Capítulo 51: Mi gran amigo Gor (I)

Habéis esperado demasiado para ver este capítulo terminado. Pero lo prometido es deuda. Aquí lo tenéis, disfrutadlo.

Sábado 6 de Abril

Querido diario: hoy he hecho un nuevo amigo. Es muy muy grande, muy muy glotón y muy muy negro. Se llama Gor y vive en el sótano de mi casa.

Lo encontré esta mañana, mientras exploraba nuestra nueva vivienda. Mis padres estaban aún sacando las cosas de las cajas y colocándolas en su sitio cuando me dieron permiso para inspeccionar la casa. Ciertamente, ésta es mucho más amplia que la que teníamos y los vecinos son mucho más amables. Ayer mismo, cuando la señora Flitwick me vio dijo: “Vaya, que niña tan bonita. Quieres un dulce, cielo?”. La verdad es que el caramelo sabía a rayos y estaba duro como una piedra, pero fue un bonito gesto de su parte.

El caso es que ya había recorrido todas las habitaciones y la alacena (donde solo había polvo y un par de arañas) cuando encontré la puerta que daba al sótano. Estaba muy muy oscuro, al principio me daba un poco de miedo entrar, pero me dije a mi misma: “Vecky por favor, tienes 8’2 años, madura ya!” y me adentré en la penumbra.

Fui bajando los escalones dando pequeños saltitos, hasta llegar al rellano, donde la humedad y la oscuridad eran extremas. Busqué a tientas el interruptor de la luz, pero cuando lo encontré no sirvió de nada: la bombilla estaba fundida. Por suerte encontré una linterna a pilas en una estantería cercana, que apenas podía iluminar unos pocos metros en aquella gran negrura. Lo único que veía eran estanterías llenas de objetos mal colocados que el anterior dueño había dejado allí olvidados: una raqueta de tenis, un colchón, una pelota deshinchada… Nada que mereciera la pena llevarse. Me disponía a salir y jugar un rato en el jardín, cuando de pronto oí un ruido.

Más que un ruido, era un crujido, como la de una ramita al partirse. Crac. Al principio creí que me lo había imaginado, pero al momento lo volví a oír: Crac. El ruido provenía de la tercera hilera de estanterías. Crac. Me acerqué lentamente, sujetando la linterna como si fuera una lanza, mi única arma contra la oscuridad. Crac.

He admitir que pese a mi valentía las manos no paraban de temblarme, haciendo que el haz de luz Crac de la linterna fuera de un lado a otro como loco. Cuando llegué a la segunda hilera mi corazón latía tan fuerte que casi me salía del pecho. Crac. Respiré hondo y dirigí el haz de luz hacia lo que producía el ruido. Lo que vi me dejó con al boca abierta.

En mitad del pasillo se alzaba una criatura parecida a un hombre, pero en lugar de manos tenía garras, los ojos eran blancos sin pupila y su piel era como la oscuridad misma hecha carne. Medía más de tres metros de alto y casi dos de ancho.

Todo eso lo puede apreciar tan solo unos segundos, porque en cuanto me vió el extraño ser chilló, dejó caer algo y se adentró en las sombras del pasillo. Enfoqué el haz de luz hacia lo que había caído: era un bate de beisbol, cubierto de marcas de mordedura y envuelto en una extraña baba. Aquella cosa se lo estaba comiendo! Qué más podría llegar a hacer? Decidida a averiguar más cosas, le seguí en la oscuridad.

No tardé en alcanzarlo, lo encontré al final de la estantería, arrinconado en la pared. Pese a lo gigante que era parecía asustado: respiraba acaloradamente y temblaba. Como podía aquella criatura asustarse por una niña (aunque muy madura) tan pequeña? Intenté calmarle, pero cuando acerqué el foco de la linterna para verlo mejor, volvió a chillar y se removió. Entonces comprendí, no es que tubiera miedo de mi, sino de la luz.

Apagué la linterna y dejé que la oscuridad me envolviera. Afortunadamente, la pared sobre la qual estaba apoyado el monstruo tenia una ventanita muy pequeña por la que se colaba un poco de luz, así que no quedé a oscuras totalmente, solo en la penumbra. La criatura se fue calmando poco a poco y cuando volvió a estar tranquilo, cogió un triciclo oxidado de la estantería superior y empezó a comerse las ruedas como si de un chicle se tratara.

