Capítulo 59: Juliette in Madnessland (Caída)

Os aviso. Este es un relato mucho más macabro que cualquiera que haya escrito antes. Mucho. No es un cuento de hadas ni nada parecido. Hay sangre, vísceras, engendros deformados y mucho, mucho gore. Dicho esto, os dejo con una cita del joker y el trailer del relato (que me ha costado tanto o más que el cuento en si). Y como siempre, espero que lo disfruteis. 😀

La locura es como la gravedad, solo hace falta un pequeño empujoncito.

El Jocker

Juliette in Madnessland (Julia en el País de la Locura)

Parte 1 – Caída

Hacía un día precioso. El cielo azul sin nubes llenaba el horizonte de una punta a otra, el viento primaveral hacía mover los tallos de hierba como si fueran las olas de un mar verde y el sol de media tarde se filtraba entre las copas de los árboles, bajo los que Julia paseaba.

Su larga cabellera oscura ondeaba tras de ella como una capa, mientras sus ojos azules vagaban distraídos entre raíces y hojas. A sus 15 años, no podía llegar a ser más bella ni pura, sin una preocupación en la cabeza, sin una duda en su corazón. Caminaba distraídamente, con la mente en las nubes, cuando un conejo se cruzó en su camino.

Era un ejemplar enorme, al menos el doble de grande que la mayoria de conejos que había visto en su vida, y tenía el pelaje tan blanco como la nieve. Julia detuvo su camino un momento, observando aquel animal, preguntándose si podría acercarse lo suficiente para tocarlo, cuando el conejo notó su presencia y se volvió hacia ella.

Pero no se giró y huyó como la mayoría de conejos, sino que se quedó parado, observándola fijamente. Julia notó algo extraño en ese conejo. Aquella no era la mirada de un animal huidizo y asustado. Aquella era la mirada de un observador paciente y tenaz. Aquellos ojos negros la contemplaron sin pasión ni miedo, a la vez que con curiosidad y frialdad. No sabía decir porqué, pero eso la inquietaba.

Estuvieron así parados casi un minuto, hasta que de pronto, el conejo salió corriendo entre los árboles. Ella se quedó dudando un momento y se puso a perseguir al animal.

No sabía muy bien lo que estaba pasando, pero la curiosidad de comprender aquel extraño ser la empujaba más y más en lo profundo del bosque. Seguía su silueta blanca, que iba apareciendo y desapareciendo entre los árboles como si fuera un fantasma. A Julia no le importaba el camino que dejaba atrás, pues confiaba en su ingenio y memoria para orientarse en el camino de vuelta, y siguió adentrándose en el corazón del bosque.

Poco a poco, los árboles fueron volviéndose cada vez más retorcidos, dibujando grotescas formas con sus ramas y creando un ambiente tétrico y misterioso. El conejo seguía apareciendo y desapareciendo de su visión, casi como si la estuviera guiando a su destino. Cada vez estaba más cerca. Ya casi lo podía tocar. Solo faltaba girar aquella esquina y…

De pronto el conejo dejo de aparecer y Julia vio que se encontraba en un callejón sin salida. Los árboles de aquella zona crecían muy juntos los unos de los otros, formando un muro de raíces y ramas que impedían el paso a cualquier persona o animal. Y no había ni rastro del misterioso conejo.

Estaba a punto de recorrer el bochornoso y decepcionante camino de vuelta, cuando de pronto oyó un susurro tras de si. Se giró. No había nadie, solo el bosque y nada más. “Habrá sido el murmullo del viento” se dijo, cuando se fijó en un árbol que había cerca. Era muy grande y sólido, bastante más de lo habitual. Tenía la corteza de color gris, como a ceniza, y en el centro del tronco había una grieta muy ancha y profunda: un gran agujero tan amplio como una persona que se extendía por todo el árbol formando el dibujo de una telaraña.

Julia se acercó al tronco y se asomó por la grieta. No vio más que sombras y oscuridad, el hueco del árbol parecía no tener fondo. El negro infinito lo cubría todo, tapando cualquier tipo de luz. Parecía extraño pensar que unos segundos antes su cabeza estuviera en un bosque lleno de sol.

Volvió a oír un murmullo, otra vez detrás suyo. No le dio tiempo a girarse que notó como unas manos a su espalda la empujaban.

