mi madre y si se niega, no tendrá a nadie con quien compartir el ganso de los jueves.

CONTINUARÁ

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Un comentario en “Capítulo 68: La bruja, el sapo y la camarera (I)

  1. Como siempre me encanta. Ya sabes que ultimamente no estoy muy centrada y hablamos poco… Me toca a mi cuidar de la casa y todo. Pero aun no tener tiempo para hablar contigo si pienso en ti. Te ciero! Sigue asi artista

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