Capítulo 61: ¿Dónde está Joe?

Siento haberme excedido otra vez con un relato tan largo. Pero creo que merece la pena, con tal de que os llevéis una sorpresa.

-¿Dónde está Joe?-, preguntó Mike a la distraída multitud.

No era una pregunta muy acertada, primero de todo, porque nadie le estaba escuchando. Todo el mundo disfrutaba alegremente de la fiesta, lo que viene a significar que todo el mundo se emborrachaba, reía y se despreocupaba del mundo más allá de la bebida.
Segundo, porque aunque alguien hubiera estado lo suficientemente atento o sobrio para escucharle y  a pesar del volumen que el alcohol le proporcionaba a Mike, no hubiera oído más que la música reggae que retumbaba por toda la casa y hacía mover los cuadros de sitio.
Y tercero, porque posiblemente nadie aparte de él conocía a Joe por su verdadero nombre. Joe tenía tantos apodos que era fácil olvidarse de quién era: “El Bola”, “El Grasas”, “La Masa”, “La Apisonadora”, “El Traga-platos”, “El Engulle-bollos”, “El Zampa-Grasas”, “La Máquina de Comer” y su favorito: “Gran Tarta de Carne”. Todos esos apodos tenían una história detrás, siempre divertida y la mayoría de veces humillante para Joe. Por supuesto, la mayoría eran mentidas exageradas y chismorreadas al extremo, aunque eso a él no parecía importarle.

-La fama es la fama, aunque sea una tan penosa y tan sucia -decía Joe.

En cambio a Mike, bajo, flaco y con gafas, nadie le recordaba por ningún apodo ni nombre. Solo era el amigo de Joe. Como en el colegio, pasaba entre la gente como si fuera una sombra, sin llamar la atención ni ser visto, escuchando fragmentos de las conversaciones.
-… Entonces él dice: “¿Que ha pasado aquí?”. Y va el poli…

-¡Será imbecil! No me coge el telefono por mucho que…!

-… De verdad?

-Sí sí. Está en Youtube. Como un loco, gritando y…
-… Yo de ti esperaría un poco y hablaría con él…
Sigo avanzando, aferrándose a lo poco que quedaba de su cerveza como si de un talismán se tratara, hasta llegar a Carl, el organizador de la fiesta y propietario -al menos por herencia genética- de la vivienda. Estaba sentado en la cocina, tomándose su bebida en un vaso largo y charlando con un par de chicas, una morena, otra castaña, altamente atractivas y, a juzgar por sus caras y su sonrisa tonta, altamente alcoholizadas.
-Hola Carl- gritó Mike en un tono que esperaba que fuera el adecuado-. ¿Has visto…?

-¡Hombre! ¿¡A quién tenemos aquí!? – dijo éste abriendo los brazos, como si se hubiera reencontrado con su hermano perdido. Le dio un puñetazo juguetón en el codo y continuó dirigiéndose a las chicas-. Damas, este es mi buen amigo…
-Mike -dijo éste dándose por aludido.
-Hola Mike -dijeron las chicas al unisono, con sus dulces voces mezclándose como la nata y la miel. Mike agachó la cabeza. No estaba acostumbrado a tener contacto con la gente, y mucho menos con gente del sexo femenino. Tanta atención dirigida sobre él le desconcertaba y turbaba.
-Bien, Mike- continuó Carl-.  ¿Qué buscas? ¿Más cerveza? -se respondió a si mismo-. Ese imbécil de Max ha ido a buscarlas… ¡Pero de eso hace ya una hora! No dónde se habrá metido… -dijo, exasperado-.
-Estaba buscando a Joe -dijo Mike- Lo perdí de vista cuándo fui al lavabo y ahora no lo encuentro.

-¿A quién?

-A Joe -repitió.
Carl parpadeó un par de veces.

-El Bola -añadió, al ver que no caía.
-¡Aaaah! Pues no, no lo he visto, tío.

-Bien, gracias -dijo Mike, resignado.
-Si te refieres a tu amigo rellenito, lo vi salir a tomar el aire afuera -dijo la chica morena, señalando con la mano.
-Oh. Muchas gracias -dijo Mike atropelladamente, volviéndose a internar entre la multitud.

