Capítulo 66: La princesa sin sonrisa

Érase una vez, hace mucho, mucho tiempo, en un reino muy y muy lejano, una princesa que no sabía sonreír. Su nombre era Lilia y ya desde que no era más que un bebe, su rostro no había conocido la dicha. Siempre tenía en sus pequeños ojos la mirada distante y su cara redonda y sonrosada era inexpresiva, pero a pesar de eso casi nunca lloraba, ni tampoco reía como los demás niños. Se quedaba quieta, mirando fijamente a todo.

Sus padres, preocupados, llamaron a todos los médicos, brujas y hechiceros del reino, pensando que quizá una enfermedad, conjuro o maleficio era lo que la hacía tan desgraciada. Pero todos ellos tras examinarla minuciosamente, hacerle pruebas, análisis y exorcismos, no encontraron nada que explicara su falta de alegría.

Cuando creció, sus padres trataron de hablar con ella, para ver qué era lo que la afligía. Pero ella no sabía qué responder y les decía simplemente que no encontraba nada en el mundo que la hiciera sonreír.

Entonces, trataron de hacerle ver las cosas buenas que tenía en su pequeña vida.

Su padre, la llevó hasta un balcón que ofrecía una vista maravillosa de las tierras del reino.
-Observa Lilia -le dijo-. Todo este precioso y próspero reino pertenece a nuestra noble familia. Y algún día, cuando crezcas, lo reinarás cómo a ti te parezca justo y necesario. Tienes la suerte de estar entre la nobleza, de pertenecer al círculo de mayor poder e influencia entre los hombres, de poder regodearte con otros reyes, reinas, príncipes y princesas. La oportunidad de entrar en los libros de historia. Muy poca gente podía llegar a decir eso en su vida. ¿No te parecen suficientes motivos para sonreír? -le preguntó al final-.

Lilia se quedó un rato callada, pensando, pero se volvió a su padre y le dijo:

-Lo siento mucho, padre, pero ninguna de esas cosas me hace feliz – y volvió a entrar en casa.

Su madre, la llevó a pasear al jardín, dónde la abrazo por detrás y le susurró al oído:
-¿Qué te ocurre mi pequeña? ¿Porqué no puedes sonreír? Tienes una familia que te quiere, una casa donde dormir, una salud de hierro, fortuna para tu futuro… No todos tienen la misma suerte que tú, es cierto, hay mucha desgracia en el mundo. Pero aún así la gente sonríe y sigue adelante, día a día, para forjar el futuro con orgullo y valor. Si ellos pueden sonreír, ¿porqué no tú? -le preguntó al final-.

Lilia se quedó un rato callada, pensando y le dijo:

-Lo siento mucho, madre, pero ninguna de esas cosas me hace feliz -y se apartó del abrazo de su madre, volviendo a su casa.

Su abuela, le habló mientras le peinaba la cabeza, delante del espejo.
-Oh, Lilia… -le dijo-. Eres demasiado joven para no sonreír. Y demasiado guapa, también. Debes aprovechar los buenos momentos que te da la vida y sonreír. Porqué cuando seas tan vieja como yo, ya no te dará tantas oportunidades. Ahora posees el don más preciado: el tiempo. Tienes tiempo para elegir tu futuro, para decidir quién quieres ser, para seguir tu camino. Y no deberías pasarlo sin sonrisas, porque sino no valdría la pena recorrerlo. ¿Qué me dices, tesoro? -le preguntó al final-.

Lilia se quedó un rato callada, pensando, miró el reflejo de su abuela y le dijo:

-Lo siento mucho, abuela, pero ninguna de esas cosas me hace feliz -y bajó la cabeza, para que la siguiera peinando.

-Bueno, -le dijo su abuela-. Entonces solo tienes que encontrar esa cosa te haga feliz, no? -le dijo con alegría-.

Y sus padres pusieron todo su empeño en encontrar algo que la pudiera hacer sonreír. Contrataron a los mejores artistas: acróbatas, músicos, malabaristas, payasos, magos, hechiceros, pirotécnicos, trovadores, narradores, actores, domadores, bufones, titiriteros, bailarines. Cada día era un espectáculo, cada noche una verbena. Pero nada de eso la hacía sonreír.

Le daban regalos y besos, le contaban chistes e historias, le hacían cosquillas y masajes, le dedicaban poemas y canciones,  le hacían cantar y tocar, le organizaban fiestas y banquetes… Pero nada de eso la hacía sonreír.

Pasó el tiempo, y la niña Lilia creció, hasta convertirse en mujer. Una mujer bella, esbelta y elegante, pero que aún no había encontrado nada por lo que sonreír. Hasta que llegó su decimo-octavo día de aniversario.

Sus padres organizaron una gran fiesta, como cada año. Allí asistían nobles de todas partes del mundo, que hablaban, reían y bailaban mientras la orquestra tocaba de fondo una musica suave y dulce. Lilia estaba en el centro de todo aquello, pero a la vez apartada, pues aunque era flamante y bella, su inexpresividad hacía incomodar a la gente. Estaba paseando su mirada por la sala, cuando sus ojos se detuvieron en un joven príncipe.
Y por primera vez, sintió un atisbo de alegría, una pequeña chispa de nada, pero que, en su corazón tan vacío, prendió como si fuera un incendio. Se vio a si misma cruzar el salón, plantarse delante del príncipe y pedirle que la sacara a bailar, sin saber muy bien porqué, pero con ganas de averiguarlo.
El príncipe, con una reverencia cortés, le cogió de la mano y empezó a danzar con ella. Algo extraño pasaba. A pesar de saberse una negada en el baile, los cuerpos de Lilia y su acompañante se movían en perfecta sincronía, con elegancia y fluidez.

