Capítulo 44: Solo

Suena el despertador, como siempre, agrietado la paz del dulce sueño. Lo apago, de mala gana. Preferiría no levantarme. Preferiría seguir durmiendo con lo que fuera que estuviera soñando. Preferiría enredarme entre las sábanas a tener que enfrentarme otra vez a la realidad. Pero entonces no iría a clase, mis notas se resentirían aún más, mi padre me echaría la bronca y eso sólo empeoraría las cosas.

Así que como cada día, me levanto, tomo el desayuno, practico mi ritual de higiene personal, me visto, hago la mochila y salgo corriendo para poder llegar al bus a tiempo. Hoy, por un extraño giro de casualidades, parece que la enorme mole de hierro del autobús a decido esperarme. Por mi, podría haberse ahorrado la molestia y haber salido antes, dejándome tiempo para disfrutar del paseo al instituto y permitiéndome llegar un poco tarde a la clase de sociales. Está claro que hoy no es mi día de suerte.

Dentro del bus, el mismo conductor de siempre, las mismas miradas de siempre, la misma gente de siempre: los mismos que se burlan, te ignoran y te temen a partes iguales. Y afuera, los mismos paisajes de siempre, las mismas rejas de siempre, el mismo instituto de siempre, los mismos que te observan indiferentes a todo el sufrimiento que vives.

Las clases suceden una tras otra, distracción momentánea de esta soledad amarga, este aislamiento recíproco. Miro por la ventana, tratando de pensar con claridad. No lo consigo. Intento reprimir el impulso que siento, pero como siempre, me es inevitable. Me vuelvo sobre mi silla y la veo: Paulina. Dulce, radiante y bella como siempre. Su encanto natural, su sonrisa de luz de estrella y su cabello con olor a hierbabuena son los que hacen que este infierno sea más llevadero. Aunque ella nunca lo sabrá.

Llega la hora del patio, sacándome de mi ensimismamiento y recordándome en el momento justo que he olvidado mi bocadillo en casa. Para calmar los fieros rugidos del estómago, voy al lavabo a beber agua del grifo, no es gran cosa, pero es mejor que nada.

De repente, por la puerta del lavabo aparecen Jonah y sus colegas, con ganas de divertirse. Me arrinconan en una esquina, con burlas vacías y amenazas incoherentes. No digo nada, esperando que esta vez mi silencio sea suficiente para hacerlos cambiar de idea. Pero por el contrario, parece ofender-los más y me empujan violentamente. Mi cráneo rebota contra el yeso de la pared, haciéndome ver las estrellas, mientras Jonah y sus compinches se deleitan con mi estómago. A veces agradezco estos momentos de contacto extremo. Entre tanto aislamiento social es bueno que alguien recuerde que estas vivo, aunque solo sea para patearte la entrepierna. Mientras estoy en el suelo, balbuceando y llorando, suena la campana de vuelta. Tras unas últimas patadas a mis riñones y un escupitajo en la cara, salen corriendo como demonios huyendo del abismo.

Con todos los músculos del cuerpo doloridos y débiles, hago un gran esfuerzo por levantarme. Me aferro a la pica del lavabo como lo haría un náufrago sobre un tronco de leña. A duras penas consigo tenerme en pie y mirarme en el espejo: la cara totalmente roja, los ojos inyectados en sangre y llorosos, el labio partido y tembloroso. La viva imagen del patetismo.

No sé cómo, consigo llegar a mi clase en el segundo piso justo a tiempo. Allí todos me ven, pero nadie pregunta nada. Todos agachan la cabeza y evitan mirarme, como si fuera un fantasma que nadie quiere saber que existe o un amargo recuerdo que todos quieren olvidar. Agotado y cansado, me dirijo a mi sitio: solitario, oscuro, triste y acogedor como siempre.

Estoy harto. Harto de la soledad de esta celda. Harto de este mundo. Harto de esta vida. Harto de mi cobardía. Harto de soñar sin atreverme. Harto de pensar sin decir nada. Harto de gritar y que nadie me oiga.