Julia perdió el equilibrio y resbaló hacia adelante. Agarró a una rama del árbol para evitar precipitarse, pero ésta era demasiado delgada y se partió bajo su peso, dejándola caer por la grieta. Con un grito mudo en su garganta, descendió por el abismo, mientras en la superficie oía una risa infantil, cruel y malvada al mismo tiempo. Y entonces la oscuridad la engulló por completo.

Cuando volvió a estar consciente, Julia se halló tendida sobre el suelo. No recordaba como había llegado allí, pero tenía todo el cuerpo dolorido y su cerebro parecía dar vueltas en su cráneo. Se levantó con lentitud, tratando de hacerse el menor daño posible. Miro alrededor para situarse y notó que algo extraño estaba pasando…

El bosque donde se encontraba hacía solo un momento había desaparecido por completo, dejando en su lugar un páramo estéril y sin vida. La tierra era áspera y arenosa, sin un hierbajo, matojo o vegetal en ella, solo rocas, piedra y arena. A lo lejos parecía distinguirse la negra silueta de unas montañas y nada más.

Pero había algo que la inquietaba enormemente: si bien la tierra y la arena tenían el color habitual, Julia notó que parecían teñidas de rojo, como por la luz de un foco. Se frotó los ojos, incrédula, pero nada cambió: todo a su vista era de un tono bermellón, incluso la oscura sombra de las montañas.

Entonces se fijó en el cielo y vio con horror que también era de color rojo. Pero no era el típico rojo del atardecer, que tanto inspira a poetas y amantes y que tan romántico parece. No, aquel cielo era del color de la sangre, de las vísceras, del fuego intenso. Y en ese techo de muerte, brillaba un sol púrpura y oscuro.

“Donde estoy?” se preguntó Julia. “Como he llegado hasta aquí?”. No había ni rastro del árbol color ceniza por los alrededores. Ni tampoco del conejo que la había traído hasta aquí. Y ya puestos, no había ningún rastro de vida en aquel lugar. Estaba en mitad de ninguna parte, completamente confusa y perdida. Miro en todas direcciones, buscando alguna manera de orientarse, pero el paisaje se repetía una y otra vez en círculos: tierra, rocas, montañas. Tierra, rocas, montañas. Tierra, rocas, montañas. Tierra, rocas, montañas.

De pronto se fijó bien y vio que, lo que había tomado por una franja de montañas era en realidad un grupo de casas de piedra, cuyos tejados parecían tomar la forma de las montañas del fondo. Y estaba a no más de cien metros.

Julia se quedó un rato pensando. Civilización. En aquel peculiar sitio había gente. Quizás alguien que pudiera ayudarla. Y aunque a Julia no le gustaba tratar con extraños, siempre era mejor eso que quedarse quieta y no hacer nada, así que se fue hacia allí.

Llego al pueblo y se encaminó por una de las calles, observando los edificios. Eran sencillos, hechos enteramente de piedra, pero si bien estaban bien construidos y parecían estar bien conservados, las proporciones eran algo asimétricas. No había dos casas iguales: una tenía el tejado torcido, otra solo la puerta, otra la casa entera, una tenía la puerta de entrada tan grande que llegaba hasta el techo, en otra ésta era tan minúscula que apenas habría entrado un perro, a una le faltaba una pared, a otra parecía que le sobraban…

Y todas ellas estaban distribuidas sin un orden aparente, como alguien hubiera diseñado los planos de la ciudad a partir de una torre de naipes derruida. Las calles hacían recorridos extraños, zigzagueaban, daban círculos, se cortaban de repente…

Pero lo que más preocupaba a Julia era la gente: desde que había entrado, no había visto a nadie en todo el pueblo. En las ventanas no había tartas calentándose al sol, en las chimeneas no había humo esparciéndose, en las calles no había niños jugando. Todo estaba desierto. Y a pesar de todo, ella sentía que la vigilaban. Eso la inquietó aún más.

Fue andando por las calles sin rumbo fijo, esperando poder encontrar algún punto donde situarse, hasta que oyó un ruido. Era el sonido del metal repicando contra la piedra y provenía de un callejón cercano. Julia se acercó para comprobar y se encontró la figura de una persona, de espaldas a ella y mirando la pared de un muro. Parecía un hombre bastante corpulento, vestido con ropa sencilla y vieja. Blandía un pequeño pico con el que iba desmenuzando el muro.