Se sentía desorientado y confuso. No solo porque no encontraba una salida entre la marea de gente, sino también por hallarse en medio de esta. Casi nunca lo invitaban a las fiestas, y aún no llegaba a explicarse como Joe lo había convencido para que viniera. Supongo que porque aquello era mejor que estar en casa solo. Al menos allí había gente… Con la que también estar solo. Y conversaciones, tambien había muchas, confusas e incompletas:

– … Me ha mordido, no sé qué…

-… Dímelo otra vez. Dime que me quieres…

-…¿No se oyen muchas sirenas esta noche?
-Mientras no vengan aquí…
-… Tiene manía, te lo juro.
Al final, casi sin darse cuenta, Mike ya se encontraba en la calle, abrigado por la luz nocturna y el aire templado. Había bastante gente allí fuera, pues la ausencia de música favorecía las conversaciones sin que estas tuvieran que ser necesariamente a gritos. Pero no encontró a Joe por ninguna parte, solo unas cuantas parejas, algún que otro tipo orinando al lado de un árbol y a una persona que avanzaba tambaleándose por la calzada de un lado para otro. Quedaba muy claro que estaba borracho, pues al poco rato se dobló por la mitad y vomitó sobre las flores de la casa de al lado. Aunque el tipo después de eso se levantó y…

Se abalanzó gritando contra uno de los asistentes de la fiesta. Éste empezó a gritar también, exclamando insultos y blasfemias mientras intentaba quitárselo de encima. Pero su atacante le lanzó un mordisco al cuello, cortándole la carne y el músculo y dejándolo inconsciente en el suelo, envuelto en un charco de sangre.

Nadie dijo una palabra, nadie se movió. Todo el mundo se encontraba paralizado y mudo por el miedo. Aquel hombre llevaba toda la cara manchada de sangre, al igual que la ropa que llevaba. Pero lo peor eran sus ojos, blancos y sin pupilas que brillaban tenuamente a la luz de la luna. Alguien dio un grito. Y entonces todo cobró movimiento.

El primer hombre se abalanzó corriendo hacia otra presa, mientras su primera víctima se revolvía y convulsionaba en el suelo. La gente empezó a chillar y salir corriendo. Por la calle llegaron más gente que gritaba y corría, algunos tambaleándose, algunos no. El atacante ya estaba desgarrando con los dientes su segunda víctima. Mike no se lo pensó dos veces y se dirigió calle abajo, hacia su casa.

Las palizas en el colegio y una dieta equilibrada habían desarrollado enormemente la velocidad innata de Mike, por lo que  logró distanciarse rápidamente de aquella carnicería en que se había convertido la fiesta. Por la calle se encontró a gente, algunos simples curiosos que se quejaban del ruido, algunos con los ojos blancos brillando en la oscuridad. Pero él los esquivaba a todos y seguía corriendo.
Hasta que uno lo alcanzó. Era un hombre de mediana edad, con los ya típicos ojos sin pupila y la cara manchada de sangre. Llegó desde el lateral y se abalanzó sobre Mike, arrinconándolo contra la pared. Éste forcejeó un rato, tratando de apartarlo, hasta que se dio cuenta de que era inútil. Él que apenas tenía fuerzas para luchar contra nadie, nunca podría derrotar a ese monstruo sólo. Necesitaba un arma. Y la encontró justo en su otra mano.

Golpeó la botella contra la pared, rompiéndola por la mitad, y la clavó por el borde afilado sobre la cara de su oponente. Éste gritó y retrocedió unos pasos, llevándose las manos a la cara, aunque al cabo de nada volvió a por él. Pero esos segundos de ventaja habían permitido dejar escapar a Mike, ileso a pesar de todo.

Llegó hasta su casa, jadeando. El barrio dormía tranquilo, ajeno al caos del mundo, arrullado por la placidez del sueño. Al menos por el momento. Las flores de su jardín delantero, pálidas bajo la luz de la luna, parecían espíritus del bosque. Quizas guardianes benévolos, quizas almas en pena, pero ni una cosa ni otra presagiaba nada bueno.

Cruzó el porche, deteniéndose ante la puerta. Se giró para mirar atras: aún le perseguía aquel hombre, con la botella clavada en la cara, desde cierta distancia. Frenético, Mike buscó las llaves de casa, pero cuando las encontró, éstas se le cayeron al suelo. Intentó tranquilizarse, no pensar en el tipo con los ojos blancos que avanzaba tambaleándose por el jardín para matarlo y recoger plácidamente las llaves del suelo, tratando de que los temblores miedosos de sus manos no tiraran otra vez las llaves al suelo. Lo consiguió al segundo intento.

Ya estaba a solo dos pasos del porche cuando pudo meter la llave en la cerradura. Ya lo tenía casi encima cuando consiguió hacer girar la atascada cerradura. Y lo tuvo a diez centímetros de su brazo cuando rápidamente abrió la puerta, entró en la oscuridad del pasillo y cerró detrás de si, apoyándose en la sólida madera.