Entonces empecé a hablar con él, contándole algunas de mis anécdotas más interesantes: como aquella vez que capturé un sapo cuando fuimos de excursion al río; o como cuando en el recreo jugamos al escondite y nadie consiguió encontrarme; o como el día en que saqué un Excelente en “natus” y para celebrarlo mis padres me llevaron al circo. Él seguía cogiendo cosas de las estanterías y comiéndoselas sin inmutarse, pero yo sabía que me estaba escuchando y que me entendía, porque no dejaba de observarme con esos grandes ojos blancos.

De pronto se me ocurrió preguntarle su nombre. Ladeó la cabeza en un gesto de incomprensión. Me señalé a mi misma con las manos y dije “Yo, Vecky”, le señalé a él y dije “Tú…”. No dijo nada. Repetí el gesto un par de veces hasta que lo entendió. Entonces habló, con una voz muy grave y profunda, como la de la abuela cuando coge catarro, y dijo:

“Ggoooooorrrrr”.

“Gor?”, repetí. Y él asintió. “Gor”, dije otra vez. Y Gor asintió de nuevo.

“Un placer conocerte, Gor”, le dije mientras le extendía la mano. Él en respuesta, alargó uno de sus grandes dedos para que se lo estrechara. Y lo hice. Tenía un tacto extraño, parecido al que tendrían una alfombra y mármol juntos. No sabría explicarlo detenidamente, fue una sensación muy rara, pero a la vez extrañamente agradable.

Me pasé el resto de la mañana contándole historias a Gor, hasta que mi madre me llamó para comer. Me despedí de él, encendí de nuevo la linterna para alumbrar mi camino entre las estanterías, y fui directamente al comedor, donde la mesa ya estaba puesta.

“Donde has estado?”, preguntó papá “Te hemos estado buscando un buen rato”. “Explorando el sótano”, le contesté “Había un montón de cachivaches viejos”.

No les conté nada de Gor a mis padres porque a mamá no le gustan mucho los animales. Dice que son muy guarros, que lo ensucian todo y que son una perdida total de tiempo. Ya ha frustado mis intentos de criar el sapo (Mr. Gebbles) que cacé en el lago, el pájaro (Mr. Coco) que encontré herido en el río y la rata (Ms. Nika)  que había en nuestra antigua casa. Por eso estoy segura que si le cuento sobre Gor, acabarán hechándolo a escobazos del sótano.

Comimos los macarrones a la carbonara con tranquilidad y viendo los Simpsons. Cuando acabamos, pensé en bajar otra vez al sótano para jugar con Gor, pero mi madre dijo que iríamos a ver al abuelo al asilo. No me gusta ese sitio: huele muy raro y todas las amigas del abuelo me dan pellizcos en las mejillas, pero no puedo negarme, hace mucho que no veo al abuelo y me debe la paga del mes (mis padres no lo saben, pero él cuando me abraza para despedirse, me desliza un par de monedas en los bolsillos. Guardo los ahorros en una hucha bajo la cama, que utilizo siempre para comprar chucherías y ahorrar un poco para cuando sea mayor y quiera ir a la universidad) así que no podré jugar con Gor hasta mañana.

Qué se le va hacer, no se puede tener todo en un día.

FIN

PD/ Sangre, sudor y lágrimas me ha costado esta história. Hacía mucho que no escribía tanto y tan largo. No tenía pensado que tuviera continuidad, pero nunca se sabe cuando uno puede estar inspirado…

PPD/ No se me ocurre ninguna banda sonara para este capítulo, encontrad vosotros una.

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6 comentarios en “Capítulo 51: Mi gran amigo Gor (I)

    1. Muchas gracias, Vecky ha sido uno de los personajes que más he disfrutado creando. Me ha hecho reir como ninguno XD
      Supongo que se podrá intentar… Pero ya se verá cuando!

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  1. OH! me ha fascinado la historia, y estoy de acuerdo, Vecky transmite mucha ternura, y quizas de aqui pueda salir algo grande :’) mis felicitaciones, señor escritor

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