Julia trató de saludarlo y pedirle ayuda, pero el hombre seguía absorto mirando la pared, como si no la hubiera oído, así que decidió acercarse más.

Cuando se puso a su lado junto al muro, comprobó que el hombre era más corpulento de lo que pensaba. Mucho más. Casi parecía un saco de grasa andante. Aunque solo podía verle la mitad de la cara, su expresión era vacía y ausente, sin pizca de alegría o pasión por algo. Y aún así, el hombre seguía dando golpes con el pico.

“Porqué hace eso?” le preguntó Julia con curiosidad. Pero el hombre no respondió. “Me puede ayudar a encontrar el camino? Creo que me he perdido” le suplicó. Pero el hombre ni se giró. “Porqué no quiere hablarme? Porqué ni siquiera se digna a mirarme?” le preguntó enojada. Pero el hombre siguió picando. Ella molesta, lo cogió de los hombros y lo giró para que le mirara a la cara. Y cuando éste lo hizo, Julia soltó un grito.

Si bien la mitad perfil que había visto del hombre era normal, la otra mitad no lo era. Parecía como si alguien le hubiera arrancado la piel de la cara, dejando los músculos y la carne al descubierto. Era una simetría perfecta y aterradora. Su ojo, de un lado, caído y sin vida, del otro, al no tener párpados ni cejas, parecía bien abierto y sin sueño, como si lo observara todo. Y su boca, por un lado, sin expresión y recta, por el otro, llena de dientes sin sonrisa, profería un aire de miedo y amenaza.

Julia se volvió corriendo, huyendo del callejón, cuando tropezó con una mujer en mitad de la calle. Era alta y esbelta, con el cabello castaño largo que le llegaba hasta los hombros. Tenía un cuerpo precioso, digno de una revista o desfile de modelos, el cuerpo que todo hombre lascivo y borracho sueña. Pero si bien su figura era irreprochable, no se podía considerar que fuera especialmente guapa, pues no tenía ojos, ni cejas, ni pestañas, ni nariz, ni labios, ni dientes. En su cara solo había un agujero redondo y negro, que se abría y cerraba como la boca de un pez.

La mujer trató de agarrar a Julia, pero ésta se escabullo a manotazos y huyó. Corría por las aceras, casi al borde la histeria, cuando se encontró a otro habitante del pueblo que cruzaba la calle. Julia lo contempló con horror. No tenía nada de piel y llevaba todos los órganos y vísceras a la vista. Era la versión maquiavélica de un muñeco de trapo puesto del revés. Los intestinos le llegaban hasta el suelo e iban dejando un rastro de sangre tras de si.

Aquel engendro se fijo en ella y empezó a perseguirla a pasos descompasados. Julia quiso retroceder, pero caminando por el otro extremo de la calle, llegaban el hombre y la mujer de antes, que también la seguían fijamente.

Salió corriendo por un callejón mientras oía los pasos de sus perseguidores a su espalda. Pese a lo lentos que iban y lo rápido que corría ella, cada vez parecían estar más cerca. Mientras, la calle se iba haciendo cada vez más estrecha, hasta que llegó a un punto en el que apenas quedaba espacio entre los edificios.

Se encontraba atrapada y en mitad de la desesperación, cuando una puerta cercana, que hasta el momento no había visto, se abrió. De ella salió una mano huesuda y vieja que le hacía señas para que se acercara. No sabía si era lo más sensato, pero prefería probar suerte con una mano amistosa a tener que enfrentarse a los otros, así que hizo caso y cruzó la puerta.

Nada más llegar al umbral, notó unos brazos que se aferraban sobre ella. Cerró los ojos, esperando dolor o el crujir de huesos, pero solo sintió el tacto de la tela tocando su nariz y unos brazos que la abrazaban cariñosamente. Mientras, oía como una voz anciana susurraba: “Tranquila, estás a salvo… Tranquila, estás a salvo…” una y otra vez. Intento hablar un par de veces, pero al hacerlo, la señora la abrazaba más fuerte y seguía recitando su salmo. Estuvieron así un par de minutos, hasta que el corazón de Julia se tranquilizó por todas las emociones que había sufrido entre las calles.

Entonces, aquella anciana dejó de abrazarla y Julia pudo contemplarla bien. Era una mujer menuda, encorvada a causa de la edad. Llevaba un vestido negro con volantes, complementado con un sombrero de pluma. No podía distinguirle bien la cara, pues un velo negro de luto la cubría, pero pudo ver a través de él la sonrisa más amable que había visto desde que había llegado a la ciudad.

