Capítulo 30: Pequeña estrella

Érase una vez una pequeña estrella, que brillaba tímida y humilde en el cielo nocturno. Se llamaba Dera y tenía tres hermanas: Lina, Nola y Ruma.

Ruma, la mayor, era una de las estrellas de la constelación del cisne. Todos la respetaban por tener la suerte de estar en una constelación ya que todos los humanos de Allí Allí Abajo se fijaban con frecuencia en ella, y así, ella podía lucir su luz.

Nola, la segunda hermana, era muy amiga y vecina de una de las estrellas de la Osa Menor. Todos la admiraban por eso, porque así, cada vez que los humanos se fijaban en la Osa Menor, ella también estaba allí y por lo tanto, también se fijaban en ella y podía dejar lucir su luz.

Lina, la tercera hermana, era la estrella más brillante de toda su zona. Y todos la envidiaban por eso, ya que la gente de Allí Allí Abajo quedaban prendados por su luz, que ella relucía con orgullo.

En cambio Dera, la menor de todas, no destacaba más que cualquier otra estrella. Nadie la admiraba por nada, ni pretendía ser como ella. Era simplemente uno de tantos puntitos en el cielo, que se encendían y se apagaban en un suspiro. Uno de esos puntos del que nadie se acordaba nunca.

Ella era feliz, vivía pasando desapercibida entre la oscuridad con su ínfima luz, sobreviviendo a duras penas. No tenía ambiciones ni sueños. No pretendía ser más que un mero punto en el cielo.

Aunque a veces, cuando se reunía con Lina, Nola y Ruma dejaban relucir sus luces, Dera sentía que se hacía más pequeña. Se sentía enana, chiquita, enclenque, diminuta, insignificante, hasta ser menos que un minúsculo punto en el cielo, hasta volverse del tamaño de una bacteria, hasta convertirse en nada y fundirse en el vacío.

Su único consuelo en esos días era contemplar las pequeñas vidas de la gente de Allí Allí Abajo, sin esperar que ninguna se fijara en ella, sin buscar siquiera una oportunidad.

Hasta que un día, sin saber cómo ni cuándo, Dera se sintió observada. Y al mirar Allí Allí Abajo, vío que un niño, un simple e inocente niño, la estaba mirando. Aquella era la ocasión, aquel era el momento que nunca había esperado encontrarse y que ahora, de repente, lo tenía delante de ella. Y por nada del mundo pretendía dejarlo escapar.

Así que cogió aire, se armó de valor y puso a relucir su luz. Y creedme, a partir de ese instante todo cambió.

El cielo se iluminó como jamás lo había hecho antes: la luz de Dera eclipsaba la de todas las otras estrellas, habidas y por haber; su fulgor estalló la negra oscuridad del infinito, llenándolo de luz; su brillo iluminó el firmamento, como si hubiera nacido otro sol. Y todos y cada uno de los humanos de Allí Allí Abajo la vieron. Y lloraron felices ante la grandeza de su luz. Dera dejó de ser una estrella diminuta para ser una estrella grandiosa, gigante, inmensa, colosal, extraordinaria. Pero sobretodo muy muy feliz.

Pero poco le duró a la estrella su dicha, puesto que un instante después, su luz se apagó como una bombilla. Como suele ocurrir, los mayores momentos de felicidad pueden llegar a ser muy intensos, pero a la vez muy breves. A veces sin saber cómo ni porqué. Y al perder su luz, Dera, avergonzada, se dejó caer del firmamento. Como una lágrima, cayó y cayó del cielo hasta llegar Allí Allí Abajo.

Y el niño, aquel dulce e inocente niño que la había estado observando desde el principio, se puso a buscar su estrella caída por todos partes, por todos los rincones, por todos los escondites posibles.

Pero por más que buscaba, el muchacho no la encontró. Aún así se dijo a si mismo que seguiría cercándola, que no dejaría de hacerlo hasta que encontrara a la increíble estrella que había conocido en un breve instante. Se dijo a si mismo que conseguiría verla brillar otra vez de nuevo y que, esa vez, no permitiría que su luz se fuera de nuevo.

Y aún sigue ahí, ya de adulto, buscando y buscando en todas partes. Nadie supo nunca que fue de Dera. Algunos dicen que volvió al cielo, para brillar de nuevo con prudencia, sin destacar nada. Otros dicen que cayó al mar y que ahora solo es una roca perdida, un trozo de arena encallado en alguna playa. Yo personalmente, prefiero creer que sigue aquí en la tierra, que tomó forma humana y que ahora camina entre nosotros, escondida entre la gente. Que se encuentra en cada ciudad, cada pueblo, cada barrio, esperando su momento para que alguien se fije en ella y pueda brillar otra vez de nuevo y así poder brillar otra vez en el cielo y romper otra vez la oscuridad.

FIN

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Es una oferta limitada hasta que me cansé, así que hacedlo pronto o en un par de capítulos se habrá acabado!

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2 comentarios en “Capítulo 30: Pequeña estrella

  1. Ohh!! Que maca, la història de la petita estrella que volia brillar! Un conte molt lluminós per acabar la setmana i començar-ne una de nova amb forces! 🙂

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