Hubo un golpe contra la puerta. Luego otro, más fuerte. Luego otro aún más fuerte. Mike creía oir la madera de la puerta partiéndose con cada envestida, pero siguió apoyandose en ella. Hubo otro golpe. Y luego otro. Y luego nada.

Mike se quedó aún recostado contra la puerta, tembloroso y confuso, hasta que tubo el valor de espiar por la mirilla. El hombre con la botella clavada cruzaba el jardín, mientras un grupo de jóvenes chicas iban por la acera corriendo y gritando como locas. Llevaban ropa ligera, maquillaje extremo y una cara de horror y miedo que no combinaba muy bien con su indumentaria. Supongo que esa noche se habían acabado las fiestas para todos.

Mike respiró aliviado, sabiéndose a salvo y milagrosamente ileso. Aunque no por mucho rato. Había que moverse, o el desastre se les echaría encima. Tenía que avisar a sus padres y esperar que de algun modo le creyeran, tratar de convencerlos para que se largaran todos juntos de la ciudad. Pues si se quedaban mucho tiempo allí, sería su final.

Subió deprisa por las escaleras, tratando de no caerse ni herirse en el intento. Se dirigió corriendo a la habitación de sus padres que a esa hora ya estarían más que dormidos. Se detuvo ante la puerta cerrada y cuando fue a tocar el pomo oyó un ruido detras de esta. No era el sonido que harían unos padres durmiendo. Ni tan siquiera si estaban despiertos. No era un sonido humano. Y solo podía significar una cosa.

-No, por favor, no -susurró.
Trató de negarlo, de creerse que solo se lo había imaginado, pero sabía muy bien que no lograría convencerse verdad. Que después de todo lo que había visto esa noche, todo sería mucho más real y terrorífico que nunca. Pero aún tenía trabajo que hacer.

Sabía muy bien donde guardaba papá su arma: detrás del armario del salón, en una cajita metálica. Tambien sabía utilizarla. Había practicado el tiro con su padre y unas latas en el jardín trasero, preparándose para las atracciones de la feria. Pero lo que estaba a punto de hacer no tenía ni punto de comparación.
Volvió a detenerse ante la habitación de sus padres, esta vez con el pistola cargada. Aunque él no se encontraba preparado para usarla. Ni de lejos. Pero era algo que tenía que hacer, por sus padres. Llevo la mano hasta el pomo y cruzó la puerta.

Allí dentro encontró a sus padres. O al menos, lo que hasta hacía unas horas eran sus padres. Pues los rostros deformes y llenos de sangre, con los ojos blancos sin pupila, que veía no tenían nada que ver con ellos. Se encontraban ambos atados a la cama mediante una cuerda hecha con sabanas, quizás el último acto cuerdo que pudieron realizar antes de convertirse en eso. Pensó que eso facilitaria las cosas, pero no fue así.

Tardó más de media hora en volver a salir de esa habitación, y otra hora y media más para abandonar la casa, cargando la mochila con todo lo necesario. En todo ese tiempo no vomitó, más que nada, porque estaba demasiado asustado para hacerlo. Se quedó parado unos instantes, frente a la puerta. Había gente gritando por la calle, pero se encontraban tan lejos de Mike como si fueran estrellas, sin llegar a entender su significado, sin llegar a tener sentido.
De pronto, una figura cruzó la acera y le devolvió a la realidad. Era corpulenta y avanzaba con paso errático, tambaleándose de un lado para otro. Tenía con los ojos blancos y la camiseta naranja manchada de sangre y se dirigía directamente hacia él.
Mike no lo dudó: en cuanto este cruzaba la puerta del jardín y lo tubo a tiro, disparó el arma de su padre, directo a la cabeza. No falló: la cara de aquel tipo estalló como una sandía con un mazo. El color de la sangre le trajo recuerdos de lo que había pasado en la habitación, llenándole la garganta de bilis, pero intentó sobreponerse. Si tenía intención de sobrevivir, debería hacer esto más de una vez, y no podía permitir derrumbarse a la primera.

Se acercó al cadaver de su jardín y se fijó en la camiseta naranja que llevaba. No lo había visto hasta entonces porque le tapaba la sangre, pero el dibujo era inconfundible. Se agachó al lado del cuerpo sin cabeza y le dijo:
-Siento haber tardado tanto en encontrarte, Joe.

FIN (Sí, FIN)

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