Julia le dio las gracias y quiso decir algo, pero la mujer la interrumpió con un ademán cariñoso. “Sé que tienes muchas preguntas, pero ahora no es el momento” dijo. “Acompáñame, ya casi está lista la comida” añadió, guiándola a través de la casa. Ella la siguió con ganas, pues a pesar de todo, tenía más hambre que curiosidad.

Apenas había muebles en la casa, salvo una serie de fotos colgada en las paredes de una mujer y un niño que Julia no pudo distinguir, pues la anciana la apremiaba para que siguiera andando. Llegaron a la cocina, igual de austera que el resto de la casa, donde una olla bien grande hervía sobre unos fogones. En medio de la sala, una gran mesa de madera ocupaba casi toda la estancia, y en ella, un niño, de no más de diez años, se inclinaba sobre su asiento. Tenía la cabeza tan cerca que parecía que se hubiera quedado dormido sobre la madera, pero se fijó en que en su mano tenía un lápiz de color, por lo que dedujo que estaba pintando un dibujo.

“Este es mi hijo, Anthony” dijo la anciana, acariciándole la cabeza. “A veces puede ser muy travieso, pero en el fondo es un chico muy tímido”, dijo mientras removía el cazo. Como si quisiera darle la razón, el niño se hundió más en si mismo, tapando lo que fuera q estuviera coloreando. “Siéntate, querida, estás en tu casa”, añadió la mujer con un gesto amable.

Julia se sentó y le resultó un poco raro sentirse tan cómoda en aquel ambiente tan estraño. Entonces, adivinó porqué: aquella escena le recordaba cuando iba a casa de su abuela. Ella preparaba un estofado delicioso, en una olla igual de grande que aquella. Sonrió un poco.

Por la ventana abierta, entró un pajarillo azul, que describió un gran círculo por la sala y sé poso en el hombro de Julia. Aquella escena no podía ser más idílica, notó que el nudo en su estómago que había notado desde que llegó a la ciudad se iba desatando, dejándola más y más relajada…

Huye.

Al oír aquella voz, la tensión volvió de repente. No supo identificar de dónde venía, ni quien había hablado. Miro al niño, pero este se revolvió, agachó la cabeza aún más hacia su dibujo y no dijo nada. Miro a la anciana, pero esta removía la cazuela con el cucharón mientras tarareaba. Miro al pájaro…

No te quedes mirándome y huye! Huye! le dijo el pájaro, mientras la observaba fijamente con sus ojos oscuros.

Ella apartó rápidamente la cabeza. Aquel pájaro le había hablado. Pero el sonido no entró por sus orejas, sino que directamente llegó a su cabeza, como un pensamiento. Se giró y quiso decir algo, pero el pájaro le dijo:

Shhhh. Si me hablas te descubrirán. Si tienes que decir algo, sólo piénsalo. Y deja de mirarme o llamarás su atención!

Julia lo hizo y pensó: “Porqué tengo que fiarme de ti? Esta persona ha sido buena conmigo. Porque iba a hacerme daño?”.

Aquí todo el mundo quiere hacerte daño, pequeña. No te fies de ellos. Si no me crees, mira el dibujo que está haciendo el niño.

Giró la cabeza y comprobó que el niño se había incorporado en la silla, dejando al descubierto su dibujo. Era de trazos sencillos y llenos de colores, como los de un crío. En él se veía una gran olla, igual que la estaba usando su madre. Y dentro de la olla, diversas partes del cuerpo de una persona: una cabeza, una oreja, un brazo, una mano, un ojo… Aunque alguna de ellas no coincidía en el color de piel o en proporción con las otras, por lo que debían ser de varias personas. Un estofado de cadáveres.

Julia se horrorizó al verlo y miró al niño. Este exhibía una sonrisa de oreja a oreja, llena de crudeza y maldad y se veía acentuada por su dentadura, hecha toda ella de astillas, en lugar de dientes. Y cuando la miró, el niño rió. Era una risa infantil, pero a la vez cruel y malvada como su sonrisa.

Ya había oído esa risa antes. La recordaba bien, pues la había oído hace poco, mientras caía por el hueco de aquel árbol.

CONTINUARÁ…

PD/ No olvidéis comentar vuestras opiniones y críticas! Hasta pronto!

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