Estuvieron danzando durante muchas horas, o quizás unos pocos segundos, y cuando estuvieron cansados, salieron al jardín a dar un paseo. Y sentados en la hierba, en un lugar apartado, empezaron a hablar: de sus vidas, de sus historias, de sus recuerdos, de sus sueños. Lilia nunca había hablado tanto con nadie. Era raro y agradable. Era un sentimiento nuevo y confuso.

De pronto, sintió ganas de besarlo. Ella, que nunca había deseado o anhelado nada, se dejó llevar. Cuando sus labios se tocaron, su corazón prendió como una mecha, su mente se elevó como un cohete, llevándola a lugares que nunca había imaginado. Así era el amor que sentía. Y dejo que la pasión de sus jóvenes cuerpos se desatará, desbordando la realidad, haciéndolos eternos y vivos.

Y fue allí, sobre la hierba del jardín, con él dormido entre sus brazos, dónde Lilia sonrió por primera vez. Era una sonrisa tan brillante como una supernova, tan cálida como un día de verano, tan fresca como una rosa… Pero por desgracia, no había nadie cerca para verla, sólo la luna, que ya conoce el final de todas las historias.

A la mañana siguiente, el príncipe partió a su reino de origen, despidiéndose acaloradamente de Lilia y prometiéndole que se volverían a encontrar. Ella a su vez, le prometió que le escribiría un montón de cartas y que esperaría sus respuestas con impaciencia.

Lilia cumplió su palabra y le envió una carta siempre que podía, siempre que tenía algo que contar, siempre que le echaba de menos. Estuvo casi un mes escribiendo cartas, esperando ansiosamente una respuesta, saboreando el momento de su reencuentro.

Cuando finalmente llegó la tan esperada carta, no fue como ella esperaba. A cada palabra que leía se sentía peor. Cuando acabo de leerla, se hizo un ovillo y hecho a llorar. Su príncipe había dejado de ser suyo, para pasar a ser el de otra. Se sentía traicionada y sola, estúpida y engañada. Habían roto su amor en mil pedazos, al igual que sus sueños.

Estuvo en cama dos meses, sin ánimos de salir de la habitación, a veces llorando por su pena, otras mirando a la nada durante horas. Todos los que la conocían se sentían angustiados: antes su expresión solo era vacía y hueca, pero ahora era una máscara de dolor y sufrimiento. Las sirvientas salían y entraban rápido de su habitación para no tener que verla y sentir ellas su misma pena.

Después de dos meses, llegó una nueva empleada al castillo, una mujer de mediana edad, algo baja y regordeta, que vino a sustituir las sirvientas de la princesa. Entro en la habitación, con unas sábanas limpias en las manos y una sonrisa en la cara, cuando vio a la princesa y le dijo:

-Vaya, qué cara tienes, corazón. ¿Te ocurre algo?- preguntó, sin pensar con quién estaba hablando.

Lilia contestó, con una voz áspera de llanto y falta de uso:

-Él me engañó. Se fue con otra. He perdido lo único en el mundo que me hacía feliz…- dijo ella.

Tras escucharla con atención, la sirvienta empezó de pronto a reírse. Pero no era una risa cruel y fría, sino cálida y contagiosa. Y sin saber cómo ni porqué, la princesa empezó a reírse también. En ese instante desaparecieron los dos últimos meses de su mente, todos los malos momentos, toda la amargura y el rencor, dejando solo la risa.

-¿Lo ves pequeña? -dijo la sirvienta, sentándose en la cama, al lado de Lilia-. Nadie puede arrebatarte la felicidad, porque es siempre la llevas contigo, aunque no puedas verla. No es algo que debas buscar fuera, sino dentro de ti misma.

Así fue como la princesa se olvidó de su estúpido y egoista príncipe y enterró la pena que llevaba dentro. Y desde ese día, a Lilia nunca más se la volvió a ver triste. Siempre exhibía una sonrisa cálida como el fuego, radiante como el sol, hermosa cómo ella misma.

FIN

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3 comentarios en “Capítulo 66: La princesa sin sonrisa

  1. Por desgracia no todos los príncipes son tan fáciles de olvidar… Los que se convierten en sapo a veces vuelven dando saltos a tu mente, sacandote la lengua y de tus casillas.. La felicidad se agota y te deja sin fuerzas por mucho que busques dentro de ti… No se puede buscar nada de donde no hay nada mas que dolor…

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    1. Pues sácale tú la lengua al sapo. O pon una bomba en su lengua y cuando la recoja… ¡BOOM! (Debo dejar de leer comics de Mortadelo por la madrugada…)
      ¿Cómo puede acabarse la felicidad? No es más que una emoción, una reacción química guiada por el cerebro. ¿Acaso has perdido el cerebro?
      La felicidad siempre está ahí, aunque a veces nos cuesta encontrarla o huye de nosotros con facilidad. Pero tiempo al tiempo y todo llegará a su momento 😉 (Que rimas me salen…)

      PD: Admitiré, no obstante, que el final del cuento ha sido un poco precipitado. Lo siento.

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