Miro a Paulina, dulce, radiante y bella como siempre. Nunca sabrá lo que siento cuando la miro, no soy tan egoísta como para ponerla en ese aprieto ni tan idiota como para decirle lo que pienso. Aunque una parte de mi, desea ser egoísta e idiota. Una parte de mi desea liberarse de este miedo y volar… Pero la incertidumbre y el miedo vuelven a caer firmes sobre mi como una roca y me devuelven a la realidad. Aparto la mirada hacia mis apuntes, tristemente vacíos, tratando de concentrarme, sin conseguirlo demasiado.

El tiempo pasa a gran velocidad, de pronto ya es mediodía y la campana suena para liberarnos a todos de la rutina, la prisión diaria. Como pájaros soltados de sus jaulas, o más bien como búfalos en estampida, salimos todos juntos, esperando no tener que volver mañana, pero sin muchas esperanzas. Desando el camino, tan triste y aburrido como siempre, hasta llegar a casa.

Cuando entro, la comida ya está servida: un plato de pasta pre-cocinado y calentado al microondas, típico de los jueves en los que estoy con mi padre. Al verme, mi padre me pregunta qué me ha pasado. Yo le miento diciéndole que me caí por las escaleras. Mi padre asiente y no dice nada más, pensativo.

Engullo la comida rápidamente, mientras los Simpson me hacen reír y me distraen de mis preocupaciones. Entre anuncios, mi padre me pregunta cómo me ha ido el cole. Bien, le miento. Mi padre sonríe y me pone una mano en el hombro, afectuoso. No se merece que le mienta, pero de todas formas lo hago. Bastante tiene ya con buscar trabajo y el divorcio con mamá como para preocuparse por mi.

Tras la comida y el postre, mi padre sale a repartir currículos mientras yo enciendo el ordenador. A través de él, entro en mi mundo virtual, dónde no me siento solo ni con miedo, dónde tengo amigos y juegos. Las horas pasan rápido sin que me entere, mientras el ruido de la ciudad me mece y me tranquiliza. El sol cruza rápido el horizonte, mientras yo me pierdo en mi mundo, pequeño y fácil de entender.

Es de noche y ya llega mi padre, con los hombros caídos y la sonrisa triste. Apenas hablamos mientras se hace la cena: una pizza de Tarradellas (jamón y queso, como siempre). Mientras comemos, la tele apaga un poco nuestro silencio y nos hace sonreir, aunque sea solo un poco.

Ya en la cama, me cuesta conciliar el sueño y cuándo lo consigo, sueño con ciudades desiertas, caminos deshabitados, estaciones sin trenes, edificios en ruinas y cuevas solitarias. Hacia el final del sueño, aparece ante mi un gran abismo, oscuro y sombrío, que parece no tener fondo. De pronto, alguien me empuja y yo me siento caer por ese precipicio. Entonces despierto y oigo la alarma del despertador. Lo apago, de mala gana. Preferiría no levantarme. Preferiría seguir durmiendo con lo que fuera que estuviera soñando. Preferiría enredarme entre las sábanas a tener que enfrentarme otra vez a la realidad. Pero entonces no sería yo.

FIN

PD/ Siento haber faltado tanto, procurare estar más atento a partir de ahora al blog y hacer almenos un capítulo cada 2 semanas (xq no se si cada semana podré hacer algo). Besos a todos y a todas, y gracias por esperarme tanto tiempo.

PPD/ Música de hoy: Miquel Abras-Sola

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2 comentarios en “Capítulo 44: Solo

  1. Moltes gracies pel complit 🙂 Desgraciadament no puc complir la teva petició: aquest nen era jo en un 90%.
    Si bé és veritat que no hi havia cap Paulina, ni em van donar una pallissa als lavabos, ni tenia un pare sense feina, els sentiments i les emocions que he intentat expressar són les que vaig sentir en el seu moment.

    Me gusta

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